Narcotráfico:
un mecanismo de control social
Marcelo
Colussi
El negocio de las drogas ilegales, si bien ya existe
desde hace muchas décadas a un nivel más bien marginal, a partir de su gran
explosión en los años 70 del pasado siglo rápidamente se mostró como algo más
que una lucrativa actividad comercial. Desde el inicio fue ya concebido como
ese "algo más": nació como un complejo mecanismo de control social.
Grandes poderes decidieron hacerlo entrar en juego.
Como todos los fenómenos masivos que ha ido desatando
el capitalismo, una vez puesto en marcha adquirió dinámicas propias; pero en su
origen -y eso no ha variado sino que, por el contrario, sigue siendo alimentado
a diario en ese sentido- es un dispositivo que permite una supervisión del
colectivo por parte de los poderes. Vigilando, supervisando la sociedad en su
conjunto, se la puede controlar. O más aún: llevar hacia donde esos factores de
poder desean. En nombre del orden público, de la seguridad ciudadana -y se
podrían agregar ahí varias pomposas declaraciones en esa línea: resguardo de la
moralidad, defensa de los más sacrosantos valores: de la familia, de la patria,
del progreso, de la prosperidad, etc., etc.- los poderes fácticos tienen en el
combate contra un verdadero peligro social como son las drogas ilícitas un
justificativo para actuar.
Como dice Charles Bergquist
-citado por Chomsky- en su obra "Violence in Colombia 1990-2000": "la política
antidrogas de Estados Unidos contribuye de manera efectiva al control de un
sustrato social étnicamente definido y económicamente desposeído dentro de la
nación, a la par que sirve a sus intereses económicos y de seguridad en el
exterior".
Se podría pensar que, como cualquier calamidad de
orden natural, también el flagelo del consumo de estupefacientes es un problema
que deben acometer los Estados. Y tratándose de un problema de orden sanitario,
el enfoque que debería primar es la prevención. Pero vemos que, en forma
siempre creciente, el fenómeno es abordado desde una faceta fundamentalmente
represiva. Es más: de hecho, desde hace ya un par de décadas, ha pasado a ser
un problema policíaco-militar, y para la estrategia
global del gobierno de Estados Unidos, el asunto en su conjunto ha asumido una
importancia capital, una línea maestra de su accionar. O, al menos, eso es lo
que se declara oficialmente.
Las drogas ilícitas juegan el papel de mecanismo de
control social en un doble sentido: a) como distractor
cultural, y b) como coartada para el control militar. Ambas vertientes van de
la mano y se retroalimentan una a otra.
El uso de cualquier sustancia psicoactiva
sirve para desconectarse de la realidad. Esto no es nuevo en la historia de la
civilización humana; en mayor o menor medida, por milenios ha venido aconteciendo.
Como distractor de la realidad, como evasivo, la
humanidad ha buscado apoyos químicos que le ayuden a soportar la crudeza de la
vida. Y si bien el abuso de esas sustancias constituye un problema -las
adicciones, como psicopatología, no son un fenómeno
nuevo en la historia- la promoción inducida de su consumo es algo muy moderno.
Más aún: la promoción masiva al consumo que se desarrolló estas últimas décadas
a partir de técnicas mercadológicas, no depende para
nada de los consumidores. Por el contrario, hay ahí una estrategia en juego
donde el consumidor ya no decide nada. El que consume, en realidad, está
inducido a consumir. A partir de ello, son los sectores juveniles, por razones
ligadas a su peculiar psicología justamente, los más fácilmente "inducibles", los más manipulables.
Lo nuevo en la historia es la promoción masiva al
consumo de drogas ilícitas. Ello no sucede casualmente; hay un plan que lo
sustenta. La cuestión básica entonces pasa a ser: ¿quién y para qué hace eso?
Es ahí donde se empieza a dibujar la idea de "control social".
Alguien se beneficia de esto, aunque se vea muy satánica la lógica en que ello
se apuntala, muy monstruosa. Pero, ¿quién dijo que el
mundo se maneja con criterios de justicia, respeto o amor? Los factores de poder
saben sólo de eso: del ejercicio de un poder que los torna cada vez más
impunes. Por tanto: monstruosos. Y para eso vale todo.
