La moda de la desesperación
Juan Jesús Ayala
La sociedad, en su acontecer, ha pasado por diferentes modas en sus vivencias; desde la quietud, la parsimonia, el movimiento paniko, las realidades hypies, sin dejar de pensar en los utilitarismos y, más adelante, el existencialismo que nos ponía en íntimo diálogo con uno mismo y el entorno, las circunstancias como diría Ortega, hasta el brinco de Nietzsche desde un nihilismo a ultranza.
Se decía que el nihilismo traería una mejor situación para que el pensamiento se encuadrara en una disposición más óptima, para que entre todos pudiéramos dar luz al mundo. El nihilismo no prometió y más aún cuando la historia nos dice que siendo Alemania la cuna de la filosofía en ella vivió el monstruo, Hitler, y de nada valió ser el crisol del pensamiento, puesto que desde ese nihilismo o desde un silencio programado, se le alzó a la altas tribunas de la peor tiranía para que ejerciera de implacable dictador. O sea, que el pensamiento a veces se esconde, se esfuma y deja a la humanidad sin sistema elaborado, sin camino trazado y sin meta adonde llegar.
Pero ahora irrumpe la moda de la desesperación. Nadie quiere esperar, nadie quiere pensar, nadie quiere diseñar futuros a largo plazo, nadie ni siquiera pretende caminar por los que están trazados. Lo que se quiere se quiere ya y a toda costa. De hoy para mañana con un ansia desesperada.
Desesperadamente se busca la felicidad como nos dice Andre Comte-Sponville. Hasta Cioran en su Silogismos de la amargura se anticipa a esta época de la desesperación y se pregunta. "¿El final de la historia, el fin del hombre? ¿Es serio pensar en ello", en contra de lo que más tarde viene a decir Fukiyama, o sea, "que tanto el final de la historia como del hombre son sucesos lejanos que la ansiedad -ávida de desastres inminentes- desea a toda costa precipitar".
Freud, retomando una expresión de Goethe, escribe que no hay nada más difícil de soportar que una sucesión ininterrumpida de tres días muy buenos; hay que llegar de prisa, sin pausas. La desesperación no sería un extremo de la desgracia o el abatimiento depresivo del suicida, es más bien el ciclo contrario, es el grado cero de esperanza, la ausencia de esperanza. Y la esperanza infunde cierto temor. Spinoza, en la Etica, ya nos dice "no hay esperanza sin temor, ni temor sin es peranza". Jules Renard, en su diario, escribe: "No deseo nada del pasado. Ya no cuento con el futuro, el presente me basta. Soy un hombre feliz". O sea, la desesperación nos lleva no a proyectarnos, no a dinamizarnos en el tiempo sino a acortar los tiempos, a mirar ni a mañana ni a otro día. Desesperar es intuir lo mejor y hoy lo mejor es la desesperación. Desesperadamente se proyecta uno mejor sobre si mismo.
No cabe duda de que habrá personas que pueden ahorrarse la desesperación, que intenten volve al pasado, recrearse en él y verse proyectado en un futuro que pretenden reconstruir hasta con las mismas imágenes y verse de nuevo reflejados en páginas nuevas, aquellas viejas que quedaron atrás, sepultadas por la memoria del tiempo. Con la desesperación lo que se obtiene, seguro, es la ausencia de frustración, la patología que puede venir asociada al no obtener el objetivo. Vivir con desesperación es llegar al momento, es atraparlo, no dejarlo y sacarle todas las consecuencias y todas las potencialidades que posee, y que el mérito, si es que hay alguno, está en encontrarlas, en saber buscarlas.
Vivir en la desesperanza puede ser bueno; de momento es la moda. Veremos si se consolida, si se extiende en el tiempo y no cede a las presiones del nihilismo que está tocando a su puerta con la fuerza del puño de una historia pasada que intenta descomponer las piezas de la personalidad para modelarlas a su antojo y para hacer de las voluntades un paradigma de una sociedad tambaleante.
Al final de todo lo que se propone el hombre es ser feliz y si esta felicidad se consigue de manera inmediata, mejor y si nos imbuimos de la ocurrencia de Woody Allen: ¡qué feliz sería si fuera feliz mejor que mejor!