Morir de hambre
Juan Jesús Ayala
La devastación por el hambre produce un desastre de tal magnitud que no hay otro comparable; es como si se tirase cada tres días una bomba como la que los americanos lanzaron en Hiroshima.
Nos dicen los que estudian la geografía del hambre que, en pleno siglo XXI, uno de cada ocho habitantes del planeta, lo que viene a ser 21 veces la población de España, se despierta con la duda de si encontrará algún alimento que echarse a la boca. Lo cual se traduce en que en el mundo existen 850 millones de seres humanos que pasan hambre, y de esos, 300 millones son niños. Lo que quiere decir que se muere de hambre. El hambre mata y cada 24 horas fallecen a causa de ella 35.000 personas. Cifras éstas que, si se pensara en ellas, causarían no sólo vergüenza mundial para aquellos que las favorecen, sino más vergonzoso resulta aún que lo que se pone sobre la mesa es nada; si se redujera el armamento a países que se enfrentan entre sí y guerra tribales favorecidas por los poderosos, se podría arreglar la situación y que el hambre desapareciera del planeta; que su vergüenza no fuera un lastre que tiene que cargar la humanidad, que sí sabe desde cuándo, pero que ignora hasta cuándo.
El costo directo del hambre en el mundo es de más de 25 millones de euros anuales. Eso supondría, si los países cooperaran con generosidad, sólo una pérdida de entre un 6% y un 10 % del previsible Producto Interior Bruto de los mismos. Cifra que, si existiera voluntad política, estaría al alcance, y al menos se lavaría la cara a la explotación que un día pusieron en práctica esos pueblos en donde un alto índice de su población realmente se muere de hambre.
La devastación por el hambre produce un desastre de tal magnitud que no hay otro comparable; es como si se tirase cada tres días una bomba como la que los americanos lanzaron en Hiroshima. Pero esta devastación, además, se ve favorecida por la degradación cultural que Occidente ha infligido a culturas que fueron saqueadas y a las que se les dejó abandonadas y sin estructuras políticas, con guerras intencionadas y con mafias interviniendo como tapaderas de gobiernos títeres.
Habría que controlar la situación mundial de alguna manera, ya que no sólo es el terrorismo islamista lo que tiene que preocuparnos, y lo que ocupe la información noticiera de los diferentes medios; esas muertes, por supuesto, hay que condenarlas y luchar hasta su extinción, pero debemos tener conciencia también de que hay miles y miles de muertos por el hambre que parece que no existen. Y que la gente se muera de hambre se considera hasta normal, puesto que este genocidio -hay que pensarlo- parece planificado desde las altas instancias del poder que controla y decide qué hacer en este planeta.
Para que la gente deje de morirse de hambre habrá que atinar con otras políticas y no, desde luego, como se ha denunciado, por el grupo de las 77 naciones más empobrecidas, que nos dicen que el noventa por ciento de las patentes concedidas a los países del llamado Tercer Mundo fueron a parar a los extranjeros, subsidiarios de las grandes multinacionales, con lo que se logra prevenir la generalización de la tecnología en el mundo no industrializado.
Hay que desterrar la pregunta, la terrible pregunta que muchos ciudadanos del mundo subdesarrollado tienen en los labios; en vez de saludarse con alegría lo hacen diciendo: żYa has comido? Muchos ni contestan, porque su fuerza es tan exigua que a la vuelta de la esquina, seguramente con paso tambaleante, terminarán en una fosa común donde, eso sí, los misioneros les pondrán una cruz y ahí terminará toda la historia triste de pueblos y pueblos azotados por el hambre.
Son necesarias menos armas, menos hipocresías, abanderando guerras intencionadas con el único fin de controlar la riqueza, dejando en la más pura miseria a pueblos que como caigan bajo el punto de mira de los poderosos iniciarán el camino de su extinción. Es necesario que los pobres de la tierra puedan, algún día, levantarse y mirar un horizonte que no sea tan borrascoso y por donde pase algún atisbo de esperanza. El Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y todas las organizaciones mercantí-listas que están dentro de Naciones Unidas favorecen el hambre, por lo tanto ellos son los responsables de que esto sea así. Esperemos que cambien de ruta y que tengan la intuición de que toda esa miseria que favorecen pudiera volvérseles en contra. Y ya, el colmo sería que se fabricase una guerrita a escala mundial para "sofocar la revuelta de los desheredados de la tierra".