Los motivos de la
guerra
Juan
Jesús Ayala
Las guerras que ha soportado y soporta la humanidad
ponen en evidencia frustraciones latentes, voracidades desenfrenadas
y, sobre todo, un afán por sobrevivir, y
ahí la paradoja: hacer la guerra e incitar a la
muerte para poder dar calor a la vida.
Los mecanismos que predisponen a la destrucción son múltiples y siempre se ha pensado y Freud
así lo puso de manifiesto que los malosentendidos debieran
resolverse no por la violencia sino por la palabra; la palabra puesta en su justo sitio, sin ambages ni torceduras conceptuales sino que fuera limpia y que dijera lo que es sin escaparse de su significado.
Habría que ir a la búsqueda, los pueblos, por aquello que los une que es la comprensión y cierta tolerancia por aquello que los
puede diferenciar. Y ahí aparece la ilusión y
aparece la esperanza. Pero estas dos
categorías o virtudes lamentablemente la
ética desde siempre las ha catalogado como virtudes negativas.
Y la amenaza de la humanidad no viene desde la estratosfera o de una galaxia perdida en el cosmos, la amenaza viene por la propia humanidad que no está hecha de ríos sin contaminar y aire limpio sino también de sus contrarios. La humanidad tutela a la humanidad y también la destruye. La humanidad
se presenta como portadora de una amenaza
pero también como su neutralización;
trabaja en favor de la guerra pero
también lo hace por la paz.
Si fuera un psicoanalista el que vertiera su opinión sobre la guerra seguramente
nos diría "que hay que excavar en los
meandros de la psique". Hay
algo, efectivamente, que predispone a los seres humanos a la guerra, y
ese algo debe buscarse en el interior del
vasto mundo pulsional
que el psicoanalista desbroza en
dos: la erótica que tiende
construir, a unir y las agresivas que
tienden a destruir y matar. Entre eros y táñalos el límite es muy lábil; entre al amor y el odio la relación es íntima y están presentes casi al mismo tiempo, se refuerzan y se excluyen. El uno no
puede prescindir del otro, se mezclan
y se enfrentan.
Y
ahí está el dilema, en saber preservar lo
uno u lo otro y sacar a la luz lo
que nos lleva hacia la destrucción.
Las guerras modernas, como las
llaman los estrategas de hoy, dicen que son limpias que destruyen las cosas y que matan a poca gente, pero estamos ante una gran falacia, ahora más que nunca y en poco espacio de tiempo han habido mas muertes que en toda la Segunda
Guerra Mundial, no solo por la violencia
sino por las consecuencias de los
desastres bélicos como pueden ser el
hambre, las calamidades y las miles
y miles de esperanzas truncadas.
África, América latina, Europa...
han estado sacudidas por guerras que desde
las mafias de la droga, el tráfico de armas y de personas y limpiezas
étnicas de todo tipo hace posible que la guerra, esa consideración de la humanidad
no se extinga, no cese. "Destruyamos
para poder sobrevivir" parece
que sea ese el lema; saquemos la
cabeza debajo del agua empujando al
de al lado para que se ahogue.
Los que han pensado sobre la guerra no han llegado a ninguna conclusión satisfactoria, coinciden que la violencia forma parte inherente de ser humano, que los modales se pueden refinar y que las actitudes pueden ser de salón, pero la violencia
se esconde en el fondo de cualquier mandarrias
del mundo y hace que su pulsión sacuda su psique y ponga en el disparadero, como se está haciendo, a seres humanos que
nada tienen que ver con la guerra de unos y otros y que se ven, sin comerlo ni beberlo, empujados al desastre y a calamidades incesantes.
Eisntein y Freud en su momento
si que hablaron y discutieron sobre el por
que de la guerra, fue
una preocupación que les llevó ante el carácter fuerte del uno y del otro a buscar el punto de encuentro,
a no hacer de esto una batalla mas.
Y no se cansaron de decir que la seguridad de los estados y de las personas y la extinción de la violencia
tendría que venir porque esos estados
renunciaran parte de su libertad de acción, o sea a su soberanía. La soberanía de los estados es el obstáculo, quizás el definitivo, de la confrontación, por ese egoísmo posesivo que se pretende tener y que hace que la rivalidad no cese.
Ahí tenemos ejemplos en el estado español al no ceder soberanía a quien la pide, el no ceder poder a quien lo demanda. Y en esa lucha han perdido la vida muchos y si no se logra comprender el porque de la violencia, sino se desgaja parte de esa soberanía y se comparte, la confrontación continuará y las pulsiones no se adormecen sino que se acrecientan.