Desde que el capitalismo cambió la faz del planeta al
globalizarse el comercio hace ya varios siglos, y con las tecnologías cada vez
más poderosas que fueron desarrollándose en consonancia, las sociedades
masificadas que surgieron con ese nuevo modelo económico debieron ser manejadas
con nuevas herramientas. La iglesia católica que dominó durante todo el
medioevo europeo ya no alcanzaba para estos fines. Las sociedades masificadas a
que dio lugar el capitalismo, tanto en las metrópolis como en las colonias del
Sur, sociedades urbanas con enormes concentraciones de población, implicaron
una nueva arquitectura social para los poderes dominantes. En esa perspectiva
surgen los medios de comunicación masivos, quizá la mejor arma para controlar a
los grandes colectivos.
Surge también el negocio de las drogas ilegales como
política de acción enfocada a sectores específicos, quizá no tan numerosos como
los destinatarios de los monumentales medios de comunicación, pero posibles de
neutralizar a mucha gente. ¿Qué entender aquí por "neutralizar"?
Sencillamente: sacar de circulación. Las drogas, cualquiera sea, saca de
circulación, desconecta de la realidad. A veces, por un rato, por un período
relativamente corto. Cuando ya se crea una dependencia de los tóxicos, la
desconexión es crónica. Es ese, justamente, el efecto buscado: un porcentaje
determinado de población -jóvenes de estratos bajos en lo esencial- "sale
de circulación", queda atontado. Tal como lo pensaron las usinas
ideológicas del imperio, el usuario tipo de esta arma de dominación son los
sectores marginales, los habitantes de barrios pobres, los grupos que pueden
ser disfuncionales al sistema, en principio los de la misma metrópoli imperial.
Con las drogas -más todo otro arsenal que nunca se abandona, desde medios de
comunicación a policía, etc., etc.- se logra incidir en ese control social. Así
surgió como política para el interior de Estados Unidos, siendo los barrios
urbanos marginales, negros y latinos fundamentalmente, los principales
destinatarios del tráfico de estupefacientes; y así se difundió luego por otros
países: los sectores más rebeldes -"rebeldes" en términos de incorporación
al statu quo, más "peligrosos"- son los consumidores elegidos. Todo
ello posibilita luego el segundo nivel del control en juego, quizá el más
importante: se pasa a controlar a la sociedad en su conjunto, se la militariza,
se tiene la excusa ideal para que el poder pueda mostrar los dientes: los
narcotraficantes, elevados a la categoría de nuevos demonios, pasan a ser el
enemigo a vencer.
El fenómeno de las drogas ilegales, además de ser sin
lugar a dudas un verdadero problema social y sanitario, es una buena excusa
para azuzar miedos irracionales. Sabido es que, ante el miedo, y más aún: ante
el miedo prolongado, ante el terror, ante una actitud sádica que induce al
miedo y lo refuerza reiteradamente, las respuestas son siempre irracionales. Una
población asustada es mucho más manejable. El poder eso lo sabe, y lo usa. Con
las drogas ilegales se puede ver claramente. Como parte de sus políticas de
dominación global, el imperialismo estadounidense viene aplicando en forma
sostenida ese supuesto combate al negocio de las drogas ilícitas. Desde que
arrancó este circuito de la venta masiva de sustancias ilícitas, existe la
imagen -mítica, creada en buena medida por la manipulación mediática- que son
las bandas ilegales de mafiosos que se encargan del narcotráfico los
principales beneficiarios de todo el negocio. Sin dudas que esas redes
delincuenciales se benefician. Pero hay alguien más que saca partido de la
cuestión. Ese "alguien" no es otro que una estrategia de dominación
surgida en las usinas del gran poder imperial del siglo XX: el gobierno de
Estados Unidos. En nombre de combatir ese problema universal, el imperio
desarrolló la estrategia de combate contra esas mafias. El problema,
supuestamente, se ataca de raíz. De ahí que se queman sembradíos en los países
productores de la materia prima. Pero si hubiera un deseo real de contener el
problema sanitario en juego, no se hubiera militarizado el mundo en función de
esta lucha. Y se hubiera hecho descender el nivel de consumo; pero
curiosamente, ese nivel nunca baja. Al contrario, año a año crece.
