Las oscuras razones de la burguesía
canaria
contra la recuperación de
Cristóbal García Vera
Han tenido que pasar treinta
años desde la muerte del dictador Francisco Franco para que se
comience a demandar la "recuperación de
Tan extraordinaria tardanza no debería ser pasada por alto por quienes
pretenden entender qué sucedió en esa historia reciente hasta ahora silenciada.
¿Por qué se impuso el olvido? ¿Por qué las víctimas de la represión, sus
familiares y los luchadores antifranquistas continúan
sin recibir la reparación y el reconocimiento merecido? ¿Por qué la reciente
Ley de Memoria Histórica aprobada por el gobierno del PSOE no incluye, siquiera,
la anulación de los juicios con que los sublevados castigaron la lealtad a la
legalidad republicana?
Hasta el momento, estas y otras preguntas -igualmente esenciales- recibían una
inmediata contestación, elaborada por los muñidores de
La manera en la que, mayoritariamente, hemos interpretado nuestra historia y la
realidad actual, en estos últimos años, puede considerarse un fruto del
consenso labrado por los padres de
En demasiadas ocasiones continúa reivindicándose tan sólo la memoria privada de
las víctimas. No es infrecuente que en los actos organizados a tal fin, llegue
a matizarse, incluso, que "no se trata de actos políticos". Esta
manera de entender la memoria de nuestro pueblo permanece, quiérase o no,
dentro de los límites impuestos durante
Así planteada, la recuperación de
La síntesis histórica que se produjo con el advenimiento de
La "memoria histórica" -la historia, en definitiva- hay que
recuperarla justo en esas efemérides y con el significado implícito que
contiene. Los últimos veinticinco años hemos sufrido una concertada
conspiración mediática que ha tratado de censurar esta historia, falsificándola
en unos casos y amordazándola, en otros. Ello ha dado lugar a la aparición de
esperpénticos capítulos de la misma, que no sólo deberían provocar vergüenza en
los "historiadores" artífices de la burda cirugía, sino también en
aquellos que, por acción u omisión, han participado en el aquelarre. Con un
prodigioso corte de tijeras - al igual que hiciera la censura franquista en la
década de los cincuenta con el film Mogambo,
en el que convirtió a la amante en hermana - la historia oficial transmutó a Juan
Carlos de Borbón, el heredero de Franco y de su
dictadura, en un alienígena sin mácula, proveniente de un ignoto lugar, con la
misión de regir para siempre, él y sus herederos, el destino de los españoles.
Con habilidad de artistas, los maquilladores de los medios hicieron que su
biografía comenzara en 1976. Las elocuentes imágenes de su colaboración con el
franquismo fueron magistralmente trastocadas y sistemáticamente sustituidas por
las de un monarca dicharachero y simpático, firmemente empeñado en devolver a
los españoles la libertad y la democracia que "otros" les habían
arrebatado.
Pero no solo permaneció descoyuntado el enlace histórico con nuestro pasado
republicano, sino que se aplicó el mismo borrador a casi cuarenta años de dura
lucha antifranquista. Miles de hombres y mujeres que
ofrecieron sus vidas y su libertad en un combate dispar contra la dictadura
fueron condenados al ostracismo pavoroso que significa ser suprimidos de la
memoria popular. El advenimiento de las libertades formales se presentó como el
resultado de una providencial combinación entre la voluntad real, la
generosidad del aparato franquista y la patriótica actitud de la leal
oposición. Todo quedaba en casa. Los villanos fueron convertidos en héroes y
los héroes en villanos.
El recuerdo de nuestra historia es, pues, un instrumento que nos sirve para
interpretar la sociedad actual. Su significado subversivo no se les escapa a
los representantes de las clases sociales dominantes. Cuando, falazmente, los
portavoces oficiales y muchos medios de comunicación expresan su rechazo a lo
que califican como un intento por "reabrir las heridas del
pasado", en realidad pretenden impedir que se descubran los
auténticos pilares sobre los que se asienta el presente político del país.
