La novela en Canarias

 

Juan Manuel García Ramos

 

La literatura en Canarias comienza con la poesía a finales del siglo XV y tardará algunos siglos en contar con una narrativa de verdad, es decir, con un género completo, con autores de muchos niveles y una producción sostenida. Quizá eso no suceda sino en los años setenta del pasado siglo XX.


Antes de esas fechas, todos los historiadores de la literatura coinciden en registrar casos aislados de cultivadores de la novela, entre los que tendríamos que citar al exótico Bernardo González de Bobadilla, autor de una narración pastoril editada en 1587: Ninfas y Pastores de Henares. Hasta el siglo XIX no podemos encontrarnos con novelistas como Aurelio Pérez Zamora, Francisco María Pinto o el ilustre ’exiliado’ Benito Pérez Galdós, y ya al filo del siglo XX proseguirán esa labor discontinua y de dudosa calidad firmas como las de Luis y Agustín Millares Cubas, Benito Pérez Armas, Ángel Guerra (José Betancor Cabrera), Miguel Sarmiento Salón, Víctor Doreste, autor de Faycán, de 1945, o los ya más conocidos, leídos y estudiados Alonso Quesada y Agustín Espinosa, que son los dos nombres elegidos por el crítico Jorge Rodríguez Padrón para comenzar su trabajo Una aproximación a la nueva narrativa canaria, de 1985.


Tras Quesada y Espinosa, tendríamos que empezar a hablar de algunos fenómenos pertenecientes a la segunda mitad del siglo pasado.


Me refiero a la aparición de los hoy conocidos como Fetasianos, y a la fundación en 1955 del premio Benito Pérez Armas, obtenido en esa primera convocatoria por Luis Gálvez Monreal, con su novela La ciudad tiene otra cara, y con un finalista de excepción: el poeta Pedro García Cabrera con su novela Las fuentes no descansan.


En la convocatoria del año siguiente resultó ganadora una obra del fetasiano Antonio Bermejo de la que solo se conoce su fragmento inicial, La lluvia no dice nada, pues el resto se perdió, como se han perdido algunos detalles relacionados con la desaparición de ese premio a partir de 1956.


La refundación del Benito Pérez Armas en 1970 y su fortalecimiento hasta hoy por parte de CajaCanarias ha significado ni más ni menos que el fortalecimiento de un género, con esos autores de muchos niveles y de una producción sostenida de los que hablamos más arriba. Ya es hora de que empecemos a reconocer ciertos méritos.


La lista de autores premiados a partir de 1970 con el Benito Pérez Armas constituye la columna vertebral de lo que luego se ha llamado, acaso con excesiva pretensión, pero no con injusticia, el ’boom’ de los 70 de la narrativa insular.


De esas resonancias públicas obtenidas por la narrativa canaria, mucha culpa tuvieron los narradores-periodistas, o los narradores con gran influencia en los medios, y quiero citar a Juan Cruz, a Luis León Barreto, a Alfonso García-Ramos, a Luis Ortega Abraham.


Y en especial los suplementos literarios de la época, el Tagoror Literario de Juan Cruz, las Letras Canarias de Elfidio Alonso, el Cronopio Literario de J. J. Armas Marcelo, el Collage, de Alfonso O’Shanahan...


Las revistas de dentro de las islas, Fablas de Lázaro Santana, Liminar, dirigida por nosotros, y las revistas de fuera, Triunfo, Camp de l’arpa, Ínsula... Las editoriales, Inventarios Provisionales, Taller de Ediciones J. B., Edirca... Otros premios posteriores al Benito Pérez Armas: el Pérez Galdós, el Prensa Canaria, el Agustín Espinosa. Las librerías comprometidas de aquellos años, Jarama, en La Laguna, Larra, en Las Palmas de Gran Canaria...


La crítica independiente, Domingo Pérez Minik, José Domingo... La crítica académica, representada por Ventura Doreste, Sebastián de la Nuez o Gregorio Salvador Caja, en especial la conferencia que dictó este último como inauguración del VI Curso de Estudios Canarios del Instituto del mismo nombre, el 11 de diciembre de 1971.


Sin duda, esos años setenta del siglo XX constituyen el primer escalón de una verdadera y ya consolidada literatura narrativa insular. Una narrativa insular caligrafiada por generaciones sucesivas que nos hacen avanzar en el conocimiento de nuestras propias capacidades expresivas dentro de esa modalidad genérica.

 

Así las cosas, hemos de seguir hablando de los premiados con el Benito Pérez Armas en su última convocatoria, pues esta misma semana tuvimos la oportunidad de presentar en sociedad la novela El polvo debajo de la alfombra, del polifacético Julio Fajardo.


Fajardo ya había dejado constancia de su trabajo literario en una novela de título muy atractivo: Expropiación Blanca Paloma, y en un trabajo lexicográfico sorprendente: Diccionario Enciclo-Pédico, ambos de 2001.


Ahora ha escrito una novela coral sobre su ciudad de nacimiento, La Laguna. En esta fábula, Fajardo se ha erigido en un sochantre ambicioso, con su facistol a la vista, y ha dado voz a sus conciudadanos para que nos cuenten -o nos canten- una historia vieja y acaso desbaratada por la profusión de las versiones.

 

En vísperas del Corpus de 1939 ó 1940, en una ciudad que no se nombra pero que es La Laguna, se evoca la muerte en extrañas circunstancias del soldado Guillermo Ruiz de Cedillo y Sotomayor, hijo del arrogante y desperrado madrileño Alberto Ruiz de Cedillo y de la insular, acaudalada y linajuda Guillermina Sotomayor.


Guillermito Ruiz ha fallecido en el frente de la Guerra Civil española -en alguna población próxima a Alicante, según me aclara el mismo autor- y tras el paso del tiempo su cadáver se encuentra incorrupto, lo que decide a algunas beatas a promover y a proponer su canonización.


La verdad sobre la muerte de Guillermito es motivo de discusión por toda la colectividad a la que pertenece. Esa averiguación es lo que usa Fajardo para retratarnos una sociedad hasta las últimas consecuencias, sin contemplaciones de ningún tipo.


Julio Fajardo, como cualquier novelista experto en oír al paso, no hizo sino poner el oído en las esquinas laguneras, sentir el pálpito de la vida de esa comunidad y ponerle palabras propias a los terrenales oficios humanos. Dejando a salvo que todo lo que se cuenta siempre es una versión de lo que fue, no lo que fue, y que en literatura todo tiene que sonar, si no, no hay literatura.


Una novela refleja siempre la cifra de lo humano, el alma de una sociedad. Una novela no sólo se nutre de la historia sino que muchas veces la profetiza, la interroga y la desnuda de impurezas.


La ciudad vuelve a ser materia y tema de la novela dentro de la narrativa de las Islas, como lo fue en la novela del anterior premiado con el Benito Pérez Armas, el veterano Emilio Sánchez-Ortiz, que tan bien, con tanta ternura, nos ha recreado el Santa Cruz de la posguerra civil española y sus tertulias y círculos intelectuales en su obra Diario de la peste, recién reeditada en formato de bolsillo y colocada en todo el mercado del libro español. Otro signo de vitalidad del Benito Pérez Armas, en particular, y de la novela canaria, en general.