EL NEOIMPERIALISMO U$A (I)
Ramón Moreno
La constante e indisimulada presencia norteamericana en la escena mundial, bien merece un detenido análisis de las "actuaciones" de la superpotencia, a la luz del Derecho Internacional, los Derechos Humanos y la propia Carta Fundacional de las Naciones Unidas; donde se pone de manifiesto, las mentiras, las maldades y los estragos de la política exterior de los Estados Unidos de América, el nuevo imperio. En efecto:
Una vez concluida la confrontación de la denominada "guerra fría", con la implosión de la URSS en 1991, EE.UU. se encuentra desde entonces en una situación de supremacía, y a partir de ese momento el imperio americano es el único en el mundo y actúa a su antojo, en una política inequívocamente intervencionista para preservar, a toda costa, sus intereses económicos y geoestratégicos a nivel planetario.
Ciertamente, que en el mundo contemporáneo, la preponderancia de un imperio no se mide ya en términos geográficos. Más allá de sus formidables atributos militares, se fundamenta esencialmente en la supremacía en el control de las redes económicas, los flujos financieros, de las innovaciones tecnológicas, de los intercambios comerciales, de las extensiones y proyecciones (materiales e inmateriales) de todas clases. En este sentido, nadie domina hasta ese punto la Tierra, sus océanos y su espacio ambiental como Estados Unidos, que hace prevalecer su enorme poderío.
Consciente de sus triunfos alcanzados, embriagada por una economía floreciente -al margen de sus clamorosas carencias sociales-, América ha retomado sus pretensiones de regentar el mundo. Ha restablecido la legitimidad democrática en Haití (donde recientemente se han celebrado elecciones generales, bajo la larga sombra de Arístide); respondió a las intimidaciones de Corea del Norte; reafirmado su vigor militar en el estrecho de Formosa, cuando China pareció amenazar Taiwán; impuesto, mediante los acuerdos de Dayton, una reglamentación al conflicto de Bosnia, y garantizado la paz sobre el terreno gracias a la presencia de sus tropas; asegurado, mal que bien, la dinámica de las negociaciones para una regulación pacífica del conflicto israelo-palestino, aunque el rotundo triunfo de Hamas haya variado la Hoja de Ruta, ante la actitud intransigente del Grupo de los Cuatro.
Por todas partes se reclama, en principio, la mediación estadounidense para salir de una situación política bloqueada. Y sirvan como ejemplos; en Serbia, la oposición que protestaba contra Milosevic (declarado "criminal de guerra") apeló a Washington; e incluso en Argelia, donde Aït Ahmed pidió a la Casa Blanca "hacer que cesara la espiral de violencia".
Hasta el punto de que Estados Unidos tiende cada vez más a moverse en un tablero planetario (en particular en el África negra, y ahí está la famosa "Iniciativa Clinton" de la anterior Administración Demócrata, para corroborarlo en función de sus propios criterios, y únicamente para servir a sus intereses, sin importarle lo más mínimo, la opinión de instancias internacionales como la Organización de Naciones Unidas.
Por esta razón, con plena soberanía, ha impuesto sanciones a Cuba, Libia o Irán; oponiéndose en su día a la permanencia en su puesto de Butros Ghali, anterior Secretario General de la ONU; o a la legítima demanda de Francia, a que el Comando Sur de la OTAN fuera atribuido a un oficial europeo. En su propensión a la hegemonía, EE.UU. llega inclusive a reclamar, en el caso de la ley Helms-Burton, que refuerza el embargo a Cuba, que la legislación norteamericana tenga una aplicación extraterritorial.
Todas estas prácticas, propias de la prepotencia de quién se sabe "vencedor", han tenido su punto más álgido con la llegada al poder de Bush II. La reelección el 2 de noviembre de 2004 de George W. Bush para la presidencia de Estados Unidos, constituyó -según cualificados analistas y politólogos internacionales-, una grave afrenta moral infligida al espíritu de la democracia norteamericana, la más antigua del mundo y, en tanto tal, referencia primordial. Claro que esta vez, a diferencia de las anteriores -marcada por el fraude en el recuentro de votos, en detrimento del candidato demócrata, Al Gore, previsible vencedor-, no haya habido nada que objetar.
Nadie puede discutir el carácter legítimo del escrutinio. Los votantes norteamericanos ejercieron su derecho en función de su parecer; parecer, todo hay que decirlo, fuertemente condicionado por el marketing político y la propaganda mediática.
No por eso, la reelección de Bush resultó menos perturbadora, e incluso hasta chocante. Y confirma que la democracia -el menos imperfecto sin embargo de los regímenes políticos- no está protegida contra opciones que pueden llevar al poder a perversos demagogos y peligrosos belicistas. Por ello, es muy preocupante que un personaje como Bush, sobradamente conocido por su fundamentalismo religioso, su mediocridad intelectual y su incultura, haya sido el candidato más votado en la historia electoral estadounidense. Tanto más cuando engañó a su pueblo y mintió al Congreso para conseguir autorización para librar una "guerra preventiva" -no autorizada por la ONU- para invadir Irak, con las secuelas de todos conocidas.
Como señalara el prestigioso "Le Monde Diplomatique", "Cabe preguntarse si los habitantes de la Tierra no deberían reclamar el derecho de voto a la elección presidencial americana, puesto que se elige a fin de cuentas al jefe del mundo"…
Canarias, marzo de 2006