La ley educativa y los niños agresivos
Floret F.H. *
Existe un sector del alumnado que, aunque minoritario, resulta bastante demoledor por la repercusión que tiene su comportamiento en la marcha normal de un centro educativo. Todos sabemos que los problemas de disciplina son generales, y que además repercuten directamente en el rendimiento escolar. Pero en esta ocasión me toca hablar de algunos casos con los que trabajo y que tienen unas características muy concretas. Me refiero a aquel alumno cuyo perfil responde a un ser desafiante, agresivo y negativista. Los trastornos de personalidad o problemas psíquicos en muchos casos no son diagnosticados, o si lo están, carecen de seguimiento o control médico, porque, entre otras cosas, la familia que tienen suele ser desestructurada y, además, poco o nada colaboradora con los Servicios Sociales, desentendiéndose así del problema. El comportamiento que presentan se traduce en una constante provocación hacia el profesorado, compañeros y cualquier autoridad que intente ponerle límites.
Resulta bastante frustrante comprobar que todos los intentos por ayudarle desde la escuela son infructuosos. Su perfil responde a un adolescente cuyas características y circunstancias personales y familiares no le dieron la más mínima oportunidad de desarrollarse y, por tanto, de adaptarse socialmente. En los centros educativos, el profesorado no dispone de los recursos necesarios para dar respuesta a la problemática de estos alumnos. La escolarización de estos chicos pasa por ser, en la mayor parte de los casos, en el pasillo, porque son irremediablemente expulsados de las clases, para acabar siendo expulsados definitivamente de los centros. La atención a la diversidad entronca entonces con ellos, quienes se resisten, pues estos alumnos, lejos de integrarse en las aulas, se alejan de ellas, bien por propia iniciativa, bien por iniciativa de los demás. Profesores que no logran reconducirlos y que acaban extenuados, alumnos que los rechazan, padres que obviamente quieren que sus hijos se eduquen sin grandes perturbaciones y una Administración que no contempla el aporte de recursos materiales y humanos para el tratamiento concreto de estos chicos. La única solución práctica para todos nosotros, que no para el chico, es su expulsión hacia otro centro, y éste hará lo mismo una vez que demuestre sus habilidades. Esta rotación por centros les provoca una mayor desestabilidad. ¿Qué estamos entonces construyendo? ¿Dónde está esa educación que se ajusta a las necesidades de los alumnos?
Lejos de buscar culpables, y como reflexión para muchos o para todos, debiéramos llevar a cabo un análisis de estos seres, y darles una respuesta. La voz de estos niños y jóvenes no se escucha porque la nublan sus acciones provocadoras y un vocabulario soez, que resulta cuanto menos repulsivo para muchos de nosotros, y que impide que lleguemos hasta ellos, porque, además, tienen asumido su rol y que nadie va a velar por ellos. Ese desafío que manifiestan pareciera que fuera su único valor conocido.
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Pedagoga**
Publicado en el periódico El Día, 19-04-2005