Nacionalistas creyentes

Emilio del Barco

 

No todas las tendencias de los creyentes modernos confluyen en la desaparición de tradiciones y creencias. Más bien en su adaptación. A tiempos nuevos, nuevas verdades. El devenir diario va creando  tradiciones de reciente cuño.

Nada es estable, nada es eterno. Todo lo vivo evoluciona, cambia. Las sumas y restas las ajusta el tiempo. Las nuevas creencias, que son legión, se van adaptando a la mentalidad del pueblo que las recibe. Mientras más ignorante sea el nuevo creyente, más fácil será llenar su cerebro de nuevas verdades, que se presentan como eternas. Hay variantes para todas las mentalidades, adaptadas, siempre, a la idiosincrasia del pueblo y al tiempo en que surgieron.

Los nacionalistas suelen ser buenos creyentes. Les interesa ligar las creencias a su tierra.  Sencillamente, porque eso ahonda las  tradiciones  y legitima sus prédicas. Así, para afianzar su singularidad, buscan apoyo en los principios religiosos que más respeten los naturales de su pueblo.

Todas las religiones nacionales, aquellas que se consolidaron como religión de un pueblo, alaban con prioridad a su gente. Es natural, son los mejores amigos de su concepto de dios local.

La extrapolación de los valores religiosos a la política, da nacimiento a los credos nacionalistas. Basados en las creencias arraigadas. En España, no tenemos muy lejanos los tiempos del nacional-catolicismo.  Cuando el Jefe del Estado elegía a los obispos, existía el compromiso implícito de  sostener económicamente todo el aparato eclesial.  Naturalmente, eso tenía un precio: la fidelidad del cuerpo episcopal  a los postulados nacionalistas estatales.

Aún cuando haya ausencia de razones aquilatadas para ser nacionalistas, la razón se suple con fe. Hace falta fe para ser nacionalista. Porque las ciencias contradicen sus postulados. Tal vez por ello, creencias y ciencias se repelen, mutuamente.

Genéticamente, no existe ningún pueblo uniforme, sin mezcla, que justifique plenamente su nacionalismo.  Las claves genéticas de los seres vivos evidencian que cada especie animal no es más que la expresión diferenciada de un mismo lenguaje celular. Somos todos parientes, más o menos cercanos, de todo lo viviente. Animales y plantas incluidos. Clamar por la  pureza de la raza de un pueblo, como se hacía el 12 de Octubre, Día de la Raza, de la Hispanidad  y de la Virgen del Pilar, patrona de España,  evidencia ignorancia y oscurantismo.  Si es que se pretende seguir transmitiendo la ignorancia.

Puede haber unos pueblos más cercanos a otros, genéticamente, por la proximidad o lejanía, en el tiempo, de su ramificación. Pero siempre encontraremos, con ayuda de la ciencia, los puntos de unión. No hubo una Creación,  exclusiva y separada, para cada pueblo singular. Como pretenden asegurar los textos fundacionales de alguna fe nacional. Los hebreos lo hicieron así en Israel, los sintoístas en Japón, los hinduistas en la India, los musulmanes en Arabia, los egipcios en Tebas. En fin, hay un largo etcétera, que podría extenderse a cualquier pueblo y creencia. La fe transforma realidades.

Por cierto, ¿han oído, alguna vez,  a algún dirigente nacionalista vasco reivindicar sus antepasados rifeños? Porque descienden, como los antiguos canarios,  de la Kabilia  argelino-marroquí. Del pueblo Tamazigh, al que los europeos rebautizaron como beréberes. Los vascos, con mucha fe, siguen sintiéndose únicos, como si hubieran caído, en las estribaciones del Pirineo, directamente desde el cielo. Y no tuvieran nada que ver con los corsos e iberos.

¡Viva la fe nacionalista!

 

Agüimes, 01/09/2006

 

DELBARCO@terra.es