El negocio de la muerte

Juan Jesús Ayala

Surge muchas veces con ese carácter de ultísima tenebrosidad la gran pregunta que nos llena de zozobra y que aparentemente nos domina durante toda la vida y más aun cuando el ciclo biológico tiende a finiquitarse: ¿qué es la muerte? La filosofía, las religiones y la mitología nos han llenado de definiciones, de posicionamientos que caminan cada una por su lado, pero es la ciencia médica la que con más capacidad puede decidir sobre esta cuestión, aunque suene a paradoja, tan vital. La muerte no es una confrontación. Simplemente es un acontecimiento en la secuencia de los ritmos de la naturaleza. No es la muerte sino la enfermedad el verdadero enemigo; la enfermedad es la fuerza maligna que exige confrontación. La muerte es sólo el desenlace que se produce al perder la extenuante batalla. Luchemos pues contra la enfermedad y a la muerte dejémosla en paz.

Pero no es así. Alrededor de la muerte han surgido todo tipo de negocios que han culminado en esos tanatorios post-modernistas que se han convertido poco más o menos que en un pseudofestival inconsciente donde nos encontramos, nos saludamos, tomamos algo, y de paso por despiste nos acercamos a dar el pésame a los familiares que velan al amigo desaparecido. La muerte es hoy un espectáculo que se nos está escapando de las manos, que huye hacia afuera, lejos de la intimidad, la última, si se quiere. Y no es que se tenga que morir en casa, en donde se ha vivido año tras año y donde se han elaborado las faenas de la vida. Ya se sabe, nos dicen que las casas no reúnen las debidas condiciones para el duelo, para recibir las visitas ya que los espacios reducidos no permiten que esto sea así. Y no se trata de aferrarse a los muertos pero sí que se les debe un respeto, el último y lo mejor que se puede hacer como póstumo homenaje es eludir todo artificio millonario que revolotea a su alrededor y dejarla en eso, en estado natural y tomar a la muerte como tal, sin más.

Y ahora con la muerte de Juan Pablo II se ha puesto en lisa uno de los negocios mas hirientes que se haya conocido. Se nos ha dicho del Papa fallecido que fue mediático, que enlazó mundos y que cruzó infinidad de espacios aéreos, que cautivó culturas y que la voz de Cristo la hizo llegar a más de cien países. Predicó, basado en la profecía una religión en la cual el mensaje es el medio, emulando la aldea global de Mac Luhan. Supo aprovechar con destreza el poder de los medios para ponerlos al servicio de su propia imagen como vehículo del culto a la personalidad. Sin embargo, no avanzó en el mundo de la concordia social saltando muy por encima de las esperanzas que dimanaron del Concilio Vaticano II. Se basó en la propaganda televisiva para que su doctrina llegara a cualquier lado. Y estamos seguro que lo consiguió y estaba en su derecho.

Pero en su muerte, como prolongación de los afanes de su vida, surgen, una vez más, las contradicciones sobre todo viniendo de las altas jerarquías de la iglesia que deberían ser ejemplarizantes instancias y haber dado a su muerte el trato como si fuera un mortal cualquiera. Cuando la muerte aparece, no más de las 24 horas el cuerpo se deposita en la tierra para que sirva de recuerdo de su vida. No se puede entender ese afán de la curia sino es desde el negocio para mediatizar su muerte, las exequias, el funeral y el entierro con la mejor puesta a punto de las cámaras televisivas a las que se les cobrará por todo esta filmación día tras día, ni se sabe cuanto. Si Juan Pablo II tiñe el cielo ganado desde el primer día de su muerte ¿a qué ese afán de detener tanto tiempo su trayecto en la tierra? ¿A qué tanto suplicio y propaganda con un cuerpo inerte?

La iglesia debe pensar en ello y en algunas cosas mas, bajarse de las alturas a ras de tierra y procurar no seguir soltando borrones cada día que pasa en la planilla de su caminar por el mundo y, sobre todo, aislarse de manera tajante de todo aquello que pueda oler a negocio, y si este se instaura a su alrededor procurar aislarse en el disimulo y no ser protagonistas de ciertas escenas que por su insistencia producen insatisfacción y quizás más que a nadie, a los mismos creyentes.