Pedro Agustín y Alejandro del Castillo

Juan-Manuel García Ramos

Si quieren que les diga la verdad, el nombre de Pedro Agustín del Castillo lo tengo relacionado, sobre todo, con algo que le gusta repetir mucho a María Rosa Alonso y que tiene que ver con el Pleito Insular y su historia.

Mantiene la escritora y profesora Alonso que las rivalidades entre Tenerife y Gran Canaria se remontan a todos los siglos de la historia occidental de este Archipiélago y que esas rivalidades comenzaron con los poetas Bartolomé Cairasco de Figueroa y Antonio de Viana en el siglo XVI, siguieron con los historiadores Pedro Agustín del Castillo y Juan Núñez de la Peña en el siglo XVII y parte del XVIII, con los enfrentamientos entre agustinos y dominicos en el siglo XVIII para hegemonizar la fundación de la primera universidad canaria, con las luchas por la capitalidad de la provincia única de Canarias en el siglo XIX y con la división provincial de 1927 en el siglo XX.

El Pleito es nuestra tradición, lo queramos o no, y esa descripción de María Rosa Alonso, de la que no está ausente su fina ironía, es tan solo un espejo donde podemos mirarnos los canarios.

Les decía que a Pedro Agustín del Castillo lo tenía relacionado con esa ocurrencia de María Rosa Alonso, pero también he de reconocer mi respeto por su prosa de historiador, un estilo que presagia ya la gran obra de don José de Viera y Clavijo y, en especial, la tendencia de ambos a no desvincular sus investigaciones históricas de los mitos prehispánicos de Canarias ni de la literatura de esos años en los que escriben sus monumentales obras sobre nuestro pasado.

Son historiadores-poetas, amantes del buen decir y del entretener a sus lectores, una corriente historiográfica que los académicos rechazan y denuestan, pero que uno agradece cuando se acerca a sus páginas.

Las Islas Canarias, lo hemos dicho muchas veces, fueron antes soñadas por la imaginación clásica que habitadas por seres humanos y esos celajes de nuestros orígenes perviven en nosotros por los años de los años y hasta forman parte de nuestra idiosincrasia. Y tanto Pedro Agustín del Castillo como Viera y Clavijo percibieron este extremo de nuestro ser colectivo y lo explotaron con talento en sus obras respectivas.

Cuando uno lee la Descripción histórica y geográfica de las Islas Canarias, de Pedro Agustín del Castillo, puede percatarse de hasta qué punto esas nieblas de nuestro pasado siguen vigentes en el siglo XVIII.

En uno de los apéndices de la obra de Pedro Agustín, se habla de la isla Antilia o de San Borondón o Brandón. Es un relato excitante sobre ese isla Encantada o Encubierta tras la que corren los navegantes para saldar una deuda con la ciencia geográfica de todas las épocas.

El ilustrado siglo XVIII todavía duda de esa isla errante que se burla de sus descubridores, incluso tras visitarla, porque existen testimonios pormenorizados de desembarcos que tuvieron que ser tan ficticios como la misma existencia de esa isla nómada en continua huida hacia occidente y avistada desde poblaciones de La Palma y El Hierro.

Pedro Agustín del Castillo llega a la conclusión de que se trata de una simple nube especular donde se reflejan los espacios desde los que se avista el fenómeno, y hasta hoy esta es la explicación más convincente. Pero, durante siglos, los canarios se extenuaron persiguiendo esa octava isla (o novena, si contamos La Graciosa de Margarona) que se perdía en el Atlántico y jugaba al escondite con los isleños de aquellos momentos.

Otros pasajes de la Descripción histórica de Pedro Agustín del Castillo también se detienen en episodios que parecen más fruto de la imaginación literaria que de la objetividad histórica.

Un ejemplo de lo que digo es ese relato sobre el halcón que fue llevado desde La Laguna hasta Andalucía y que una vez en tierras peninsulares decidió regresar de nuevo a la isla de origen empleando en ese viaje solo dieciséis horas. Bien es verdad que la fuente que utiliza Pedro Agustín del Castillo son las Relaciones de Edmond Scory, pero sorprende la inserción de este suceso en la obra de Del Castillo y la verosimilitud que el autor imprime a ese relato.

Esas páginas históricas de Pedro Agustín del Castillo parecen un antecedente idóneo de ese otro pasaje de Cien años de soledad donde se nos da cuenta de cómo una de los descendientes de los Buendía, Amaranta Úrsula, quien terminará engendrando al ser con cola de cerdo que cierra la estirpe de su familia, a su regreso de Bruselas hace escala en las islas Afortunadas para seleccionar veinticinco parejas de finos pájaros canarios para repoblar el cielo de Macondo. Esos pájaros llegarán a Macondo en el capítulo XIX del libro de Gabriel García Márquez y en el mismo capítulo levantarán vuelo de regreso a Canarias en una navegación imposible.

Cuando Pedro Agustín del Castillo se refiere al "monte Teide", así lo llama, también nos entusiasma su descripción: "En la extremidad de este maravilloso monte nunca llueve ni hace aire, experimentándose aquí las mismas circunstancias que en el famoso Olimpo, por exceder a la región del aire y acercarse a la del fuego, carece de la virtud generativa de las plantas".

La comparación del Teide con el Olimpo, la montaña más alta de Grecia, de 2.917 metros, en la frontera de Tesalia y Macedonia, cerca del mar Egeo, donde la mitología helena situó el hogar de los dioses, está teñida de esa rara mezcla de mito, literatura e historia que tanto les gusta emplear a Del Castillo y a Viera y Clavijo.

La rememoración de empresas conquistadoras como las de Pedro Fernández de Lugo, segundo hijo de Alonso Fernández de Lugo, adelantado de Tenerife, y la fundación en la Colombia actual de Santa Marta de Mar a Mar, después de salir de Santa Cruz de Tenerife el 28 de noviembre de 1835 y llegar a su destino el 2 de enero de 1836, nos habla a las claras de las vinculaciones de este archipiélago nuestro y de algunos de sus residentes en lo que fue la secuenciada colonización americana. Ese Santa Marta de Mar a Mar es un topónimo sacado de la imaginación literaria que resuena en nuestros oídos y nos lleva a épocas donde los lugares del Nuevo Mundo pasaban a ser registrados tanto por el santoral como por la primera impresión tenida por los descubridores y conquistadores. ¿No ocurre lo mismo con otro topónimo como el Puerto de Nun de Mar Pequeña, punto de la costa africana a donde arribó el mismo Alonso Fernández de Lugo en torno al año de 1500?

Ustedes se preguntarán a qué viene que yo hoy les esté hablando de Pedro Agustín del Castillo y lo voy a aclarar. Todo se debe a un regalo recibido.

Hace unas semanas me encontré en un almuerzo con mi viejo amigo Alejandro del Castillo y Bravo de Laguna en Las Palmas de Gran Canaria y cuando empecé a tratarlo en los aperitivos no se me ocurrió otra cosa que dirigirme a él como Pedro Agustín. Alejandro me premió la equivocación enviándome un ejemplar de la edición de 2001 de la obra de su pariente, al que yo había leído en la incomodidad de bibliotecas ajenas. Ahora el libro ya está en mi casa.