El príncipe de las mareas

Juan Manuel García Ramos

Ni me voy a referir a la novela del mismo título de esta columna ni a la película dirigida por Barbra Streisand sobre esa obra literaria: una historia emotiva entre una sofisticada siquiatra neoyorquina y un rudo entrenador deportivo del sur de los Estados Unidos.

Aunque sí quiero reconocer que ese rótulo de El príncipe de las mareas me ronda desde hace días como emblema de lo que las Islas Canarias padecen en estos últimos tiempos: desde la perspectiva climatológica y desde la perspectiva política.

Hay un príncipe de las mareas atlánticas suelto por ahí que no hace sino demostrarnos que el mar que nos rodea nunca ha sido nuestro fuerte, como sí lo ha sido para otras islas mediterráneas, como Antonio Cubillo ha comentado estos días en un artículo publicado en la prensa insular sobre las potencias marítimas del Mare Nostrum, muchas veces pequeñas islas o ciudades, como Creta, Tiro, Sidón, Cartago, Atenas o Venecia, que ejercieron con sabiduría el control de sus aguas próximas y no tan próximas.

Nos ha faltado ese liderazgo con respecto al mar que nos rodea en medio del océano y al mar compartido con las riberas africanas. Quizá porque el Estado al que pertenecen estas islas nuestras ha sentido complejo de inferioridad imperial frente a otras potencias de la zona, hablemos de Marruecos desde 1975 para acá, o frente a otras señorías de los mares, hablemos de la Inglaterra imperial en su tiempo, o de los mismos Estados Unidos.

Parece mentira que todavía Canarias no sepa cuál es su jurisdicción en el Atlántico y cómo ha de ejercer esa jurisdicción. No lo sabe cuando habla de pesca y del banco pesquero canario-sahariano, teniendo todas las razones históricas a su favor; esta semana el presidente de la Federación de Cofradías de Pescadores de la Provincia de Santa Cruz de Tenerife manifestaba que la flota canaria esperaba como agua de mayo poder faenar cuanto antes en esas aguas. Canarias no sabe cómo ejercer su jurisdicción en el Atlántico cuando decide vigilar el tráfico de buques con cargas nocivas entre los pasillos de sus islas, no lo sabe cuando aspira a conceder algunas licencias de prospección de los subsuelos marinos en busca de bolsas petrolíferas o de gas natural, no lo sabe cuando ha de frenar una inmigración ilegal comercializada por mafias abominables que burlan nuestras fronteras a su gusto en beneficio de sus bolsillos y ajenas a las miles de víctimas que ocasionan sus negocios negreros.

Un ejemplo reciente y gravísimo -y quisiera escribir GRAVÍSIMO, porque las minúsculas se me quedan cortas- de ese complejo de inferioridad imperial de España con respecto a lo que pasa en el entorno oceánico de las Islas Canarias es la nota informativa remitida el 21 de diciembre de 2005 por la Guardia Civil al Ministerio del Interior español responsabilizando a Marruecos, de forma oficiosa, del aumento de la presión migratoria sobre Canarias, y advirtiendo de la posible muerte de mil setecientos sin papeles en aguas limítrofes entre Mauritania y nuestro archipiélago.

El Gobierno de Rodríguez Zapatero se ha defendido estos días declarando que ese problema se lo ha transferido a la Unión Europea vía el mismo presidente, que lo planteó en la Cumbre informal comunitaria de Hampton Court en noviembre de 2005, en el Consejo Europeo de diciembre y esta semana lo replanteará a través del Ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos -ya desde ahora advierto que éste no es ni el Ángel ni el Príncipe de las mareas que yo busco con cierta ansiedad-, en un encuentro con sus homólogos en Bruselas.

El Gobierno español ha argumentado, y ha argumentado con mucha razón, que la llegada de inmigrantes ilegales a Canarias es un problema de Europa porque al entrar en territorio español lo están haciendo en espacio Schengen, tal y como nosotros dejamos dicho aquí la semana pasada. Recordemos: Schengen es un convenio europeo cuyos orígenes se remontan a julio de 1984 y del que en la actualidad forman parte quince países europeos, entre ellos España -desde 1991-. Todos ellos en busca de determinados objetivos que el acuerdo desarrolla, y entre esos objetivos la inmigración, precisamente. La inmigración: recalcamos.

La petición española de estudiar lo que sucede en nuestras aguas con la inmigración proveniente de Marruecos y Mauritania: 3.500 inmigrantes en los tres primeros meses de 2006 y unos mil setecientos muertos en su tentativa de pasar al primer mundo, fue aceptada por la actual Presidencia austriaca de la Unión Europea y prometió debatirla en la cena que se ha debido celebrar este último jueves en la capital belga entre los ministros de asuntos exteriores de los países miembros de la Unión.

Quizá entre el primer sorbo de champán derramado en cristalería de Bohemia y el primer canapé de paté de foie, o acaso tras la tarta acaramelada y el café servido en taza de porcelana de Sèvres, la voz compasiva del ministro Moratinos dejó caer entre sus colegas remilgados esas cifras vergonzosas de muertos atlánticos y de desterrados del hambre, y la tímida solicitud de una solución, por favor.

Se cumplen casi diez años de llegadas de pateras y otras embarcaciones a Canarias y ningún gobierno español ha enfrentado el problema con el coraje que exigía, y, ahora, muchos años después ante el pelotón de fusilamiento de la historia, se nos comunica que el asunto será incluido en la agenda gastronómica de los cancilleres europeos del jueves 23 de marzo, pero con una advertencia por parte del Secretario de Estado de Asuntos Europeos del Gobierno español, Alberto Navarro: el tema principal de la cena de marras es la "ampliación y el futuro de Europa", no los cadáveres africanos ni los problemas que la inmigración están produciendo en Canarias desde hace una década.

¿Dónde está el alto representante de la Política Exterior y de Seguridad Común de la Unión Europea, el español Javier Solana? ¿En Irán, en Palestina, en Kosovo?

¿Es Canarias Europa o no lo es? ¿Cómo es posible tanta torpeza por parte de la diplomacia española a la hora de solventar asuntos como la vulnerabilidad de Canarias o la asignatura pendiente del Sahara?

Un príncipe de las mareas. Necesitamos un príncipe que ponga orden en las mareas. No conductas españolas que nos recuerden las cobardías perpetradas en Cuba y Puerto Rico, en Guinea, en el Sahara.

¿Qué pasaría en Canarias si de pronto la España peninsular se niega a acoger los miles y miles de inmigrantes africanos que pueden llegar estas semanas a nuestras playas, costas y puertos?

Como una gracia más del destino, el lunes pasado el rey de Marruecos llegó por sorpresa al Sahara Occidental para dejar claro que, contra toda legalidad internacional, él ya ha decidido quedarse con esos territorios. Sólo le faltó decir que también se declara para siempre príncipe de las mareas de toda la zona. Dios nos coja confesados.

Artículo anterior citado: Canarias sin fronteras