Papas, vacas y medio ambiente

Wladimiro Rodríguez Brito

El pasado domingo, 12 de septiembre, tuvimos un peligroso incendio en "tierras de pan sembrar", en Los Campeches, en torno al paraje conocido como Cruz del Agua, en el extremo occidental del municipio de Los Realejos, lindando con San Juan de la Rambla. En esta ocasión se quemaron más de 4 hectáreas, fundamentalmente de tojos (espinos), zarzales, helecheras, brezos, etc. El fuego llegó a ser tan intenso que obligó a desalojar a los niños que estaban en el Campamento Emilio Fernández Muñoz, localizado en la parte alta de los pinares realejeros. Afortunadamente, se logró detener el fuego al pie del mayor pinar de Canarias, que une todo el sector noroeste de la isla, entre Los Realejos, San Juan de la Rambla, La Guancha, Icod de los Vinos, Garachico y El Tanque.

Estas líneas pretenden una reflexión crítica sobre la relación que existe entre tierras de cultivo abandonadas y los incendios, pues con toda seguridad este incendio no se hubiese producido si los campesinos de la zona hubieran sembrado papas en el invierno pasado en las mismas tierras que fueron colonizadas por matorrales, uno de los mejores combustibles para la aparición de conatos. En este sentido, hay que abundar en esta idea con el hecho de que las escasas tierras sembradas en esta zona ayudaron a controlar el avance del fuego, actuando de improvisados cortafuegos. Por esta razón, más allá de cualquier otra consideración, como han sido los problemas con la polilla guatemalteca o las importaciones de papas foráneas, que obligan a cobrar a los agricultores precios ruinosos, que no compensan su esfuerzo diario, consideramos que es necesaria una política agraria novedosa, que apoye a los pequeños agricultores de este tipo de lugares y a sus cultivos (frutales, plantas forrajeras, cereales, millo, etc.). La pervivencia de esta actividad agraria supone un alivio en la cantidad de combustible que se acumula a lo largo del año en nuestros montes. Los cultivos demandan materia orgánica que se elabora con la pinocha que se deposita a la sombra de los árboles y de esta manera conseguiríamos que no se convirtiera en la "gasolina" como combustible del próximo conato de incendio.

Asimismo, hay que penalizar el creciente abandono de las fincas privadas, obligando con medidas razonables a que sus propietarios realicen labores de limpieza mínima, al menos en las inmediaciones de las zonas forestales. La mayor parte de los conatos acontecidos en la isla de Tenerife los últimos años se han estado produciendo en estos terrenos, antaño cultivados, hoy abandonados, cubiertos de pastos y matorrales secos, al final del verano. Por otra parte, las tierras abandonadas son incubadoras de plagas (conejos, ratas, mirlos, etc.) que arruinan a los pocos agricultores que quedan en la zona.

Es necesario un nuevo marco legal, hecho en la Comunidad Autónoma, que proteja al suelo rústico, a las personas que aún quieran cultivar la tierra, a los que limpien sus fincas y, por el contrario, que penalice a los dueños de las fincas particulares en estado de total abandono.

En ese sentido, los responsables políticos en temas de Agricultura, Ganadería y Economía tienen que entender que la producción local es un factor estratégico para el Archipiélago, más allá de los criterios puramente estadísticos o macroeconómicos. Y son los trabajadores de este sector un recurso que no nos podemos permitir el lujo de dilapidar o perder por el camino. No sólo alimentan con productos frescos nuestros mercados sino que contribuyen a proteger nuestro medio ambiente. También a los consumidores, a todos los ciudadanos hay que reclamarles una mayor implicación en este tema. Desde su actitud individual pueden invertir la tendencia dominante, todos somos corresponsables de esta situación. La cuestión fundamental es tener un mayor compromiso personal demostrable en la vida diaria, y no ser sólo ecologistas en la superficie y de palabra. Esa sería la mejor esperanza para el medio ambiente de Tenerife.