En Occidente se ha creado un culto
AlkaCIA and the true war
Alexandro Saco
En Occidente se ha
creado un culto. Observamos los atentados en Nueva York, Madrid y Londres, como
la barbarie representada. En relación a eso, algunos afirman que es deber de
Occidente defender a Israel porque éste constituye el confín de la civilización.
Perspectiva endeble, atributo de una cultura a la que le excita reflejarse. Se
levantan las cifras de las víctimas, tres mil 11S, doscientos veinte 11M,
sesenta y cinco 9J: terrorismo. En Irak mueren desde la invasión doscientos
mil: Occidente defendiéndose de sus enemigos. Resistentes iraquíes o afganos
tienen el derecho a defenderse de los invasores, así como los estadounidenses
lo tendrían si ejércitos musulmanes ocuparan California, Oregon
o Virginia.
El discurso que usa
al terrorismo como escudo para cualquier bombardeo, como el de hace unas
semanas en Somalia, ha caducado. Observar la destrucción de países como un
parte meteorológico en los noticieros, con análisis que terminan encontrando la
validez de la guerra, es avalar la destrucción del humano. El extremista del
siglo XXI no sólo está en Irán ahorcando, sino también en las capitales del
mundo, usa corbata y es elegido en sistemas electorales. Las democracias
occidentales se jactan de serlo, pero no son tales si allende sus fronteras
imponen regímenes aniquiladores recurriendo también a la horca. Los discursos
bélicos normalizados nos reflejan el desprecio de Occidente hacia lo que no
pretende comprender. La generalización de etnias naciones o religiones es una
tendencia casi oficial, y se asume que lo sensato es que nuestros valores
predominen.
No hay duda de que
algunos de los valores que Occidente ha logrado consolidar han permitido el
desarrollo de la libertad. El problema es que hoy, legitimados por esos enormes
logros sociales y del pensamiento, una ideología retrógrada pretende
representarnos distorsionando y manipulando esos grandes avances. Nada más
contradictorio. Justamente esos logros de la libertad y de la razón, son las
columnas que hoy deberían sostener la confrontación al discurso y a la acción
destructora de sociedades y del planeta. Occidente, en algunos ámbitos, sufre
un proceso regresivo, pero se refleja en las imágenes de su desarrollo para
considerar que sólo avanza.
Sometemos la
continuidad de la especie a las políticas energéticas; abogamos por el libre
comercio como parte de la libertad, pero importa un pito que China, con quien
todos quieren firmar TLC, mantenga campos de concentración para los disidentes;
demonizamos a Alkaeda, pero olvidamos que
Ante eso, por un
lado izquierdas pretenden aportar a la política desde instancias e intenciones
que hoy significan poco. Por otro, falsos liberales o liberales, con una
retórica en la que sus ideas se pierden entre adjetivaciones e histerias
impermeables cuando se desnuda el libre mercado. Así como el derecho sigue a la
realidad para interpretarla y proponer normas, los que asumen hacer política no
pueden hacerlo sólo desde sus conceptos. El planeta del siglo XXI no es el de
los años sesenta, pero menos el del alucinante Fin de
Así, las guerras
entre estados, religiones o bloques políticos, esconden la real confrontación.
El humano guerrea contra sí mismo, escondiendo en sus diferencias su ímpetu tanático; la autodestrucción es el destino que nos
vislumbra, porque prefiere observar y exhibir imágenes modernizadoras. Ante la
verdadera guerra, sólo se proponen nuevas guerras verbales o armadas que
responsabilizan al rojo, al musulmán, al rebelde, al liberal. En sus
diferencias, que paradójicamente son atributo de la libertad que el pensamiento
nos ha legado, el humano está encontrando su justificación regresiva. Ver la
guerra real, dejando de lado las imágenes que nos justifican, será más útil que
doscientas banderitas y cuatro ideologías.
18 2 2006