El monte como riesgo
Wladimiro Rodríguez Brito
Hasta
no hace mucho tiempo, los bosques de nuestras islas proporcionaban los
principales recursos de los que dependían en gran medida los habitantes de las
zonas rurales: Leña como combustible para cocinar, ramaje para alimentos de
ganado, madera para techumbres y cuartos de labranza, varas para parras y
cultivos de tomates, pinocho para abonos, etc., eran entre tantas, las materias
primas que el medio ofrecía.
Allá
por el siglo XVI, como consecuencia de la agresión que ya sufría el
medioambiente por la demanda de leña para los ingenios de azúcar, ya surgieron
voces que se pronunciaban a favor de la protección del monte. Esta situación
depredadora de nuestros recursos naturales se mantiene en Canarias hasta los
años sesenta del pasado siglo en que una incipiente economía de servicios y la
utilización de combustibles fósiles generaron un avance en la calidad de vida
de ganaderos y campesinos que hasta entonces tenían en las áreas boscosas la
principal fuente de recursos.
Por
esa época se pone en marcha una serie de políticas de protección y de
reforestación, dando como resultado que Tenerife tenga hoy día la mayor masa
boscosa de su historia.
A
principios del siglo XX, siempre que se producía un incendio, este era
localizado con relativa facilidad ya que no existía una masa forestal continua
a lo largo de la corona forestal.
Hoy
el crecimiento del bosque, es el producto de una reforestación de los años
cincuenta y de una grave crisis agraria. Esto, unido a la decidida actuación
del cabildo en la compra de fincas, especialmente en la parte de sotavento de
la isla ha configurado nuestros montes, por un lado, en un gran espacio de ocio
para los habitantes y visitantes de
Afortunadamente,
hoy siendo conscientes de la vulnerabilidad del espacio, todos nuestros montes
están protegidos por ley.
En
la actualidad no descubrimos nada nuevo si decimos que nuestros montes están
llenos de combustible en los veranos pero que crea una capa protectora contra
la erosión y mejora los recursos hídricos en el invierno. Por otra parte, el
marco legal existente no responsabiliza a los propietarios de fincas
abandonadas, por su dejación en la selvicultura para evitar los incendios. Tema
este complicado en toda la isla por el gran número de minifundios existentes.
Si embargo si es aplicable a las fincas grandes, donde tampoco se realizan
trabajos de prevención y de reforestación con plantas de menor índice de
combustión, como: castaños, fayas, laurisilva en el Norte y limpieza de matorrales en el Sur.
De todo ello, podemos sacar varias conclusiones para la reflexión, puesto que
entramos en un asuntos de responsabilidad civil, sobre todo, por las
proximidades de masas forestales en torno a caseríos y vías de comunicación, en
las que en estos momentos no se están tomando las medidas de prevención con la
limpieza de los entornos urbanos para evitar situaciones de riesgo para la
población en caso de incendios. Es aquí, en la que en el antiguo marco legal de
protección del monte ante la presión de los campesinos es inviable, puesto que
hoy la atención sobre el monte tiene todas las características de la población
urbana, en una isla que vivimos más de 400 personas en cada kilómetro cuadrado
y nuestros montes son casi parques urbanos, donde encontrarnos con la
naturaleza.
Es
aquí donde tenemos que felicitar al Hotel Quinta Roja por organizar unas
Jornadas en la que los aspectos de protección civil son cada día más complejos
y, en consecuencia, han dejado de ser temas forestales y del medio rural para
ser un elemento ambiental propio de toso un colectivo que vivimos en esta Isla.
* Consejero de
Medio Ambiente y Paisaje del Cabildo Insular de Tenerife