¿Nación, nacionalidad o región?
Juan Jesús Ayala
Cada pueblo debe ser lo suficientemente soberano cualquiera que sea el número de individuos que lo componen y la extensión del territorio que ocupa. La soberanía es inalienable.
Con la reforma de estatutos en los diferentes territorios que componen el Estado español, para unos, cuando se refieren al suyo, les vale y pelean por ello el término de nación, mientras que para otros y en repudio a este dicen que lo que defienden para sí es lo de nacionalidad. Y hay unos terceros que ni lo uno ni lo otro y siguen pronunciándose por el de región interpretando a pie juntillas lo que dice la Constitución en su Artículo 2.
Esto que parece claro y que algunos intentan decir que lo mismo es nación que nacionalidad ya desde el comienzo no fue así. Hubo un debate al respecto y muy crudo. Cuando se elaboraba la ponencia sobre el concepto de nacionalidades esta figuraba inicialmente no sólo en el artículo 2, sino también en el encabezamiento del Título VIII. Los enfrentamientos se recrucedieron y se eliminó del Título VIII quedando sólo reflejado en el artículo 2. El PSOE en aquel momento hizo de esta cuestión un auténtico casum belli por lo que se retiró y la determinación de lo de nacionalidades recayó exclusivamente en los comunistas y en los nacionalistas. Se quiso romper el consenso constitucional por este motivo, que como se ve ya desde entonces tenía su enjundia. Cuestión que, aunque hoy muchos consideran baladí, en aquel momento supuso un trago muy amargo por salvar y una ruptura casi en puertas. Al final se decidió meter en el artículo 2 otros argumentos conceptuales con la idea de definir a España como una nación de naciones. Y el texto quedó como quedó pero rodeado de una ambigüedad absoluta no sólo política sino administrativa.
El término de nación, si hay empeño de devaluarlo, puede aparecer la disidencia con la mente y la pseudointelectualidad, pero no cabe duda que ya desde tiempo de Walter Baguelot, que presentó el siglo XIX como el siglo de la construcción de las naciones, ya decía sobre el término nación que "sabemos lo que es cuando nos lo preguntáis, pero no podemos explicarlo ni definirlo de pronto". Pero se entiende y así lo han desglosado los estudiosos sin entrar en disquisiciones filosófico-políticas sino simplemente por una afán inusitado de supervivencia y de pertenencia donde la nación representa un proceso abierto que implica el cambio, la reestructuración y la resimbolización de la misma por parte de los actores, de los nacionalistas. Con lo cual se quiere decir que sin nacionalistas el término nación se empalidece, se queda sin sentido y por ello aparece para los sucedáneos, para los psudonacionalistas un término ambiguo como el de nacionalidad o en el peor de los casos el de región.
La nación busca un estado, son contingencias que se buscan así mismos. Cada uno por su lado vivirán un periodo de tiempo no muy largo, pero que si se hace extensivo aparecerá el desasosiego, la desestabilización y la pérdida de moral. La nación aunque se le quiera mover su significado es un estado en potencia y la nacionalidad es un ambigüedad momificada, es un sí pero no, es la negación del territorio, es ir contra corriente y confundir a los que en el viven. Y ya lo de región es estar en las antípodas y de espaldas a la realidad de los pueblos.
Nación es un término de futuro. Nacionalidad es un término caduco y que no dice nada. Y región es lo más puro para designar un territorio desde el punto de vista administrativo sin más, lejos, muy lejos de lo correctamente político.
Por lo tanto si se quiere avanzar, y avanzar es caminar hacia el federalismo no tenemos otra alternativa que considerar al estado español como un estado plurinacional, integrado por unos territorios donde la soberanía es imprescindible; pero no la soberanía del siglo XIX sino la que se comparta y donde se delimite las capacidades y los poderes de las partes. Donde nadie sea más que nadie, donde no existan asimetrías ni subterfugios para emboscar cotas de poder o cotas de sumisión. Cada pueblo debe tener perfectamente claro que debe ser independiente para su toma de decisiones, sin estar mediatizado por esta o por aquella componenda más o menos artificial. Cada pueblo debe ser lo suficientemente soberano cualquiera que sea el número de individuos que lo componen y la extensión del territorio que ocupa. La soberanía es inalienable. Y se alcanzará cuando se tenga conciencia que es la nación y que no es la nación, que es el estado y que no es el estado y que es España y que no es España. Mientras se estará dando palos de ciego y en una caza de brujas que no hay manera que concluya.