Acercamiento a la paranoia

 

Juan Jesús Ayala

 

Como profesional de la medicina uno sabe que es esta una enfer­medad psiquiátrica motivo de preocupación y más aún cuan­do en determinadas organizacio­nes existen rasgos en algún que otro ubicado en estas que nos po­ne en pista que son sufridores de esta patología. Sería necesario de la misma manera que se hace un reconocimiento del cuerpo hacer­lo también de la conciencia, del estado psíquico para determinar si se está o no equilibrado y si se es o no de confianza en esta o aquella organización.

 

Porque generalmente ese de­sequilibrio permanece durante algún tiempo solapado y cuando irrumpe en el plano de la reali­dad las soluciones son penosas, cuando no imposibles, que hace se dificulten las relaciones hu­manas ya que ocasionan desa­justes que en definitiva lo que viene a hacer es comprometer la convivencia.

 

El síntoma principal del para­noia es el delirio que se desarrolla con orden, coherencia y claridad dado que las funciones cognitivas no se alteran y la afectividad y la conducta están en función del contenido del delirio, es decir es­tamos ante una locura razonada. Cabe destacar y se da mucho en las organizaciones de cual­quier tipo, sin olvidar las políti­cas, que es una enfermedad que se desarrolla en un ambiente propiciado por un cierto iluminismo que se traía de base, desde la cu­na o desde los primeros años de infancia o adolescencia encua­drado en la forma clínica megalo-maníaca que es cuando se pre­senta con una personalidad domi­nada por delirios de grandeza.

 

Otra forma clínico que se da también con harta frecuencia es la querulante que llega definida por la actitud pleitista del enfer­mo, siendo frecuente su presen­cia en juzgados, comisarías de policía, despachos de abogados y siempre en defensa de que se ven sometidos al delirio de una perse­cución a la vez que se reconocen como abanderados de todas las causas que creen son justas y que circulan por el mundo.

 

Se confunden muchas veces en las actitudes de algunos que se enfrascan y regodean en un len­guaje críptico, arropados por una jerga distante que intentan elabo­rar para disimular una frustración o para empujar un sentimiento de cierta culpabilidad al fondo de su personalidad.

 

Son enfermos que aparecen muchas veces, si no hay un reco­nocimiento previo, de la mano de un familiar o amigo que lo condu­ce al psiquiatra para ser sometido a un viraje de su personalidad. Y entretanto el sufrimiento es enor­me no sólo para sí mismo, sino para todos aquellos que le rodean y que son incapaces de seguir las pautas de su discurso y las conse­cuencias de sus decisiones.

La psiquiatría que ha avanza­do puede controlar esta enfer­medad a través de los diferentes estadios por la que pasa y por medio de la terapéutica farmaco­lógica. Pero lo socialmente útil y lo razonable es que estas perso­nas no se erijan en conductores de masas -ya sabemos lo que la historia no dice a este respecto- y que no manejen responsabili­dades porque si fuera así los de­saguisados y los desastres serían incontables.

 

La psiquiatría, efectivamente, pone algo de remedio a este mal, pero es la propia sociedad la que debe asumir que es esta una en­fermedad frecuente y que convi­ve con nosotros como si tal cosa; y tan es así que elevamos al podium más alto a muchos que la padecen y que tardamos tiempo en darnos cuenta que toda esa estructura mental está sostenida por un descalabro psíquico que compromete su desarrollo social y hasta vital.

 

Lo que debe tenerse en cuenta, sobre todo, cuando se pretende coger las riendas de cualquier empresa al creerse desde ese de­lirio que se es el mejor, que se es imprescindible y que por esa ra­zón de su lógica enferma se le ce­de el paso, se le dan palmaditas en la espalda sin percatarnos que con esa consideración lo que na­cemos es fabricar un monstruo al que damos alas y que termina es­trellándose contra las paredes como si fuera un abejón ciego.

 

Pararse y acercarse a estos comportamientos paranoicos que circulan por ahí es de sumo interés tanto para uno como para otros. Tanto para los que sufren esos delirios como para los que lo soportan y que son incapaces de contradecirles porque o du­dan o tienen miedo a la pérdida de prebendas y de ciertos favo­res porque muchas veces man­dan y deciden.