Presidente Maccanti
Juan Manuel García Ramos
El poeta Arturo Maccanti y actual presidente del Ateneo de La Laguna ha tenido la generosidad de invitarme como conferenciante a la Fiesta de Arte que cada año por septiembre organiza la sociedad a cuyo frente se encuentra.
Dicho así, Fiesta de Arte, el asunto puede recordarnos algún trajín pueblerino, pero todos tenemos la obligación de saber en nuestros días que allá por 1915 y 1920 esas celebraciones del Ateneo convocaban a lo más selecto de la literatura y la política de nuestras islas y de fuera de ellas.
Fue precisamente en 1915 cuando se invitó a La Laguna a Alonso Quesada. Se inauguraba el Teatro Leal el 11 de septiembre de ese año con la Fiesta de las Hespérides y el poeta grancanario era el hombre de la noche con sus poemas de El lino de los sueños, el libro que ese mismo 1915 se publicaría en Madrid con prólogo de Miguel de Unamuno. Junto a Alonso Quesada, las voces de Luis Rodríguez Figueroa, Antonio Zerolo, Ramón Gil-Roldán, Diego Crosa y José Tabares Bartlet. El Ateneo fomentaba un acto de acercamiento y compenetración de los poetas regionales de entonces y los discursos de la velada querían neutralizar los viejos pleitos entre Gran Canaria y Tenerife a través de la abierta complicidad cultural.
Cinco años más tarde, en 1920, sería Tomás Morales, el representante indiscutible del Modernismo de esta parte del Océano, el que presidiría la Fiesta del Atlante, donde recitó su Himno al Volcán, dedicado al presidente del Ateneo de entonces, Domingo Cabrera Cruz.
Curiosa relación ésta del Ateneo con los poetas grancanarios, pues muchos años después no sólo se ha seguido preocupando por invitarlos a sus sesiones, sino que se ha empeñado en hacerlos presidentes, como es el caso de Arturo Maccanti, uno de los laguneros más arraigados que conozco, a pesar de que su carnet de identidad dice que nació en Las Palmas de Gran Canaria hace los años justos; su libro, Viajero insomne, está dedicado al Valle de Guerea, dulce juego de palabras para referirse a Aguere, a la ciudad que Maccanti se siente vinculado desde 1951, año en que vino a estudiar a su Universidad una carrera de Derecho que él se ha empeñado en convertir en un accesorio al lado de su gran figura de poeta militante.
Esas Fiestas de Arte aludidas, esas jornadas de convivencia entre los poetas de unas y otras islas, estaban acompañadas además de un gran debate de ideas, del que ya hemos dado cuenta en esta columna, sobre todo a la hora de referirnos a Manuel Ossuna Van Den-Heede y a sus esfuerzos por definir el regionalismo canario de los años finales del siglo XIX y los primeros del siglo XX como "el recuerdo de nuestras antiguas libertades; la proclamación de los Adelantados de la región por el Cabildo y por el pueblo soberano; es la protesta de la Real Audiencia ante los desafueros del poder ultramarino; es el nombramiento por el pueblo de los Síndicos Personeros Generales ante su divina Majestad; o las representaciones de los Padres de la Patria ante el Rey, cuando creían que por el propio Monarca eran conculcadas las leyes regionales el regionalismo es una aspiración hoy dominante en Europa que llena los anhelos en todas partes".
Esas palabras están recogidas en el segundo tomo del libro de Manuel de Ossuna, El regionalismo en las Islas Canarias, editado en 1916, donde quizá se encuentren las ideas básicas, aunque todavía algo tibias, para la construcción de un pensamiento autonomista de nuestras islas.
Transcurridos los años, en el seno del Ateneo de La Laguna, se dio cobijo al nacimiento de la Revista de Canarias, en 1924, impulsada por don José Peraza de Ayala, y a la fundación del Instituto de Estudios Canarios, en 1932, tras tenaces esfuerzos de María Rosa Alonso para que esa idea se hiciera realidad; dos proyectos éstos, el de la publicación periódica y el del Instituto, que luego han indagado con rigor en todo lo relativo al autoconocimiento y el autocuestionamiento de nuestras realidades políticas, históricas, literarias, artísticas, sociales, económicas.
El Ateneo es, para nosotros, ese matrimonio de espíritu liberal y autonomista, un referente, desde su primera etapa, de nuestro pasado político más brillante: Franchy y Roca, los Estévanez, Benito Pérez Armas, en lo que atañe a Canarias, y Alejandro Lerroux, Niceto Alcalá Zamora, Fernando de los Ríos o Eugenio D’Ors, como invitados de honor en Fiesta de Arte sucesivas; un domicilio de élite de nuestro pasado plástico y de nuestro pasado literario.
Todo eso es lo que preside hoy el poeta Maccanti, con su sensibilidad a cuestas y su avara conjugación del tiempo, su tiempo de la escritura en la calle Belén, en madrugadas sin sueño y con tinta fresca dispuesta a garabatear en páginas vírgenes, para demostrarnos a todos, una vez más, que la poesía no es un asunto de iniciados, sino un acto de pura comunicación.
Bien es verdad que ese mismo Ateneo siempre estuvo también lleno de magias, de imprevisiones que nos han hecho reír a lo largo de los años. Como aquel caluroso agosto de los ochenta del siglo pasado, cuando el crítico y traductor rumano Darie Novaceanu impartió una conferencia sobre Borges y tuvimos que ir a buscar al público a una alpargatería cercana donde algunos amigos estaban a punto de celebrar una merienda y accedieron a venir al acto con la condición de que Novaceanu no hablara más allá de los cuarenta minutos, cosa que sobrepasó y que los oyentes denunciaron ante sus narices haciendo gestos con sus relojes de pulsera. O aquella otra conferencia de Juan Carlos Onetti, anunciada a bombo y platillo tras la llegada a España del escritor uruguayo, después de abandonar la cárcel de su dictadura austral, que Onetti, con sus copas encima, se negó a pronunciar después de haberse sentado ya en la tribuna, obligándonos a Luis Sáinz de Medrano y a mí a sustituirle y a improvisar sobre la marcha. O la turboconferencia de la escritora y editora catalana Rosa Regás, a quien los organizadores de otra Fiesta de Arte ateneísta asustaron tanto con el tiempo de su intervención que terminó por despacharla en apenas diez minutos.
Este año, sin habernos puesto de acuerdo, se ha producido un oportuno homenaje al Quijote, ese libro emblema del idioma que hablamos cuatrocientos millones de seres en la Tierra, ese libro que si algo enseña es a vivir y a interpretar la vida con libertad, una palabra que a buen seguro no sonó nada extraña en los salones del Ateneo lagunero.
La libertad de pensar y la libertad de decir, ése podría ser el lema de la sociedad que hoy preside Arturo Maccanti, Premio Canarias de Literatura e Hijo Adoptivo de La Laguna.
Por entre callejas y araucarias, lo veo paseando de brazo de otro colega suyo grancanario, también nacionalizado lagunero con todos sus méritos: Alberto Pizarro; uno y otro son viejos compañeros del Colegio Mayor San Agustín y con toda probabilidad irán hablando de Eugenio Padorno o de cómo engastar esta palabra en aquel verso.
Si uno se para a pensar un poco, el tiempo no ha pasado apenas.