Paraísos del Mississippi

Emilio del Barco

Norteamérica no es mi paraíso añorado. Bush no es mi ídolo venerado. Tan de oropel me parecen el uno como el otro. Decorados falsos, que admiramos con la boca abierta, como si de maravillas se tratasen. Prefiero mil veces las ocultas aventuras sexys de Clinton, que el fanatismo ambicioso y rutilante de un iluminado renacido. Como se llama a sí mismo Bush.¿Qué querrá decir con ello? ¿qué ha salido de entre los muertos? ¡No me extrañaría! Las autoridades norteamericanas actuales están perdiendo el sentido de la realidad. Parece como si estuvieran haciendo la guerra en el extranjero, en contra de su propio país. No eliminan enemigos, los cultivan. El dinero, que ha sido detraído de obras públicas, destinadas a evitar catástrofes como las ocurridas en estos días, lo emplean en financiar operaciones militares en medio mundo. Si tuvieran de asesores militares a sus peores enemigos, no lo harían peor. Se han especializado en sembrar odios a nivel mundial.

Actualmente, la democracia europea tendría mucho que enseñar a la americana. Y no al revés. Los imperios se pudren por dentro. Mientras más brillen hacia el exterior, más oscuras tienen las entrañas. No los imitemos. Lo hemos visto a lo largo de la historia. Cuando una nación, aspirando siempre a más, rebasa su ámbito natural, su fin está cerca. Pierde cohesión y razón de ser. Cuida tanto su aspecto exterior, que olvida la putrefacción interior. Las pequeñas cosas cotidianas, que han dejado de funcionar. Los mendigos que mueren en la calle, la seguridad social que no funciona, las diferencias entre pobres y ricos, que se convierten en abismos insondables. Mucha fachada y pocos cimientos. No todo es Quinta Avenida y Madison Square Garden. En un país donde hay tantos ricos, tan escandalosamente ricos, se ha de suponer que la justicia no está equitativamente repartida. Cuando la democracia que se disfruta, es equitativamente proporcional al capital que se posea, es que ha dejado de haber democracia. Es el país donde peor funciona la fórmula básica: Un hombre un voto.

Seguro que en Nueva Orleáns no preguntaron a nadie si preferían gastar el presupuesto nacional en bombas, para hacer más guerras, o en reparar los viejos diques que debieron salvar a la ciudad de las enormes e históricas riadas del gigantesco Mississippi. La democracia del dinero se ha retratado bien. Casi la totalidad de los miles de ahogados han sido, en su inmensa mayoría, pobres negros que no pudieron pagarse el billete de autobús, necesario para salir del infierno a tiempo. La democracia del dinero parece incompatible con la justicia.

Es funesto que organizaciones financieras, dirigidas por muy pocos hombres, jueguen con el futuro de la Humanidad, para satisfacer sus ambiciones. Quienes mueren en los conflictos internacionales, por el predominio de las materias primas, son millones cada año. Quienes dirigen estas batallas por la supremacía y se benefician con ellas, son un reducido número de personas, que controlan, desde sus despachos, los mercados de capital y materias primas en el mundo. Ellos nunca podrán ser acusados, directamente, de estar manchados de sangre. Otros, sus sicarios, son los encargados de desbrozar el camino. Para que sus señores puedan pisar triunfalmente la tierra limpia, sin restos de enemigos a la vista. Los despachos deben aparecer siempre impolutos. Aunque negocien con sangre humana.

Nadie puede arrogarse el derecho de especular con el bienestar de la Humanidad. La equidistancia entre el bien y el mal no existe, aunque se predique en nombre de la libertad de conciencia. Cuando la libre decisión puede ser tomada sólo por los poderosos, empieza a ser ilegítima.

Gran Canaria, Agüimes, 06/09/2005

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