Occidente, un bombero pirómano
Juan Jesús Ayala
Desde los viejos tiempos Occidente, que ha sido el referente, el espejo donde tenemos que mirarnos día tras día, ha estado sometido a miles de vaivenes que han puesto en juego su supervivencia. Y lo peor es que cuando intenta apagar un fuego lo hace con otro fuego más voraz si cabe. Occidente, desde la época del Renacimiento, se ha preocupado de insuflar grandes hogueras no sólo en sus instituciones, sino que las ha propagado a todos los rincones del planeta. Ha presumido desde siempre con los progresos de una tecnología puntera, con la gestación de las ideas que sacó fuera de su seno y sobre todo y que es lo más escandaloso, ha propagado por cualquier confín de la tierra la violencia militar.
Y cuando aparece la violencia ahí se planta para hacer de bombero, y la gran paradoja es que cuando intenta apagar el fuego que provoca, ocasiona más desastres que otra cosa.
Occidente encendió la llama del comunismo, por ejemplo, y después la apagó con un Apocalipsis de gran violencia que desarrolló lejos de sus fronteras.
Pero la gran paradoja salta cuando Occidente niega todo tipo de responsabilidad ante la historia. Cuando es que Occidente ha sido el gran mandatario del más allá para recomponer el planeta, para civilizar llevando la cruz a los últimos rincones, pero eso sí, siempre con la espada desenvainada y lo que no entraba por la fuerza de la palabra entraba por la fuerza de la sangre y de la opresión.
Quizás muchos no asuman el papel de piromano que otros le dan a Occidente, pero si repasamos la historia más reciente es así.
Desde el abatimiento de las Torres Gemelas hasta los atentados mas recientes de Londres, hasta las revueltas que sacuden el suelo francés están ahí para señalárnoslo. Con la destrucción de las torres neoyorquinas se desató la violencia americana-occidental en las fértiles tierras del Tigris y del Eufrates y ya se cuentan en el territorio de Irak más de cincuenta mil muertes para nada; o sea que con el intentó de apagar aquel fuego se ha prendido otro que no tiene visos de extinguirse y me nos de contro larse.
Después del atentado de Londres, las libertades se han recortado y se ha puesto en su lugar la seguridad. Seguridad que ha dado patente de corso a la policía londinense para cometer toda clase de tropelías y ante la duda y la sospecha tirar a dar primero y luego preguntar. Como en los mejores tiempos del oeste americano.
Y ahora, seguro, que saldrá la represalia del Gobierno francés con todos aquellos que están arrasando su territorio y cabalgarán sobre ellos policías y ejércitos; cuando esta circunstancia si existe es por todos los desaguisados y tropelías que Francia ha cometido a lo largo de sus historia en muchos puntos del planeta.
Occidente debería repensarse su trayectoria en el concurso mundial y dejar atrás su concepción de gendarme, porque de seguir así se estará ganando un sinfín de antipatías que hoy si no se levantan muchos más en pro de una mejor respuesta, el tiempo que va poniendo a todos en su sitio será capaz de ser testigo de desmoronamientos de imperios por los nuevos bárbaros que arrasarán pueblos y violentarán fronteras.
La historia que es inquisitorial con los pueblos que Occidente ha sometido tal vez puede escribirse por esos pueblos con mejores trazos y con menos borrones que ha hecho Occidente con ellos, pero si el resentimiento y la espera de la venganza es lo que puede prevalecer y eclosionar, el día menos pensando, no cabe duda de que estaremos a las puertas de un acontecimiento imprevisible, diferente y que ni las bombas atómicas serán capaces de dominar y controlar.
La bomba de la demografía es la más peligrosa y es la que tiene en sus manos la otra parte e ir a destruirla con protones y neutrones es volver las armas en contra de sí mismo. Y ser una vez más piromano de un fuego avivado desde siglos y que bien pudiera que esa hoguera pase factura a los bomberos más avezados y arriesgados.