Palabras y filosofía
Juan Jesús Ayala
Dos términos éstos, palabra y filosofía, que deberían estar íntimamente ligados, en perfecto maridaje, dado que a través de la palabra se llega a la idea y con la idea se es capaz de construir conceptos, apareciendo en ese momento la filosofía.
Deberían ir juntos, digo, pero no es así. La mayor parte de las veces, las palabras van por su lado, de manera inconexa, sin sentido y sin ningún tipo de pretensión, como no sea desconectar la realidad del lenguaje y construir con frases desajustadas el más puro y duro irrealismo por donde se camina, Y se camina mal.
Y a la filosofía, ya se sabe, se le ha querido apartar de los planes de enseñanza, se le ha intentado relegar como si fuera una disciplina digna del ostracismo cuando es fundamental. La que guarda un interés intrínseco de valor supremo. Y está visto que los planes necesitan de ciertos empujones para que al menos quede como referente del pensamiento. Cuestión que a los que gobiernan, da la impresión, no les interesa lo más mínimo que la gente piense, y menos aún que se encuentren las palabras adecuadas que guíen a las personas hacia las realidades que desde lenguajes confusos y romos permanecen secuestradas.
Accedemos al universo de las ideas mediante las palabras. Un mundo sin palabras, solamente inmerso en jeroglíficos y signos es un espacio rudimentario donde sólo toma presencia lo instintivo y lo primitivo. De ahí que los filósofos presten mucha atención a la forma en que se expresan. Y es que la filosofía no se construye por gestos ni por actos físicos, sino por palabras, frases o libros. Se trata, pues, de una actividad vinculada a los discursos, a las sucesiones de palabras organizadas.
Los filósofos se interesan por las palabras, pero no de la misma manera que lo puedan hacer los poetas ni los novelistas. No pretenden construir frases bellas, sino frases que expresen las ideas con exactitud. A veces, pasa que el lenguaje de la filosofía es ciertamente críptico que se hace imposible llegar a él.
Cuando esto ocurre, es que ciertas corrientes filosóficas avanzadas intentan explicar lo que ya está explicado de manera fácil, de forma recargada, con palabras que ofuscan y entorpecen el significado de las mismas. Puede ser, cuando esto sucede así, de esta manera, que sea falta de correspondencia del que quiere interpretar y que no llega a ese receptáculo olímpico donde están los que sobre el mundo y su entorno reflexionan.
Las palabras, en la actualidad, están siendo comidas por los medios televisivos, el lenguaje se está haciendo topón y llegará un momento, si sólo atendemos a lo que vemos, si sólo emulamos el gesto, en que se nos imposibilitará reconocernos como seres diferentes, ya que transitamos por el mismo camino como copias repetitivas de lo que oímos y seremos puro retumbo y nunca eco de nosotros mismos, de nuestras ideas, de nuestro lenguaje fabricado desde la experiencia y desde la lectura.
Palabras, cada vez menos, se esfuman y hacen que la conciencia humana se adelgace, sea casi imperceptible y se encuentre mantenida solamente por un par de palabras mal situadas y pésimamente enlazadas.
La filosofía, por otro lado, a trancas y barrancas intenta abrirse paso de manera tímida. Su presencia apenas es aceptada y cuando se dice que no se entiende, que es una jerga disciplinar inservible y que lo que debe explicitarse es el pragmatismo, ya que lo demás son zarandajas y pérdidas de tiempo, y dado que el mundo camina por la senda de la ciencia y tecnología, el reflexionar sólo sirve como pasatiempo de unos cuantos desarraigados.
Se sabe que es tarea difícil, pero sería esperanzador, sobre todo para una sociedad decadente como la nuestra, que la palabra se desentumeciera y fuera tras la construcción de conceptos y que la filosofía le abriese sus puertas y entre una y otra se intentase apuntalar al espécimen humano que cada día que pasa se difumina, se abstrae de sí mismo, se desconoce y camina hacia no se sabe dónde, quizás a un mundo sórdido pleno de gestos, de estridencias ramplonas, de mutismos o de silencios preocupantes.