Política y dinero ![]()
Juan Manuel García Ramos
Dijo hace algunos años Mijail Gorbachov, el último presidente de la Unión Soviética y el hombre que abrió las fronteras de ese gran enigma euroasiático y propuso la democratización de sus estructuras políticas, económicas y sociales, que "la ideología liberal a ultranza es un bolchevismo de nuevo signo". ¿Y no es esa ideología liberal a ultranza lo que hoy conocemos como la dichosa globalización?
No nos cabe la menor duda al respecto.
Pero, mientras el viejo bolchevismo ejercía su influencia sobre la sociedad a base de coerción estatalista en todos los sentidos -no otra cosa hace la China actual para poder controlar a los mil trescientos millones de habitantes de su censo-, coerción económica, política, mediática, militar, policiaca..., mientras esto sucedía en el viejo bolchevismo y en países como la China de nuestros días, la nueva ideología ultraliberal se ha ejercido bajo el imperio sutil del dinero, de la economía mundializada que es capaz de arrasar con toda clase de usos, costumbres y culturas de los pueblos vulnerables que encuentre a su paso.
Toda nación es una narración, dejó escrito el palestino-estadounidense Edward W. Said, y ahora esa narración se hace en clave de redes de telecomunicaciones y del software de última generación.
El disparo incomprensible de la inflación de un país, el crecimiento desmesurado e imparable de su gasto público o el colapso financiero de sus estructuras bancarias, muchas veces depende de teclados digitales anónimos capaces de cambiar la suerte de los pueblos y de sus gobiernos. Poderes abstractos, entes estratosféricos, ángeles o demonios de la economía internacional que favorecen o maldicen a su antojo y dibujan caprichosas e interesadas fronteras.
En el tercer milenio de la Era que vivimos, la economía se ha colocado por encima de la política y puede llegar a justificar todo lo que acontece. La rivalidad de los sistemas políticos se mide por el éxito de sus economías respectivas, y esa mentalidad aritmética todo lo convierte en mercancía: seres humanos, obras de arte, sistemas filosóficos, armas para la guerra, ideologías…
La razón económica todo lo invade y lo avasalla. Como ha afirmado el ensayista francés Bernard Noël, "la razón económica justifica el paro, justifica la pérdida de conquistas sociales, justifica la transformación de la cultura en mercancía, justifica que el futuro de Europa sea (por ahora) un gran mercado...
Y esa manera neoimperial de pensamiento tiene sus santones, como es el caso de Mario Vargas Llosa, que no ha renovado su última receta de pura y dura ideología liberal. Al entender del escritor peruano-español, las medidas a aplicar en cualquier país de la tierra pasan inexcusablemente por lo que Margaret Thatcher llevó a la práctica en el Reino Unido de 1979 en adelante: privatizaciones masivas e indiscriminadas, guerra a muerte a la inflación, recorte drástico del gasto público, transferencia a la sociedad civil de funciones y deberes que había expropiado la burocracia estatal, un audaz programa de diseminación de la propiedad privada entre los sectores que no tenían acceso a ella. Según el propio Vargas Llosa, Tony Blair no ha hecho sino radicalizar esas medidas con el nombre suave de "Tercera Vía".
Aunque no es lo mismo impulsar a un país de tradición próspera, como Inglaterra, a base de iniciativas de gobierno como las enumeradas, que aplicarlas en áreas subdesarrolladas, donde la cultura política ha sido escamoteada, como puede ser la Rusia de Putin. Por esa razón histórica, compara Gorbachov el liberalismo a ultranza con el bolchevismo. Son dos soluciones extremas a un problema quizá de inalcanzable arreglo.
Es decir, hablamos de la salud económica y competitiva de los Estados-nación o de los Estados-naciones, pero nadie se ocupa de averiguar el grado de felicidad colectiva que esas circunstancias macroeconómicas suponen para los individuos en sus existencias íntimas y domésticas.
¿Cómo se humaniza el paro, la prejubilación no deseada, las pensiones escasas de nuestros mayores, la baja calidad de la atención hospitalaria, la impotencia de un joven humilde para graduarse en una universidad de prestigio, las desventajas ante una justicia que también es mercancía? Es decir, una justicia en cierto modo dependiente del dinero que tengas para acusar o defenderte.
Yo estoy de acuerdo con los liberales en que los sistemas estatalistas y de partido único, tipo Unión Soviética, han demostrado su inutilidad ante la historia, pero es muy pronto para echar las campanas ultraliberales al vuelo y regocijarse de un remedio único y mundial para todos los males de la tierra. La teoría lanzada por Francis Fukuyama de 1989 sobre "el fin de la historia" tras la caída del muro de Berlín y el triunfo del modelo económico occidental, tuvo una versión anterior de Carlos Marx, que, en el siglo XIX, proclamó también otro "final de la historia" con su fórmula política de una sociedad sin clases. Ahora, en 2004, Fukuyama, ya convertido en un acreditado catedrático universitario de Economía Política Internacional, sigue reconociendo en su último libro, La construcción del Estado (Ediciones B), que "el crecimiento de la economía global ha tendido a erosionar la autonomía de los Estados-naciones soberanos mediante el incremento de la movilidad de la información, el capital y, en menor medida, el trabajo".
Sin duda, falta un largo recorrido para sentirnos apenas satisfechos porque el hombre haya logrado redimir al hombre de sus humillaciones diarias y de las injusticias sociales que todos tenemos delante de nuestras narices.
Hablar de democracia en el África de nuestros días es un cinismo. Gianni Vattimo sostiene que también es inútil referirse a esa palabra en muchos países occidentales, donde la democracia ha degenerado en un sistema regido exclusivamente por sondeos amañados y por gastos publicitarios.
Los sistemas políticos no son medicamentos infalibles. La historia pesa en los pueblos, y la opresión ajena es un concepto que no acaba de desaparecer del léxico de las relaciones internacionales, el ejemplo reciente de Costa de Marfil habla por sí mismo.
En los pueblos más subdesarrollados y en los apenas desarrollados, que de pronto descubren que unas elecciones no significan una limpia pugna entre distintas ofertas, sino la puesta en escena de un pugilato regido por el dinero, donde los productos políticos se venden y se ofrecen como bisuterías promocionadas por la ladina publicidad.
En el mundo occidental, la política también es mercancía. El carisma de los líderes y su proyección entre ciudadanos acostumbrados a consumir dependen de la cantidad de dinero que respalden sus campañas. Y esa es una carrera disparatada que hiere y desprestigia al menos pensado. Quizá los casos Helmut Kohl, de Mitterrand, de Chirac, de las tramas de Filesa y Matesa en España, sirvan de paradigma de lo que decimos, de la corrupción instalada en las mismas tripas de la democracia. El reformador Martin Lutero, casi pidiendo palabras prestadas a Maquiavelo, dejó dicho hace mucho tiempo que "ser príncipe y no ser un bandido, es una cosa casi imposible".
El liberalismo a ultranza y la democracia mediatizada y tramposa son peligros no menos malignos que el bolchevismo denunciado por Gorbachov.
Estamos en la obligación de seguir buscando la verdad en otra parte. La verdad siempre está en otra parte. Nuestra obligación, como seres solidarios y comprometidos, es continuar haciendo posible lo imposible.
En ese menester radica el arte de la política, que va más allá de la simple razón: la razón sólo sabe manejar con éxito lo estable y lo finito y la vida siempre es más compleja.