La Vanguardia - Barcelona

¿Nueva estrategia de EE. UU.?

WILLIAM R. POLK - 06/08/2005

Esopo fue uno de los primeros comentaristas que intentaron hacer comprender a los gobernantes que el auténtico poder no siempre nace de la fuerza y la violencia. En una época conocida como la era de los tiranos,en la que los gobernantes consideraban subversivo a todo el que pusiera en tela de juicio su dominación, Esopo los censuró indirectamente con una fábula. El sol y el viento, contaba, discutían por ver quién era más poderoso. Para zanjar su riña decidieron celebrar una competición: ¿quién de los dos conseguiría que un minúsculo humano, allá abajo en la Tierra, se quitara el manto?

El primero en intentarlo fue el viento, que se abalanzó sobre el desafortunado hombrecillo con la fuerza de un huracán. Sin embargo, cuanto más lo zarandeaba el vendaval, con más fuerza se arropaba él en su manto. Al ver que su conmoción y temor no daba resultado, el viento decidió darse por vencido. Entonces le llegó el turno al sol. Éste no espantó al humano como había hecho el viento, sino que lo engatusó. Al sentir la calidez de sus rayos, el hombre se deshizo de su pesado manto. Lo que resultaba una protección necesaria contra el viento se había convertido de pronto en una carga incómoda.

Los gobernantes de hoy no gustan de recibir advertencias más que los de la época de Esopo, si bien ahora hacemos valer nuestro derecho de censurarlos como ciudadanos.

Dejaré a un lado las cuestiones de la legalidad y la moralidad para centrarme simplemente en la eficacia y argumentaré que, según los términos de Esopo, crear un entorno de interés mutuo da mejores resultados que las amenazas. Algunas personas desestiman, por considerarla ingenua, la idea de que el liderazgo puede reemplazar a la fuerza en un mundo de grandes peligros donde el mal está al acecho en todos los continentes. En parte, desde luego, tienen razón, puesto que esa visión del mundo conlleva su propio cumplimiento. Al tratar a los demás como si fueran la personificación del mal y amenazarlos con la destrucción, como ya planteé en otro artículo, se logra que teman el poder y la amenaza de EE. UU. Zarandeados o con miedo a verse zarandeados por el equivalente militar moderno del viento de Esopo, al menos algunos de ellos se arroparán con más fuerza en el manto de la potencia nuclear. Otros buscarán medios diferentes pero igual de peligrosos para protegerse, mientras transitoriamente pretenden a regañadientes verse obligados a ello o actuar bajo coacción.

El sol de Esopo, desde luego, no era menos poderoso que el viento. Esopo no abogaba por la debilidad ni la pasividad, y en modo alguno por el aislacionismo. Lo que sucede es que se dio cuenta de que el sol podía utilizar su in-menso poder de una forma más eficaz porque no aterrorizaba, sino que creaba condiciones en las que el hombre de la fábula llegaba a la conclusión de que lo mejor para sí mismo era hacer lo que deseaba el sol. Esbozaré aquí las dimensiones y los atributos del liderazgo cálido,que tendría más probabilidades que la amenaza y la violencia de lograr esa paz y esa seguridad que tanto anhelamos todos.

La condición previa para la formulación de una política viable es admitir que el viento no ha dado resultado. Mejorar el viento, aumentar el poder, el alcance y nivel de amenaza militar que EE. UU. puede dirigir hacia otros países, resultará contraproducente casi sin duda alguna. Sin embargo, pese a esa propensión na-cional a tomar atajos, no hay trucos ni apaños rápidos para el dilema estadounidense. Por lo tanto, es el momento de hacer una reevaluación general de dónde nos encontramos hoy y de la dirección en la que avanzamos.

EE. UU. no es hoy más seguro de lo que era hace un decenio o incluso una generación. Está perdiendo la guerra de Iraq, tampoco está ganando precisamente la de Afganistán, además se ha embarcado en una campaña contra el terrorismo que no da resultados, y todo ello con un coste enorme para EE. UU. y sus generaciones futuras. Seguir con más de lo mismo, según creen respetados hombres de negocios y estadistas, acabará por llevar el país a la ruina. No obstante, eso es justo lo que dicen que debe seguir haciendo EE. UU. De hecho, aseguran que debe hacerlo de una forma que incluso aterroriza a los pocos aliados que le quedan. El último comunicado oficial de la política estadounidense indica que no está tomando en cuenta esas advertencias, sino que EE. UU. está llevando la dirección contraria.

La Estrategia de defensa nacional de Estados Unidos del 2005 hace que el país parezca un Estado canalla. En este informe se sostiene que EE. UU. hará todo lo que considere que va en su interés en cualquier lugar y en cualquier momento que decida, al margen de los intereses de otros e incluso aunque deba romper los compromisos a los que está sujeto por tratados. En ese documento, la Administración Bush ha adoptado el papel del llanero solitario, una figura que ha calado hondo en la mitología estadounidense, y que alimenta esa imagen cinematográfica de John Wayne o Clint Eastwood tan popular entre nosotros, pero a quien las comunidades del Salvaje Oeste auténtico, y no las de la gran pantalla, se negaron a soportar. Es probable que la comunidad mundial haga a mayor escala lo que hicieron las comunidades del Salvaje Oeste auténtico: intentar frenar o acabar con el poder aterrador de EE. UU. En casos extremos, estados como Corea del Norte intentarán hacerse con una protección definitiva, el armamento nuclear. Las naciones sin Estado no pueden - todavía- competir en el ámbito nuclear, pero sí pueden utilizar el armamento de los débiles, el terrorismo; y lo harán. O, por expresarlo en términos del western, nos pegarán un tiro por la espalda.

Lo ideal sería que EE. UU. intentara reconquistar el respeto universal, sí, el amor y la admiración de los que durante tanto tiempo derivó su influencia, su auténtico poder. Para aquellos que se cuestionan si el respeto, la creencia en la legitimidad y el benévolo liderazgo estadounidenses constituyen un verdadero poder, contemplemos el contraste entre una ciudad en la que el Gobierno es respetado por ser considerado legítimo y otra donde no es así: Dallas puede vivir en razonable seguridad con una pequeña fuerza policial mientras que un ejército entero no es capaz de controlar Bagdad.

Un ejemplo histórico tras otro nos ofrecen numerosas pruebas de que ni siquiera con la fuerza más aplastante se consigue el grado de seguridad que se da cuando una sociedad se considera tratada con un grado aceptable de justicia y atención a su bienestar. No es sólo que lo ideal sería que EE. UU. intentase reconquistar el respeto para el papel que desempeña en asuntos internacionales; es que resulta esencial. Si no existe la sensación de que un Estado o un Gobierno es legítimo en el ejercicio de su poder, se lo considera una tiranía. Ésa es la tendencia descendente en la que ha caído Estados Unidos. Todos los sondeos de opinión que se han realizado últimamente - incluso entre amigos y aliados tradicionales- indican que la reserva de buena voluntad que durante tanto tiempo confirió a EE. UU. su fuerza excepcional se encuentra ahora agotada. Rellenar esa reserva con lo que el presidente Eisenhower, inspirándose en Thomas Jefferson, llamó "un apropiado respeto por las opiniones de la humanidad" será un proceso de larga duración.

WILLIAM R. POLK, responsable de la planificación de la política de EE. UU. para la mayor parte del mundo islámico durante la presidencia de John F. Kennedy
© William R. Polk Traducción: Laura Manero Jiménez