¿El
nacionalismo merece la pena?
Juan Jesús
Ayala
El nacionalismo
vale la pena siempre y cuando se sea capaz de entenderlo, de asumirlo y, sobre
todo, de sufrirlo. Si sólo se usa para subirse al escenario del poder y desde
la tramoya ofrecer un espectáculo que motiva risa y perplejidad, mejor es
llamarse de otra manera y dejar de confeccionar cortinas de humo con lo dignificante
y comprometido.
Escribo no desde la perplejidad ni desde posiciones derrotistas,
puesto que miro al horizonte con un cierto optimismo. Soy un nacionalista
convencido y no de ahora, sino desde hace años; desde la época de juventud
cuando alrededor de las facultades de Medicina que frecuenté, Granada y Salamanca,
entre unos y otros fuimos inoculándonos en la conciencia (lo que se veía con
mas nitidez desde la lejanía) que Canarias necesitaba del nacionalismo porque
notábamos que nuestra tierra permanecía orillada y dejada de la mano. Y era
así. Pero no sólo por el poder político ubicado en la metrópoli, sino por
distinguidos y preclaros canarios que introducidos en la maraña del poder
insular eran aún más depredadores que los de allá.
En aquella etapa franquista y rebasados ya los albores del
asentamiento democrático, los que entorpecían, dificultaban y dificultan la
dinámica adecuada de las Islas a veces no hay que buscarlos fuera, están aquí y
cerca de nosotros, cuando no en las instancias del mismísimo poder.
El nacionalismo desde la posición de un nacionalista convencido es
necesario. Y con más razón para Canarias. Porque no se saldrá del marasmo
torpón de la política que se pone en juego, sino se hace desde una posición
ideológica nacionalista. ¡Ojo! desde una posición ideológica nacionalista, lo
subrayo y enfatizo.
Y ahí está el meollo de la cuestión, ahí el problema. ¿Se tiene claro
por parte de los que lideran partidos que se llaman nacionalistas la necesidad
del nacionalismo como vehículo para conseguir la soberanía de las Islas o
consideran a este como un paseíllo cara a la galería para dejarse ver con ese
ropaje más o menos institucional y que sólo conduce al confusionismo y el
caminar hacia ninguna parte?
Algunos, concretamente desde el PNC, sabemos perfectamente hacia
dónde queremos dirigir nuestros pasos. No andamos con tapujos ni con ambages.
Tenemos la meta marcada y los gestos ahí están. No cabe ni el disimulo, ni la
destemplanza, aunque sí tenemos asumido lo difícil que es vehiculizar
nuestra ideología a través de la conciencia de la gente para que esta se
implante, triunfe dentro de cada cual y tengamos miles y miles de nacionalistas
en nuestra tierra, lo que sería una gozada.
El asunto va por otro lado y, sobre todo, cuando observamos conductas,
que ya cansan, y peroratas de algunos que llamándose nacionalistas no acaban
de entender qué es el nacionalismo; lo cual en este momento de crisis identitaria debe ser ante todo una actitud ante la vida, un
posicionamiento digno y consecuente para que esta tierra, que está siendo
aguijoneada por sus diferentes aristas, no se la deje claudicar.
Seguramente para estos, que son los espúreos, el nacionalismo no
merece la pena. El nacionalismo para ellos es sólo el pretexto, el ropaje
carnavalero con el que salen a la calle para hacernos carantoñas y hacerse
pasar por eternos dechados de arrogancia y de simpatía. Esos que se llaman
nacionalistas son simplones aldeanos de la política y los enemigos de sí
mismos. Son los que funcionan como alacranes, chupan esperanzas y rebajan las
motivaciones. Son los que se pierden dentro de una ideología en la que no
creen porque ni la han practicado ayer ni la practican hoy.
El nacionalismo vale la pena siempre y cuando se sea capaz de
entenderlo, de asumirlo y, sobre todo, de sufrirlo. Si sólo se usa para subirse
al escenario del poder y desde la tramoya ofrecer un espectáculo que motiva
risa y perplejidad, mejor es llamarse de otra manera y dejar de confeccionar
cortinas de humo con lo dignificante y comprometido.
El nacionalismo vale la pena si es que desde su vertiente se pretende
no sólo, como se dice, luchar por las Islas y defenderlas aquí y allí, vale la
pena si los que así se denominan y tienen responsabilidad de poder se meten
en el tajo político con herramientas que nos hagan creer que es así, que son
así.
El nacionalismo vale la pena, y para empezar, si en el camino de la
gestión pública los medradores se quedan atrás,
alejados, al fin, de ésta.
Se hace difícil realizar una política nacionalista en Canarias puesto
que existe un taifismo demoledor que dificulta las
relaciones de unos y otros y más aun cuando algunos desde muy arriba y más allá
de sus narices ven las cosas deformadas por la borrachera del poder que creen
omnímodo e inconcluso. De ahí que sea necesario no sólo estar metidos en el
cuerpo de la política o de la gestión de esta o aquélla área, sino hacerlo con
alturas de miras y saber hacia donde se quiere ir; hablar un lenguaje
diferente, y, además, aquellos que se han servido del nacionalismo y no son
nacionalistas, se callen, cierren la boca y dejen de decir cancaburrada
tras cancaburrada al usar palabras que ni sienten ni
saben lo que en ellas se traduce. Debe llegar pues la hora no tanto de un
relevo generacional como una catarsis ideológica de pleno desarrollo.
El nacionalismo para Canarias es hoy más necesario que nunca y merece
la pena. Lo que hace falta es que los que así nos titulamos lo practiquemos y
al mirarnos hacia adentro, al reconocernos sepamos quienes verdaderamente somos
y que no nos veamos como esperpentos destructores de sí mismos. Lo que sería muy
lamentable.