Perdón Celestial

Emilio del Barco

Las religiones, en general, permanecen en la prehistoria humana. Les interesa cultivar los miedos ancestrales de la gente, para amaestrarla. El instinto más básico, y rebelde a todo control, es el de multiplicarse y perpetuar la especie. Como, además, el humano lo ejerce con placer, es el que más atrae la atención de los moralistas. Es un campo fértil, donde pueden cultivarse toda clase de presiones y prohibiciones..

No es casual que, los hombres que pretenden ser santos, se obsesionen con el sexo. Ellos no pueden ejercerlo, pero no acaban de doblegarlo nunca. Es su enemigo incesante. Esto deriva en una fijación que puede llegar a ser enfermiza. Nada, que tenga algo que ver con el sexo, se libra del estigma pecaminoso. Pero, está claro que, siendo ellos una parte de la Naturaleza, no pueden luchar eficazmente contra la misma. Sólo pueden llegar a la obsesión y, a través de ésta, a la destrucción del individuo. Es una forma de mantener atado al creyente al yugo de la confesión, penitencia y remordimiento. Y, todo esto por un pequeño placer que no intenta causar mal a nadie, sino proporcionar algo de felicidad a alguien. Al pretender los confesores tener las llaves del cielo, con su absolución, estiman que la conciencia debe perseguir al creyente hasta sus actos más íntimos. El fruto por el perdón del pecado lo cosechan, en primer lugar, sus oficiantes: es la confirmación de su poder sobre el creyente.

Si les quitan sus armas, se les resta poder. Este es el motivo de su reacción virulenta ante cualquier liberalización de las costumbres sexuales. No quieren divorcios que ellos no controlen, ni matrimonios que se salgan de sus reglas. Esa es la causa que une a diferentes corrientes religiosas contra las libertades del individuo. Que, ni son universales, ni han sido siempre iguales. Tan perjudicial puede ser la entrega incontrolada a los placeres, como la abstinencia exagerada. El río de la existencia debe estar lleno de calma, paz, morigeración. No se alcanza la paz del alma , violentando la armonía corporal. Eso lleva, a los que pretenden ser santos varones, a ver en cada mujer, o ser atractivo para ellos, un reflejo del demonio. Los autores bíblicos y sucesores ven sólo pecado en el sexo, no amor al ser humano. Las organizaciones religiosas necesitan tener las conciencias de sus fieles presas de remordimientos, para ejercer su poder sobre ellas. Esa es la base, el temor a lo que pueda pasarles en el más allá, si no obtienen el perdón de los dioses, a través de sus sacerdotes. Mentes así siguen dictando leyes en el mundo actual. Con la excusa de que son principios divinos.

Las culturas cambian y las relaciones entre los humanos evolucionan. El trabajo de los pastores consiste en impedir que sus ovejas abandonen el campo propio. Sea éste cual sea, en eso están todos de acuerdo, por lo que colaboran entre sí. Ha sido conmovedor ver cómo obispos católicos pedían el voto para Bush, con el argumento de que éste era más cristiano practicante que su rival, Kerry, católico, pero tibio practicante. Y que, además, como argumento de peso definitivo, Bush manifestaba estar definitivamente en contra del aborto. Lo que no había expresado tan claramente Kerry. Sobre las decenas de miles de muertos que causa Bush con sus guerras petrolíferas, ni palabra. Pero es que, claro, el último catecismo católico considera aceptable el que un jefe de gobierno firme sentencias de muerte, en el ejercicio de su poder político, y no lo considera responsable de las muertes que pudiese haber en una guerra justa. ¿Es peor un aborto que una ejecución? Habría que analizar cuán flexible es ese concepto de ‘guerra justa’. ¿Es justa la guerra de Irak? ¿Habrá perdón celestial para los causantes de tantas guerras económicas? Se necesitaría un Dios magnánimo. A tenor de lo que se lee en la Biblia, Él tiene sus preferidos.

Agüimes, 06/07/2005

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