Papa, cultura y cultivos
Wladimiro Rodríguez Brito *
LA PAPA, como uno de nuestros cultivos históricos de referencia, merece una lectura específica en estos artículos que pretenden ser una tribuna abierta a los lectores de EL DÍA, con el objetivo de profundizar en la revalorización de nuestra herencia cultural, en especial, la que se encuentra ligada al mundo rural. A la papa le debemos mucho los canarios, fue el alimento que evitó el hambre en nuestro archipiélago durante los últimos siglos.
En la actualidad, el cambio de hábitos alimenticios del mundo urbano, experimentado por nuestra sociedad en las últimas dos décadas, ha desplazado a un segundo plano la importancia de este tubérculo en su dieta. A pesar de ello, las papas siguen constituyendo uno de los pilares básicos de la alimentación de los canarios y uno de los ingredientes esenciales de la gastronomía regional. Sin lugar a dúdaselas papas arrugadas configuran uno de los símbolos clásicos de la cocina canaria. Incluso, en los últimos años, las papas de color se han convertido en una exquisitez que no falta en los menús de los más reputados restaurantes de las islas. No hace muchos años en los que la papa era la alimentación básica de los más desfavorecidos.
La papa es uno de los elementos distintivos de nuestro paisaje agrario y de una cultura que enlaza con las montañas andinas y la isla de Chiloé, en la Patagonia chilena, los únicos lugares del mundo en el que perviven las papas de color. Estas papas constituyen un patrimonio genético para el futuro de un valor incalculable que pocas veces valoramos en su justa medida. Asimismo, el paisaje agrario insular desde Hierro a Lan-zarote está cubierto aún de innumerables canteros de papas, de hecho, las huertas más mimadas por los agricultores se destinaban a este cultivo. Estamos hablando de las medianías cubiertas de jable y papas en el sur de Tenerife o de las medianías de papas y viña en el norte de Tenerife, La Palma o Gran Canaria. En la década de los setenta, el terreno ocupado por las papas alcanzaba la nada despreciable cifra de 20.000 hectáreas, exportándose parte de su producción a las Islas Británicas. Desde ese momento entra en crisis el cultivo, menguando superficialmente a medida que la agricultura va perdiendo su peso específico en la economía del archipiélago.
Así, por ejemplo, en Canarias hemos pasado de consumir más de 200 millones de kilos/año hace tres décadas, con 100 kilos por habitante/año a situarnos en la actualidad a 150 millones de kilos/año.
En los últimos años, la crisis agraria, las importaciones de choque, las plagas (la polilla guatemalteca o la podredumbre parda), han incidido de forma negativa en este sector para reducir la superficie cultivada a unas escasas 5.000 Has., con un promedio de 15.000 kilos/Ha., se cubre a duras penas el 50 por ciento de la demanda interna. Si tenemos en cuenta lo que el intermediario paga al agricultor, una vez descontado el precio de la semilla (120 Ptas./kilo), más el coste del agua (30 Ptas./pipa de agua) y del abono, comprendemos por qué cada vez nos van quedando menos trabajadores del campo y, por tanto, menos papas canarias en nuestros mercados. En contadas ocasiones los agricultores venden sus papas a 100 Ptas./kilo, casi siempre por cantidades bastante inferiores que luego se multiplican por dos en los supermercados ante el desconcierto de agricultores y consumidores, que hemos llegado a pagar por kilo algo más de 200 pesetas. En ese sentido hay que añadir que la tendencia hacia el descenso de la superficie cultivada se mantiene aún, con un 30% menos en la última década.
Por último, quiero aprovechar estas líneas para dar un toque de atención, tanto a los consumidores como a los que tenemos responsabilidades políticas para hacer un esfuerzo suplementario a favor de las papas del país, de su cultura y del paisaje que mantienen en nuestras medianías. Hay que mimar a estos agricultores que aún luchan por sacar adelante sus cosechas no sólo como una actividad económica sino también con mimo y orgullo. Pero hay que garantizarles una remuneración digna. Hay que vigilar y supervisar a los importadores para que cumplan la ley y no hundan los precios mediante alevosas y fraudulentas importaciones de choque. Debemos tener en cuenta que cuando caen o desaparecen las producciones locales los precios se disparan para el consumidor. Esta producción local además mantiene una alimentación de calidad y fresca a la vez que contribuye a la conservación de un paisaje y una cultura tradicional de gran valor.
* Consejero de Medio Ambiente
y Paisaje del Cabildo Insular
de Tenerife