Está claro que si hubiese un verdadero interés por
terminar con el enorme problema social-sanitario y cultural que representan las
sustancias psicoactivas ilícitas, lo más lógico sería
-como en el caso del alcohol etílico, por ejemplo- permitirlas bajo
determinadas normativas manejadas por los Estados. En otros términos:
despenalizarlas. Pero ello no sucede. Es más: no hay nunca una justificación
creíble de por qué deben continuar siendo ilegales.
Voces equilibradas en todas partes del mundo llaman a
la legalización de las drogas hoy prohibidas como única manera de acabar con la
violencia y las penurias que traen de la mano en su comercialización ilegal.
Incluso los sectores acusados de promover el narcotráfico, como por ejemplo el
movimiento armado colombiano, han declarado en forma contundente la necesidad
de controlar ese negocio. Revelador al respecto es el comunicado que uno de los
grupos armados que existe en el país, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de
Colombia -FARC- produjera en marzo del año 2000, documento casi desconocido por
la prensa del sistema: "Legalizar el consumo de la droga, única
alternativa seria para eliminar el narcotráfico". Puede leerse ahí, por
ejemplo: "El narcotráfico es un fenómeno del capitalismo globalizado y de
los gringos en primer lugar. No es el problema de las FARC. Nosotros rechazamos
el narcotráfico. Pero como el gobierno norteamericano pretexta su criminal
acción contra el pueblo colombiano en la existencia del narcotráfico lo
exhortamos a legalizar el consumo de narcóticos. Así se suprimen de raíz las
altas rentas producidas por la ilegalidad del este comercio, así se controla el
consumo, se atienden clínicamente a los fármaco-dependientes y liquidan
definitivamente este cáncer. A grandes enfermedades grandes remedios".
Si estas sustancias ilegales producidas a partir de
materias primas de países pobres que no representan un verdadero problema
militar para las grandes potencias siguen procesándose y convirtiéndose en drogas
que llegan a los mercados del Norte como sustancias ilegales, ahí hay
"gato encerrado". El supuesto combate al narcotráfico, en definitiva,
lo único que logra es permitir a la geoestrategia de Washington poder
intervenir donde lo desee. O más exactamente: donde tenga intereses, o donde
los mismos se vean afectados. Terminar con el consumo está absolutamente fuera
de sus objetivos.
Para ejemplo de esta política de dominación imperial,
entre otros, el Plan Colombia. Como dice David Javier Medina en su obra
"El horror de la violencia y el Apocalipsis del Plan Colombia":
"la aplicación del plan Colombia, la iniciativa regional andina y la
multiplicación de bases militares dadas en América latina se orientan a buscar
la derrota militar de la insurgencia colombiana, las FARC y el ELN, para
desestabilizar y derrocar al presidente Hugo Chávez en Venezuela".
Dicho sintéticamente, esta iniciativa no es sino la
pantalla legal que necesita la política neocolonial
del gobierno de Estados Unidos para seguir monitoreando-controlando-reprimiendo
las protestas sociales en América Latina, y eventualmente preparar las
condiciones para el dominio continental en función de los recursos que busca en
este subcontinente. "¿Qué hacer para lograr el
dominio político de esa franja que necesita los Estados Unidos para el
desarrollo de un segundo canal como el de Panamá?", indica Medina en su
estudio. "¿Qué hacer para apropiarse de más del millón de hectáreas de
tierras que están en Urabá, de las más fértiles de
Colombia, para ponerlas a producir, a través de las trasnacionales, todo tipo
de productos agrarios y que puedan salir libremente para todo el mundo también?
