Lo de 'nación' es determinante
Juan Jesús Ayala
En el debate interesante que se ha situado en el campo de la política y de la sociología con motivo del Estatuto de Cataluña, hay un concepto como es el de nación que, según lo miren y analicen bien unos u otros, se escora hacia aquél o hacia el otro lado. Pero los conceptos son los conceptos y las cuestiones, cuando son determinantes, tienen su nombre y apellido: es el que es y no es el que le queramos dar aunque nos pese. Y nación, estamos cansados de pregonarlo, y no porque uno lo haya inventado sino porque estudiosos de la teoría política así lo han hecho, y sin volver a citar nombres, hay que decir que es aquella colectividad que tiene una cultura común, un pasado común que pretende construir su futuro y que quiere ejercer su derecho de autodeterminación. Ni más ni menos y eso es lo que quieren los catalanes.
Y aunque Rodríguez Zapatero diga que poner lo de nación en el Estatuto es lo de menos, no es así, es lo de más. Y por más que los contrarios digan que el término tiene un calado de envergadura porque después se va camino del estado, hay que, a estos últimos, darles la razón: que sí, que es así. Nación y Estado son contingencias que tienden a confluir; uno sin el otro no va a ningún sitio.
De ahí que la concepción política-sociológica de la nación tiene una hechura ideológica determinante. Quiere decir mucho. Y, por supuesto, no es lo de menos. Y si lo que pretende Cataluña es que se le llegue a considerar nación, es ir hacia el camino de un nuevo modelo de Estado, eso sí, sin asimetrías y donde los pueblos que integran el estado español se consoliden y se fortalezca, aún más si cabe, la unidad de ese estado ya como plurinacional.
No cabe duda de que si se lograra el cambio de modelo se iniciaría una Segunda Transición, dado que los pueblos exigen su mayoría de edad, que hay que reconocérsela por derecho, ya que les pertenece y con ello la política se dignificaría y se abriría el abanico de la diversi dad. Que es de lo que debe tratarse para dinamizar la sociedad y po ner en el horizonte nuevos es que más fabricados por cada uno, y a la vez por todos, dejando atrás resabios centralistas y
enmarañamientos regionalistas.
Hay que redefinir la soberanía, la co-soberanía, que es por donde camina Europa, y los estados que la componen. Europa es una nación de naciones. Y España, ¿por qué no es una nación de naciones? Hay que darle la razón a la historia. Eso no es malo ni lo que tenga que acontecer nadie debe rasgarse las vestiduras, ni nadie va a sentirse desvalido porque los pueblos, eso sí, de forma civilizada y con el tacto de un buen diálogo, exijan los que les pertenece .Y lo menos que puede tener un pueblo son las ansias de desarrollarse por sí mismo, sin ultrajar a terceros y tendiendo al encuentro y a la convivencia. Y creo que en ello se está.
Cataluña y España llevan siglos en el afán de entenderse y no cabe duda de que Cata1uña siempre ha propugna do un federa1ismo desde lo que llamaron catalanismo, que es una hidra con muchas cabezas que históricamente abarca desde el carlismo no derro tado del siglo XIX hasta el marxismo revolucionario de los años treinta. Prat de la Riba nunca pretendió segregar Cataluña de España, lo que deseaba era catalanizar España y que no sólo influyera Castilla en el marchamo del Estado, sino que se oyeran otras voces y otras maneras, mejores, más rentables y más productivas políticamente hablando.
Pues bien, parece que el diálogo está abierto, era necesario que el centralismo oyera la fuerza de la voz de la periferia, lo que además es bueno para que sirva de acicate a otras naciones dormidas y que se dejen atrás pedestales donde se instalan rancias formas de gobierno para que se sitúe la comprensión, la cordialidad, que la nación tome presencia, que la co-sobera-nía sea una evidencia y que el Estado español sea lo que debe ser: plurinacional.
Y lo más interesante de este proceso en el que quiere ver la luz un Estatuto para Cataluña, es que se ha generado una conciencia nacional indiscutible en el que el esquema de izquierdas y derechas se estrella ante la realidad nacional catalana. En ese barco están socialistas, comunistas, republicanos, la derecha y los nacionalistas. Y todos a una.