El monte y los efectos colaterales

Wladimiro Rodríguez Brito

En los últimos años, y gracias a los "amigos de la guerra", todos sabemos lo que significan "los efectos colaterales", se trata de que cuando "los buenos" se disponen a eliminar a "los malos" algunas veces se confunden y destruyen a otros buenos o inocentes, es decir, la guerra "legal" nunca mata a los buenos si no es por error. Da lo mismo que el error sea reiterado y masivo, de una forma o de otra siempre se encuadrará en el amplio y flexible concepto del efecto colateral, todo un cajón de sastre. Los ejemplos recientes son tan abundantes como dolorosos para los que los sufrieron y continúan padeciendo sus efectos, desde Solana y el conflicto de la ex Yugoslavia, Bush y la invasión de Irak y la más reciente y actual cruzada israelí de Olmert contra el Líbano.

En este verano nuestras pantallas de televisión se colman de imágenes de terribles incendios que asolan Galicia, Lérida o Portugal. Miles de personas, decenas de helicópteros y aviones se ven impotentes ante la potencia y la voracidad del fuego en estos territorios. Las explicaciones varían según el color político de la interpretación, desde unos inexplicables "efectos colaterales", para unos, derivados de una falta de previsión y prevención, para otros, escasez de recursos, o la incompetencia de los responsables, el desmantelamiento del operativo con el cambio político acaecido en Galicia, etc., etc. En el fondo, en lo que todos nos ponemos de acuerdo es en que asistimos impotentes a un gran desastre ambiental y social.

¿Qué situación tenemos en Tenerife o incluso en el resto del archipiélago? ¿Influye el "efecto colateral" en la lucha contra el fuego en las islas? Sobre estas ideas queremos reflexionar aprovechando estas líneas que nos brinda el periódico. Sin caer en la autocomplacencia hay que reconocer que hoy por hoy Tenerife cuenta con la masa forestal más potente de los últimos 500 años, a lo que hay que añadir que de forma paralela nuestra población se siente orgullosa y participe de este patrimonio forestal, valorándolo, respetándolo y -si llega el caso- defendiéndolo activamente.

Sin embargo, lo colateral nos puede dar más de un disgusto si nos confíamos. No podemos -como hacen en otros lugares con fracasos estrepitosos- responsabilizar de la gestión del monte sólo a un equipo de profesionales por mucho que estos hayan demostrado un alto nivel de competencia y eficacia. La conservación y defensa de nuestro patrimonio natural conlleva sacrificios y esfuerzos por parte de la población. No es posible garantizar su seguridad con miles de vehículos todoterrenos y personas circulando por las pistas forestales o por las carreteras de la cumbre un día de calor y viento ni es razonable que miles de personas estén dentro del monte los días más calurosos y secos del año. Por si fuera poco, esta semana, miles de peregrinos recorren los pinares para arribar a Candelaria, sin mayor prevención que la que asigna la Divina Providencia. La cultura urbana asimila que el monte es como un parque o un jardín de la ciudad, que lo entiende como un espacio de ocio pero no como un bien público que debe ser cuidado y protegido.

Además, tenemos el problema de que estas islas cada día tienen menos campesinos. Apenas se limpia el monte para obtener materia orgánica para la agricultura o, peor aún, los terrenos próximos a los montes son abandonados y progresivamente colonizados por la maleza (codesos, helecheras, espinos, zarzas, juagarzos, etc.), que cuando se secan se convierten en un combustible potencial para el fuego. Otro efecto colateral que perjudica a nuestro medio ambiente es la progresiva y creciente urbanización del medio rural, que no crece en cultivos como hemos dicho, sino en cemento y en asfalto, que acecha e invade las lindes de los montes. El ejemplo más reciente de este problema lo tuvimos el pasado lunes en la Mesa Mota cuando las brigadas de Medio Ambiente impidieron que el fuego devorara los chalets al pie de la montaña, rodeados -en la mayoría de los casos- de matorrales faltos de limpieza, a los que el sentido común y la ley obliga a sus respectivos propietarios a mantener en condiciones de mínima seguridad. Por supuesto y aunque parezca obvio decirlo no es competencia de la Administración la limpieza de terrenos particulares.

Esta transformación del medio rural en ciudad dormitorio o ciudad residencial es un "efecto colateral" que perjudica a nuestro medio ambiente. Todos aspiramos a tener un solar urbanizable en un entorno campestre para edificar un chalecito o comprar un adosado. Eso si como haya una granja de animales cerca habrá que solicitar al propietario que lo tiene desde hace décadas que lo traslade lejos de las viviendas hacia no se sabe dónde. Nuestros niños apenas conocen la naturaleza más allá de la que ven en sus videoconsolas o por Internet, los adultos no cocinan un potaje con productos de la tierra más allá de los que vienen envasados en bandejas contaminantes en los hipermercados y se importan de cualquier lugar a miles de kilómetros de las cocinas canarias. Unos pocos románticos continuamos labrando la tierra, comprando en los mercadillos del agricultor, intentando consumir productos que han sido cultivados en nuestros campos volcánicos. No puede ser que la gente se queje porque la leche está cara y pague más por un cortado en un bar que por un litro a nuestros ganaderos, o 30 céntimos por un kilo de papas a un agricultor. Estos también son efectos colaterales que contribuyen al abandono del campo y, en consecuencia, complican la gestión ambiental del monte.

Para terminar y volviendo a la colateralidad en materia de incendios, la conclusión podría consistir en que la clave de la lucha contra el fuego no reside en un helicóptero más o menos potente, ni en cuadrillas más numerosas y armadas sino en aspectos más colaterales, en la sociedad y su mentalidad, su cultura y su economía. Alejarse del campo y de la cultura tradicional entorpece y perjudica enormemente nuestra acción para defender y conservar la naturaleza y la biodiversidad de estas pequeñas islas atlánticas. Los caprichos consumistas despilfarradores y egoístas de una sociedad urbana deben ser arrinconados, marginados y despreciados, por el bien de nuestro patrimonio natural y por el bien de todos. No debemos abusar del maniqueísmo entre "buenos y malos" que plantea gente como el Sr. Bush. Contra el fuego no se lucha sólo con una manguera, por bien que lo hagan nuestros profesionales. Es una lucha diaria, todo el año, toda la vida. Se trata de promover una cultura que armonice con respeto y equilibrio, sociedad, campo y naturaleza. Por lo tanto, de ese estado social y económico depende la suerte de nuestros montes y de nuestro Medio Ambiente.

* Consejero de Medio Ambiente del Cabildo Insular de Tenerife