¿Por qué nos odian?

José Aníbal Martín Afonso

¿Por qué nos odian? Se preguntan los estadounidenses y fue el titular de la revista Granta, publicada después del ataque contra las Torres Gemelas. En ella, escritores europeos y estadounidenses intentaron responder la pregunta de manera inteligente. La revista, dirigida por Ian Jack, ha dedicado dos números más al tema. Sobra decir que centenares de editoriales, columnas de opinión y artículos de diarios y revistas de Estados Unidos y el resto del mundo han estudiado a fondo este asunto.

Hay, por supuesto, innumerables explicaciones y diagnósticos, desde el tranquilizador "no es cierto que los odien", hasta el brutal "por supuesto que los odian". Pero entre el respeto y la admiración, por una parte, y el odio, el resentimiento y el temor, por otra, que miles de millones de personas sienten hacia Estados Unidos, hay tantas interpretaciones que algunas merecen ser resaltadas para entender el mundo que nos ha tocado en suerte.

No hay duda de que actúan como una arrogante superpotencia. Una buena parte de la sociedad estadounidense lo ignora todo sobre el resto del mundo y cree que su forma de vida es la forma de vida. Su gobierno se resiste a firmar los tratados sobre control de emisiones de monóxido de carbono, los que pretenden llevar ajuicio a los criminales de guerra y los que buscan eliminar las minas antipersonales y, cuando le conviene, como lo menciona Ian Jack, se salta los tratados y convenciones que sí ha firmado, como la tercera Convención de Ginebra, al impedir el acceso a abogados o tribunales a 650 menores y adultos capturados en Afganistán, hoy detenidos en Guantánamo.

Pero, a su vez, la sociedad estadounidense es una de las más abiertas del planeta, donde son reales, como en ningún otro lugar, el pluralismo y la tolerancia. En los colegios, las universidades y en la calle hay una democracia actuante y real, donde cada opinión cuenta. La mayoría del resto del mundo es usualmente más intolerante, clasista, racista y xenófoba que los estadounidenses. Basta leer la página editorial de cualquiera de sus grandes diarios para presenciar un debate real y abierto sobre los temas relevantes de esa sociedad.

En uno de los textos de la última Granta, el escritor Adam Hochschild describe con precisión la paradoja: "La que en casa es, quizás, la sociedad más vibrante de la tierra, afuera es una superpotencia matona de arrogancia aterradora. Si alguna esperanza tengo para mi país es que la promesa de lo primero nos rescate de los peligros de lo último". Los republicanos -dice Thomas Friedman- suelen aplicar una política exterior que refleja los miedos de los Estados Unidos, mientras que los demócratas suelen promover una que refleja sus esperanzas. El discurso de Bush en West Point en junio de 2002, en el que anunció la política del ataque preventivo, fue la respuesta de un país que tiene miedo. La política del miedo anuncia guerras interminables. Pero mi respeto por los Estados Unidos crece cuando veo cómo sus ciudadanos se mueven ante cualquier ataque contra las libertades ciudadanas. "Yo no soy un americano que considera patriótico el seguir de manera ciega a nuestro Congreso y a nuestro Presidente", reza una foto de Tim Robbins, el actor y director que ganó, junto con Sean Penn, unOscar por Mystic River, en un aviso publicado por la ACLU en el New Yorker y reproducido en decenas de medios. "Soy un americano que cree en cuestionar a nuestros líderes, sobre todo cuando hay vidas humanas en juego. Lo dijo Teodoro Roosevelt: "Afirmar que no debe existir crítica alguna contra el Presidente o que debemos apoyarlo en cualquier caso, esté o no en lo correcto, no es solo antipatriótico y servil, sino que constituye una traición moral contra el público americano"".

¿En cuántos países del mundo se puede publicar algo semejante sin ser demonizado, perseguido o encarcelado?

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