El prestigio de la autonomía

Juan Manuel García Ramos

Decía el tan recordado Domingo Pérez Minik, en un ensayo publicado por la Fundación Juan March de Madrid en su Boletín Informativo de febrero de 1985, que "la autonomía, el nacionalismo y la identidad de una cultura son palabras, hechos e ideas mayores que el canario no ha sabido distinguir nunca".

Escribía esas impresiones el crítico tinerfeño apenas tres años después de que se aprobara el primer Estatuto de Autonomía de Canarias y de que esta tierra diera sus primeros pasos en esa nueva situación política y jurídica a tientas todavía y sin saber con claridad hacia dónde íbamos.

¿Hemos llegado a alguna parte veintidós años después?

Decía también Pérez Minik en las páginas aludidas que no habíamos asumido en 1985 esas autonomías que se disfrutaban en el Estado español ni con claridad, ni con entusiasmo, ni con expansión, y que él pensaba que quizá ese modelo político no nos iba, que a lo mejor necesitábamos uno de nuestra propia invención que él en ese momento ignoraba.

Según Pérez Minik, la comprensión con que el hombre de las Islas había acogido acontecimientos como el de los Puertos Francos en el siglo XIX, los Cabildos de principios del XX y hasta el mismo periodo económico conocido como la era "Canary Islands", que se extiende desde el último tercio del siglo XIX hasta el primer tercio del XX, en nada se parecía a la comprensión dispensada al hecho autonómico de 1982.

Muchas veces me he preguntado qué pensaría Pérez Minik si aún estuviera entre nosotros. Qué valoración le otorgaría al proceso político vivido y a las instituciones que han guiado nuestra convivencia desde hace más de veinte años.

¿Ha servido la autonomía, con este baile continuo de competencias Estado-Comunidad Autónoma, para fortalecer nuestra conciencia de pueblo dotado de una cultura propia, de instituciones dignas, de un modelo económico sólido, de una justicia social repartida equitativamente? ¿De pueblo dotado de una clase política formada y decente?

Temo hasta hacerme yo mismo estas preguntas, porque las respuestas pueden resultar abrumadoras. Se trata de hacer un inventario de haberes y deberes políticos y yo les juro que por muy optimista que me ponga, por muy imparcial que sea, no logro sacar adelante la contabilidad de estos años autonómicos con el superávit que cabría esperar.

Sé de los muchos parlamentos, de los gobiernos autónomos, de las audiencias para todos los gustos económicos y judiciales, de los consejos consultivos… y sé de algunas conquistas obtenidas a través de esos órganos.

Pero, si por otro lado, analizo la Canarias resultante, el trabajo realizado no ha sido el adecuado por donde quiera que se mire.

Decía Américo Castro que el "grupo humano con conciencia colectiva y con capacidad de expresarla manifiesta su coherencia a través de sus comportamientos y sus obras", y son esos comportamientos y esas obras los que terminan por darle la razón o quitársela a un determinado modelo político asumido.

Mi listado de los errores cometidos por todos nosotros, los canarios de la autonomía, tiene que ver con las auténticas estructuras políticas, económicas, sociales y culturales de una nacionalidad, para hablar en términos estatutarios, de una nación, para hablar con mi vocabulario particular.

Si no practicamos el avestrucismo y nos dedicamos a ignorar lo que pasa a nuestro alrededor, hemos de convenir entre todos que asuntos como el de la hiperpoblación, la inseguridad ciudadana, el descontrol vergonzoso de nuestras fronteras marítimas y aéreas, la ausencia de un modelo económico ajeno a la improvisación y a la cultura subvencionadora -¿dónde está el Plan Industrial de Canarias, donde el Plan Ganadero, dónde nuestra estrategia de explotación marina y de sus derivados?-, el paro juvenil y el empleo precario de buena parte de nuestra población nativa, la desatención sanitaria, el fracaso escolar en los niveles medios de la enseñanza y el desprecio gubernativo hacia nuestras dos universidades, las agresiones medioambientales y las relaciones con nuestros vecinos marroquíes, que nos condenan a una inmigración que no hace sino aumentar pese a los gestos diplomáticos de las máximas jerarquías del Estado y de nuestro autogobierno, que nos condenan al amarre forzoso de nuestra flota pesquera por capricho de un país anexionista como el reino alauí, a cerrar nuestro comercio con el África cercana, que llegó a reportarnos en pesetas de los años sesenta muchos decenas de miles de millones, a rivalidades con el tomate en nuestro mercado europeo, a rivalidades con las estructuras portuarias (el caso de Agadir) y a cruzarnos de brazos mientras las petroleras americanas y holandesas pactan con Mohamed VI sus prospecciones en lechos marinos que nos pertenecen; todos esos asuntos enumerados con cierta urgencia son parte del resultado de nuestra nueva condición de comunidad autónoma desde 1982, aunque la gravedad de alguno de ellos sea bastante cercana y coincida con gobiernos que presumen de nacionalistas.

Si contemplamos lo que nos pasa, no es difícil llegar a la conclusión de que están "tocadas" las mismas bases de nuestra sociedad y que, de seguir así, este pueblo tiende a diluirse dentro de sus mismas contradicciones sin que nadie, ni un líder ni un colectivo, logre reencauzar las cosas.

La historia está pasando por delante de nosotros de forma apresurada y no nos damos cuenta. La desconfiguración de nuestras estructuras básicas de convivencia es evidente, y los instrumentos institucionales y la clase dirigente que controla esos instrumentos no parecen entenderlo.

Domingo Pérez Minik se preguntaba en 1985 si no sería más oportuno inventarnos nosotros una forma de gobierno distinta a las otorgadas por el Estado español en la distribución territorial dictada en la Constitución de 1978. Quizá nuestro primer error autonómico fue ir a copiar a la baja y de modo bobalicón el Estatuto de Autonomía catalán, pero hoy, muchos años después y ante un proceso de reforma estatutaria parecido al de los orígenes, podemos cometer la misma estupidez.

Los sistemas políticos y las condiciones políticas, como la democracia y la autonomía, en su orden, pueden resentirse con el paso del tiempo y exigir de sus protagonistas un esfuerzo de replanteamiento y hasta de reemplazamiento. Si la democracia puede haber quedado reducida hoy a un sistema simplemente regido por sondeos y gasto publicitario, vacía de contenidos y de metas, como sostiene el, nada sospechoso de antidemocrático, filósofo italiano Gianni Vattimo, la autonomía, que ya pusiera en cuarentena Domingo Pérez Minik en 1985, con su ambigüedad a cuestas, puede habernos hecho más daño que bien durante el casi cuarto de siglo que tiene de vigencia entre nosotros.

La política es el arte de lo imposible. Tenemos que ponernos a pensar en lo imposible. Cuanto antes mejor.