Pero hay también razones más crematísticas para que se trate de hurtar el
pasado a la ciudadanía. Han transcurrido 70 años desde los inicios de la
contienda civil. Cuarenta de ellos estuvieron dominados por una dictadura bajo
la que creció vertiginosamente el patrimonio de quienes con su apoyo y
complicidad la hicieron posible. La influencia social, la capacidad para poder
ejercer el dominio sobre el conjunto de una colectividad, no es algo que se
obtenga en tres días. Y las grandes fortunas en el Estado español de hoy tienen
su origen en la dictadura. Unas encontraron el clima adecuado para consolidarse
y desarrollarse durante esa etapa. Otras nacieron al amparo de las regalías,
cargos y privilegios que les proporcionó el régimen.
Franco lo expresó con insólito cinismo en agosto de 1942: "Nuestra
Cruzada es la única lucha en la que los ricos que fueron a la guerra salieron
más ricos" [1]. Las más poderosas fortunas actuales del Estado
entierran sus raíces en los círculos allegados al "caudillo". El
imperio de las hermanas Alicia y Esther Koplowitz,
el Banco Pastor, Gas Madrid, Unión FENOSA, Cubiertas, MZOV, Banus, Banco Zaragozano, Banesto,
etc., bebieron de las acaudaladas fuentes de oro que les proporcionó el
franquismo. Apellidos como March,
Barrie de
En estas ínsulas nuestras las cosas transcurrieron por cauces similares. La
burguesía local no titubeó un solo instante a la hora de prestar su apoyo al
golpe franquista. Las páginas de las hemerotecas son muy elocuentes. Listados
interminables de apellidos, junto a aportaciones económicas o entrega de joyas
de oro, aparecían cada día en la prensa de Las Palmas… "Herederos
de
Pero la burguesía canaria prestó algo más que su apoyo político, financiero y
"patriótico" a la insurrección militar. Jóvenes pertenecientes a las
más adineradas familias del Archipiélago formaron parte de las filas de las
temibles brigadas del amanecer, que con tanta eficacia contribuyeron a la
liquidación física de un todavía indeterminado número de republicanos isleños.
No resulta, pues, extraña la resistencia de sus descendientes a que se revise
el pasado, a que los nombres de los asesinos sean borrados del callejero de las
ciudades y pueblos de las Islas. Es más, aún en nuestros días, distinguidos
dignatarios de Coalición Canaria y el PP barajan la posibilidad de asignar a
una de las más importantes avenidas de Las Palmas el nombre de Matías
Vega Guerra, notorio cacique franquista comprometido con los periodos
más negros de la dictadura. En Tenerife, paniaguados
plumillas de la prensa local, como Francisco Ayala, rinden
homenaje público en nuestros días a personajes como Susana
Villavicencio, inspectora-Jefe de Primera Enseñanza en Tenerife y
activa protagonista en la persecución del Magisterio republicano. Y, setenta
años después de su desaparición, los intelectuales del sistema en las Islas
siguen glosando elogiosamente la figura del tinerfeño Manuel Delgado
Barreto uno de los fundadores, junto a José Antonio Primo de
Rivera, del periódico El Fascio.
Es innegable que la burguesía canaria, al igual que la del resto del Estado, ha
tenido múltiples razones para ser agradecida con sus progenitores. A nadie debe
sorprender, por tanto, que la entrada principal de Sta.
Cruz de Tenerife esté presidida por una imponente estatua de un Franco
que reposa aguerrido sobre las alas desplegadas de una enorme águila. Y es que
bajo su protección crecieron suculentas fortunas y numerosas biografías
políticas contemporáneas en este Archipiélago perdido en el Atlántico.
Notas y referencias
bibliográficas:
1. Sánchez Soler, Mariano. "Los banqueros de Franco". OBERON. Grupo
Anaya. S.A.
2. Ibídem. Pág. 15 y siguientes
( Fuente: Canarias-Semanal.com )