Por un ¡nunca más esos incendios!

Carmelo Barone

Juntos, como hermanos, como canarios “luchemos", bajo la égida de unos irrenunciables valores isleños, por nuestro bien común: "la ley suprema".

La naturaleza es como un libro abierto para quien sabe leer en él y penetrar en el arcano de sus múltiples manifestaciones", escribió un maestro. Quiero decir que la espectacular floración de nuestros dra­gos, la mayor en mis 40 años aquí, seguida por una rápida y copiosa fructificación, junto a una notable presencia y laboriosidad de hormigas y otras señas más, podrían barrun­tar fenómenos meteorológicos excepcionales, así como me han confirmado unos sabios magos: concretamente una tempranas y fuertes lluvias, "Primero de ¡agosto: primero de invierno". Ojalá sea un mal lector.

 

Lanzo este modesto aviso para que adelantemos al máximo las medidas contra la erosión, por las lluvias, en tanta superficie quemada y la limpieza de los barrancos. "No dispongo de un pequeño piso en el sur, ni de una casa. No poseo un coche bonito ni una moto... tan sólo tengo mi isla y mi gente. Y sin embargo, siempre me he consi­derado una persona muy rica, porque es más de lo que podría soñar. Con la tristeza de haber perdido más de 2000 H/as de mi única herencia y de lo que será el legado de nuestros antepasados a mis hijos, concluyo con el profundo deseo de que aquel que ha atentado contra mi única pose­sión de auténtico valor, sea descubierto y juzgado por des­truir el tesoro de cientos de miles de canarios y una parte importante de sus corazones y de sus tesoros de cientos de miles de canarias y una parte importante de sus cora­zones y de sus vidas". Así escribía una hija nuestra: Bea­triz Palmero, no hace unos días, sino, tristemente, en el lejano agosto de 1996, después de un incendio en el Valle de Güímar. Así siente todo hijo digno de esta tan noble, prodiga y bella madre tierra canaria. Cuando nos duelen nuestra gente y terruño, cuando los males que nos golpean se vuelven extremos, entonces como hombres debemos de recurrir a extremos remedios, así como nos enseñó Hipó­crates. A Dios agradecidos por no lamentar desgracias per­sonales, junto a los que han arriesgado su vida en la extin­ción de ese incendio, cuya virulencia nunca se ha visto, a los que han perdido su casa, sus pertenencias, sus animalitos, a los que han temblado ante las cercanas y pavo­rosas llamas, a todos esos almendros y frutales de mis valles de ensueño; seres vivientes hechos cenizas, que no vol­verán a florecer, con mi alma; juntos, como hermanos, como "canarios luchemos", bajo la égida de unos irrenunciables valores isleños, por nuestro bien común: "la ley suprema".

 

Hagamos tesoro de ya tantas lamentables experiencias, fallos y falta, a veces, de la debida contundencia, adoptando, de una vez por todas, cuantas medidas y acciones, preven­tivas sobre todo, porque ¡Un nunca más esos incendios es posible!, aquí, en nuestra casa común: Canarias. ¡Querer sig­nifica poder! Porque no sólo el Teide y su parque son patri­monio de la humanidad, sino la isla entera de la que surgen, con cada uno de sus rincones, su corona forestal; marco de ese divino cuadro "teideano", de cuya preservación tenemos la obligación frente al mundo.

 

Hoy, en pleno calentamiento global, es más vital que nunca la función de nuestros árbo­les, común pulmón verde que nos proporciona oxígeno, absor­biendo el responsable C02, atraen y favorecen la lluvia, con­forman nuestro paisaje único, pilar del turismo, y alegran y sosiegan el espíritu con su verdor, aprovechamiento agrí­cola-ganadero a parte. Quien los quema es hoy un terrorista ambiental y un potencial asesino, sobre el cual debe caer, como precisó el mismo Zapatero, todo el peso de la ley: 20 años de cárcel, (hasta 30, ahora, en Italia). "Yo tenía que ir allá arriba a pedir un permiso para poder limpiar mi finca, entonces, ¿de quién es ésta, de Medio ambiente o mía? Tengo un camión para cargar 5.000 Kg de pinocha, pero sólo me dejan coger 1.000 en mi finca. Si cojo más el Seprona o el Cabildo me multan (hasta 600 €). Una vez hasta me llama­ron loco porque dije que necesitaba más". Así se quejaba, casi sollozando, en un periódico local un vecino de la Montañeta, ante su casa quemada... Una conocida de Redondo y unos parientes míos de Los Realejos y la Guancha, caza­dores, me han confirmado todas esas prohibiciones. "Vos del pueblo, voz de Dios".

 

Escuchemos a nuestra gente del campo, que tenemos que mimar, ayudar y subvencionar, antes que indemnizar y no dificultar en su ya dura tarea, siempre menos rentable, buscando juntos la mejor y justa solución, para con­jugar agricultura y limpieza del bosque y fincas colindan­tes, eliminando, así, rencillas y venganzas que parecen ser las principales causas de esos incendios, aunque algunos apun­tan a deleznables intereses mercantiles... Por lo tanto, la ley como disuasión y hasta la incautación de los bienes y una extrema vigilancia, utilizando también a todos los voluntarios, en los cuales yo me incluyo, situa­dos en sitios estratégicos. La prevención con anchos corta­fuegos, algunos con sus tuberías de agua -como se ha escrito- repoblados de laurisilva.

 

Sobre la lucha antiincendios, solo cito este muy solvente y reciente comentario: nuestro ejér­cito dispone en Los Rodeos de 12 helicópteros que, aunque de poca carga, suman; su vital utilización, en los casi simul­táneos frentes de las dos islas, nunca fue requerida... Sabe­mos que parar la furia de "esos desatados elementos" es casi imposible. Cuando se dan esas condiciones extremas, hay que cerrar todos los accesos al monte, "tomando" por el ejér­cito, las fuerzas de seguridad, etc., esas conocidas zonas de máximo peligro, día y noche, como en un estado de guerra; guerra al fuego que daña a nuestra entera comunidad y a un patrimonio de la humanidad.

 

Pongamos cuantiosas recom­pensas para todos aquellos que colaboren a la identificación y detención de esos "pirómanos". "Reincidir es diabólico". Podemos eludir la justicia del hombre, no la de Dios. Siga­mos ejemplarmente reforestando en el norte con laurisilva, como muy bien propone Wladimiro R. Brito, más biodiversidad, preciosa y ordeñadora de nubes que los pinares, buen cor­tafuego, repoblando sobre todo en las fincas abandonadas, con sus heléchos y zarzas; auténtica pólvora y en la proxi­midad de las casas en el monte. Laurisilva por pinos. Cree­mos muchos equipos de limpieza, unas "task forces" diría.

 

Curar es mucho más caro. Es desalentador comprobar cómo unos pocos desalmados pueden quemar buena parte de nues­tro tesoro forestal, pero me consuela y me anima el saber que la casi totalidad de mi gente, a diferencia de lo que pasa en el continente europeo, nunca prendería fuego a un árbol. Por eso escribo.