Hugo Chávez, el nuevo libertador (y III)

Ramón Moreno

Si nos remontamos al abortado golpe de Estado del 11 de abril de 2002 contra Hugo Chávez, observamos que a partir de la fracasada intentona golpista, se fue fraguando toda una estratégica -referéndum revocatorio, incluido- de acoso y derribo al Presidente constitucional de la República Bolivariana de Venezuela, que ha desembocado en la grave situación que vive el país, con una sociedad dividida y enfrentada. Y donde la llamada Coordinadora Democrática, en una peligrosa y suicida huida hacia delante, no sólo sigue sin reconocer los resultados electorales del 15 de agosto, sino que, junto a los medios de comunicación afines, continúan conspirando para derrocar, al precio que sea, a Hugo Chávez alentando, inclusive, a la población a la desobediencia civil.

Pero, volvamos al golpe de Estado -que, desde mi punto de vista, marca un punto de inflexión en la historia reciente de Venezuela-, para conocer un nuevo dato de este rocambolesco episodio. La ex embajadora de Estados Unidos en Caracas, Donna Hrinack, en declaraciones al Canal 41 de la televisión de Miami, ha negado haber sido el cerebro de la operación. No obstante, en esta partida de ajedrez, donde se está dilucidando el futuro de Venezuela, y por extensión, de Latinoamérica, la CIA, que juega con blancas, mueve las piezas en el tablero venezolano en espera de la ocasión propicia para dar el jaque mate...

El último derrocamiento militar en América Latina, de un presidente elegido por las urnas, fue en septiembre de 1991, cuando depusieron a Jean-Bertran Aristide en Haití. Concluida la "guerra fría" se creyó que Washington había liquidado el espíritu Operación Condor, favorecedor del establecimiento de dictaduras en América del Sur durante los años setenta y ochenta, en nombre del anticomunismo. Se pensaba que habría condena de cualquier conspiración contra regímenes resultantes de elecciones libres y democráticas. Por ello, resulta gratificante el procesamiento de Augusto Pinochet, por el Tribunal Superior de Justicia chileno, por su probada implicación en la Caravana de la Muerte. Lo que demuestra que los horrendos crímenes cometidos por los sanguinarios dictadores del Cono Sur, no quedarán impunes.

Tras el fatídico 11 de septiembre, el viento guerrero que sopla en EEUU parece haber barrido esos escrúpulos. Como declaraba el presidente George W. Bush (que ha vuelto a ser nominado candidato republicano para las presidenciales de noviembre), "quien no está con nosotros está con los terroristas".

Y Hugo Chávez, aparte de ser bastante independiente, su revolución bolivariana es claramente antiliberal y, por consiguiente, antiglobalización. ¡Y eso es demasiado! Además, ¿no ha reactivado la OPEP, el cartel de los exportadores de petróleo que es la bestia negra de Washington? ¿No se entrevistó con Sadan Hussein que tenía armas de destrucción masiva? ¿No visitó Irán y Libia, países encuadrados en el Eje del Mal"? ¿No ha establecido relaciones normales con la Cuba de Fidel Castro? ¿No rechazó apoyar el Plan Colombia contra la guerrilla? Chávez se convirtió, por tanto, en el hombre a eliminar. Pero Washington no podía hacerlo de forma sangrienta, como antes. La forma utilizada, por ejemplo, en Guatemala -1954-, Santo Domingo -1965- o Chile -1973-.

El responsable de este expediente, Otto Reich, Subsecretario de Estado USA para Asuntos Interamericanos, señalaba que durante la última década y aunque no se habían producido golpes de Estado, seis presidentes latinoamericanos democráticamente elegidos -el último De la Rua, en Argentina- han sido derrocados. Por el pueblo, no por el ejército.

Este sería entonces el modelo adoptado para derrocar a Hugo Chávez. En primer lugar se autoproclama como sociedad civil una coalición de caciques -que reúne a la Iglesia Católica (representada sobre todo por el Opus Dei), la oligarquía financiera, la patronal, la burguesía de cuello blanco y un sindicato corrompido-. Después, los propietarios de los principales medios de comunicación establecen un pacto mafioso y se comprometen a apoyar las campañas que cada uno lance contra el Presidente en nombre de la defensa de la sociedad civil.

Sin retroceder ante ninguna mentira, los medios de comunicación calientan al rojo vivo a la opinión pública (a la que ha sustituido la "opinión publicada"), martilleando una idea fija; Chávez es un dictador, lo que algunos no dudan en afirmar, aunque no haya existido ni una sola detención contra la libertad de expresión: Chávez es Hitler y machacan con la misma consigna: ¡Hay que derrocarle!

Mientras sus propietarios conspiran para eliminar a un presidente democrático, los medios de comunicación se emborrachan con palabras como pueblo, democracia, libertad... Organizan manifestaciones callejeras y todo tipo de actos cívicos, transforman la más mínima crítica del Gobierno que pueda afectarles como un "grave atentado contra la libertad de expresión" y lo denuncian ante los organismos internacionales, reinventan la huelga insurreccional y animan a asaltar el palacio de Miraflores y al golpe de Estado.

En este punto es importante señalar que la Asociación de Reporteros sin Fronteras, cerrando los ojos ante una de las campañas mediáticas más odiosas jamás llevadas a cabo contra un Gobierno democrático, se dejó manipular y ha publicado numerosos reportajes contra el gobierno de Hugo Chávez ¡quién jamás ha atentado contra la libertad de expresión ni ha prohibido ningún medio!

Eso es, exactamente, lo que está pasando en Venezuela. Los medios de comunicación, llevados por su natural tendencia a la propaganda, han confundido al pueblo virtual en cuyo nombre se cometió el golpe de Estado del 11 de abril, con el pueblo real que devolvió en menos de 48 horas a Hugo Chávez al poder.

Ahora, con renovada ferocidad -por la pérdida del referéndum revocatorio- y aprovechándose de una insólita impunidad, los medios venezolanos persisten, a golpe de mentiras y de intoxicaciones, en una ingente operación de desestabilización contra el Gobierno democrático de su propio País-.

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