Primavera en el Sahara
Javier Perote
Cuando Felipe regresó de su excursión por el Sahara se apeó del camello porque el Sultán le empezó a dar para la gasolina. Desde entonces, los socialistas de gran cilindrada se suministran en Marruecos. Chaves, Maragall, Jerónimo Saavedra y otros viajan con frecuencia a ese país, que allí hay mucho tomate. Van a comprobar el número de octanos, no sea que les ocurra como a Narcis Serra, que le dio tiempo a perder el color mantequilla, mientras a pleno sol tiraba de la cuerda sin conseguir arrancar el motor de su barca. Pero todo el mundo sabe que lo suyo no es la navegación sino, más bien el piano, por eso se compró uno a cuenta del presupuesto, cuando le hicieron Ministro. Esto de la navegación es cosa que se aprende de joven y estos hijos de la famélica legión que llegaron con mucha hambre ya eran un poco mayores para empezar, por eso han elegido el "gratis total" que es más rápido.
Es sabido, que para que las cosas funcionen bien, nada como tener a la gente contenta. En su caso, se trataba de que funcionara bien el Estado, así que pensaron que no era cuestión de andarse con remilgos ni poner trabas, que una buena relación con Marruecos redundaría en el bien de España. Digamos que la generosidad marroquí se había convertido en cuestión de interés nacional y, ante esto, lo del Sáhara carecía de importancia. Es frecuente oír como se justifican estas locas relaciones con Marruecos por los altos intereses que España tiene en ese país. Nunca aclaran cuáles y de quién son esos intereses.
En estas condiciones, el asunto del Sáhara se convirtió en un mero intercambio de cromos: tú dar polisario a mí, yo dar pescado a ti. Quien dice pescado dice pasta o lo que sea…
Así han estado las cosas hasta el aterrizaje de Fantomas tras su escala en Burdeos, que nada más llegar dejó bien claro (żlo del francés?) que él iba a solucionar todo en seis meses.
Con rostro convincente ha pedido sosiego a las partes, lo cual está bien, aunque parece un poco excesivo pedir sosiego a los saharauis, con su país ocupado militarmente desde hace treinta años y recibiendo palos por todas partes. Además, se lamenta de la tardanza en alcanzar un acuerdo justo, aunque nunca se aventura a denunciar las causas de esa tardanza. ˇHay que tener cara de torta, y dura como el cemento armado!
Por lo demás, en la alta política lo de siempre: palabras ambiguas o silencios culpables. Bien mirado, casi es preferible que estén callados, pues cuando hablan no hacen más que tergiversar los hechos y confundir a la población. Estos políticos que pretenden hacer creer al mundo que, a pesar del tremendo desequilibrio de fuerzas entre ambas partes, es posible negociar una solución justa, son unos canallas; saben que si no se obliga a Marruecos a aceptar la legalidad internacional no habrá solución justa, mienten vilmente.
Pero demos la espalda a esta tropa y volvamos nuestros ojos en busca de la verdad.
De momento, sabemos que allá abajo, después de treinta años, las nubes de lágrimas han hecho reventar las compuertas, y por las calles se ha derramado una gran riada de voces que piden libertad.
Como velas blancas en un estanque de mariposas han salido de sus alhandaques, y se han lanzado al campo de Marte a luchar con sus manos desnudas llenando de amapolas su blancas darraas.
Se mueven rápido, como peces en el agua, para no dejarse atrapar, pero las expertas garras de los "ninjas" guiados desde el cielo por el ojo helicoidal del Gran Hermano van llenando sus redes.
En el tumulto de la pelea, las gargantas secas lanzan un grito rebelde que vuela a lo alto como un rayo azul rasgando el silencio del cielo: viva el Sahara libre.
La noche extiende su manto de dolor y, en la soledad de las rejas, queda atrapada entre moratones y lágrimas la misma eterna pregunta: por qué haces esto con nosotros, España.
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Javier Perote, Julio 2005