(.) Surge un plan Colombia y le agregan la iniciativa andina, señalando a los
tres países más peligrosos para la seguridad de USA como son Colombia, Ecuador
y Venezuela. (.) Van a crear un corredor acuático y unos grandes oleoductos en
la zona fronteriza del estado Zulia y de Colombia, de Ecuador y de
Con el consumo generalizado de sustancias que no desea
legalizar, y satanizando su producción y su tráfico, Washington tiene la excusa
perfecta para militarizar y/o controlar todas las regiones del mundo que son de
su interés. Si la producción de la planta de amapola se disparó en estos
últimos años en el Asia Central, especialmente en Afganistán, así como la coca en
la región andina de Latinoamericana, básicamente en Colombia, ello obedece a un
plan bien trazado que sirve a su estrategia de dominación: donde hay recursos
que necesita explotar -petróleo, gas, minerales estratégicos, agua dulce, etc.-
y/o focos de resistencia popular, ahí aparece el "demonio" del
narcotráfico. Ello es una política consustancial a sus planes de dominación
global, lo cual puede verse claramente, por ejemplo, en el documento de Santa
Fe IV, aparecido en el año 2000, entre cuyos principales mentores está Lewis Tambs -de quien Gabriel
García Márquez dijo que "parecía suponer que Estados Unidos podía
demostrar que narcotraficantes y guerrilleros eran una sola cosa: narcoguerrilleros. Lo demás era cuestión de mandar tropas a
Colombia con el pretexto de apresar a los unos y combatir en realidad a los
otros"-. Dato interesante -y que sintetiza el sentido último de toda la
iniciativa imperial que estamos analizando-: Lewis,
embajador estadounidense en Colombia y más tarde en Costa Rica, en este último
país se involucró profundamente con el apoyo a los "contras"
nicaragüenses, siendo señalado en el posterior informe de
La hipocresía del doble discurso no tiene límites, sin
dudas. En esa patética plataforma ideológica del gobierno republicano de
El narcoterrorismo es una simbiosis mortal que
desgarra los elementos vitales de la civilización occidental, no sólo de
Estados Unidos. Más aun, desde sus comienzos relativamente modestos hace unas
décadas, el narcoterrorismo se ha vuelto cada vez más global en su naturaleza,
convirtiéndose en una herramienta y un arma predilecta esgrimida contra
Occidente por sus enemigos jurados". Preparadas las condiciones, las
intervenciones militares son el próximo paso, casi natural, "obligado"
podría llegar a decirse. Para la lógica de dominación de Washington, la
supuesta defensa de los sacrosantos valores de la civilización occidental
(léase: empresa privada haciendo sus negocios) le "imponen" salir una
vez más a cumplir con su "destino manifiesto". El motivo puede ser
cualquiera. Ahora el combate contra el narcotráfico llena a cabalidad las
exigencias.
"Las drogas ilegales proveen a los
narcoterroristas ingresos anuales que están entre los 750 y 1.000 millones de
dólares sólo en Colombia. (.) ¿Por qué mantener vivo el mito de que hay
diferencia entre los terroristas y los traficantes de drogas en Colombia? ¿Por
qué darles respetabilidad y legitimidad, manteniendo la ficción de que estos
codiciosos delincuentes tienen una 'agenda social y política'?", se preguntaba
el Santa Fe IV. El plan Colombia y el plan Patriota
son la respuesta a esas preguntas. Con el argumento del combate contra un mal
de dimensiones apocalípticas como pasó a ser el narcotráfico, similar al
"comunismo internacional" con que se alimentó la paranoia colectiva
durante
Gracias a ellas el gobierno de Estados Unidos puede
hacer, virtualmente, lo que desee, con absoluta impunidad: intervenir,
secuestrar en cualquier parte del mundo a sospechosos de narcotráfico y
terrorismo, declarar guerras preventivas. Es en ese sentido que el narcotráfico
se descubre como un grandioso instrumento de control social.
¿Qué hacer entonces? Dentro de los marcos del
capitalismo globalizado, definitivamente no hay mucho que hacer. Si el demonio
se creó para mantener bajo control la protesta social, es muy difícil, por no
decir imposible, oponer un contramensaje. ¿Qué decir
acaso: que el narcotráfico es bueno y deseable? Obviamente que no. Pero si nos
quedamos con esa arista, estamos condenados a seguir moviéndonos en el ámbito
generado por el imperialismo. Sólo denunciando la mentira en juego podemos
aspirar a achicarle un poco el campo al manejo perverso en juego. Pero está
claro que sólo cambiando el escenario global podrá desmontarse la mentira.