El próximo proceso de paz
Juan
Antonio Delgado Santana
Los escribientes serviles, los
encubridores del poder, los chupatintas abastecidos con ricos emolumentos por
el sistema, los adscritos a las normas vigentes (sin importar que éstas sean
nocivas, obsoletas o injustas) dan por hecho que escribir es igual de fácil
abstrayéndose del contenido. Para ellos es lo mismo, pues escriben para ganar
dinero fácil y notoriedad o para adular a los poderosos y recibir halagos y
favores. Ignoran (quieren ignorar) que la palabra, la palabra verdadera,
conlleva el riesgo de enfrentarse al monstruo de la manipulación, del sadismo
organizado, de
La prensa convencional publica diariamente cientos de artículos que justifican
la guerra, el genocidio, las invasiones, el empleo precario... Ningún juez hace
nada. El preso vasco Iñaki de Juana publica dos artículos de opinión y le
condenan a catorce años más de prisión. Muchos juristas, la mayoría personas
alejadas de la órbita independentista vasca, se han mostrado contrarios y
estupefactos. Es el “estado de derecho” español. Es el marco epistemológico
donde nos movemos (o donde nos inmovilizamos, o donde nos inmovilizan).
Los ciudadanos oyen, leen y opinan. Reaccionarios y progres
(ahora formalmente a la greña) perdonan todo género de violencia atribuida a
las fuerzas de la democracia imperialista, ya que a través de la represión y la
manipulación el régimen neoliberal se establece y se legitima; pero ponen el
grito en el cielo contra los movimientos alternativos, revolucionarios e
independentistas, y contra ellos exigen el castigo establecido en las normas
jurídicas. Los metafísicos universalistas new age perdonan todo al poder establecido, porque o bien el
status quo es una consecuencia automática del karma o bien la evolución se
establece a través de la unidad de los contrarios en el horizonte del dharma, vasto territorio donde la razón no transita; pero
igualmente lanzan improperios contra los militantes emancipadores, pues tal
bandera no ha sido bendecida por los efluvios benefactores de las
constelaciones cósmicas que tejen el destino humano. Los alternativos, los
antibelicistas, los revolucionarios, los militantes por la emancipación, en
cambio, palpan el panorama social y político, lo viven en carne, sangre y alma
propias, aborrecen aquella violencia que esclaviza a las personas y a los
pueblos, y tratan de situar en su contexto —como expresión de las
contradicciones de la praxis— los actos violentos que llevan a cabo los
combatientes anti-imperialistas. Con toda su
pluralidad ideológica. Ello es compatible con el pesar, la condolencia y la
solidaridad hacia las víctimas fortuitas o inocentes. Ello no significa
ineludiblemente justificarlos. Recordemos que “situar en su contexto” es labor
cotidiana y objetiva de sociólogos e historiadores, y de todo investigador y
analista de buen juicio; y se sitúa en las antípodas del periodismo amarillo.
Tampoco olvidemos la doctrina del “divide y vencerás” y la atribución al
enemigo de los crímenes propios del imperialismo. Personalmente soy
vegetariano, pero comprendo que es muy difícil o imposible que los esquimales
puedan vivir en el hielo sin cazar focas.
Incluso los sabios más preclaros ignoran mucho más de lo que conocen. Como
señalan los hechos hay diversas mediciones y consecuencias según la categoría
de violencia perpetrada. Un atentado contra el poder neoliberal conlleva
respuesta policial (represión, interrogatorios, torturas en muchos casos),
judicial (cárcel), económica (multa), laboral (pérdida de trabajo) y marcaje
social (señalamiento). Una guerra, una invasión, un genocidio perpetrado por
las fuerzas militares neoliberales puede hallar acomodo o no en la legalidad
jurídica internacional, pero pronto el poder traslada el término de la
culpabilidad: de los invasores se pasa a los combatientes, a las distintas
facciones, al apoyo externo de las naciones enemigas de los invasores, etc. El
11S, el 11M se conmemoran con luto, con discursos. Las invasiones no se
conmemoran. Los soldados muertos tienen nombre y sepultura, sus familiares
reciben una paga; los resistentes y los civiles muertos carecen de nombres, van
a parar a una fosa común y sus familiares son marginados.
La didáctica política recomienda clarificar los propósitos emancipadores, en
medio de las contradicciones inherentes al proceso dialéctico de la lucha de
liberación. Quizá la mayor contienda en la conciencia revolucionaria recae
entre el respeto a la vida ajena y el emprendimiento de acciones que pongan en
riesgo ésta o la propia vida. Aquellos que no somos racistas, neofascistas,
xenófobos, ultraderechistas, pro-sionistas, pro-belicistas, ni neoliberales
deseamos un mundo en paz, justicia y armonía. Pero desgraciadamente el poder
mediático de la élite y una amplia legión de lumpenburgueses y también lumpenproletarios
se desviven por todo lo contrario. Y actúan denodadamente, todos los días, sin
descansar: incluso soñando alientan corrosivas intenciones. Quienes vociferan
contra los revolucionarios, los antibelicistas, los alternativos, los
militantes emancipadores por las acciones emprendidas (sean éstas
manifestaciones de protesta, reivindicaciones políticas, festivales de teatro okupa, huelgas justas…) son los mismos que hacen la vista
gorda cuando son asesinados impunemente mujeres, niños, ancianos o resistentes irakíes, palestinos, afganos, saharauis o haitíes. A estas personas basta denominarlas “terroristas”,
para justificar las múltiples masacres realizadas. ¿Pueden considerarse
“demócratas” a quienes apuestan por la invasión y la guerra como forma de
solucionar los conflictos?
Por regla general, ningún estado neoliberal hace concesiones de diálogo al
enemigo, a menos que desee obtener algo o que haya trampa oculta. O a menos que
los revolucionarios puedan causar daños graves contra las estructuras básicas
del Estado o contra los líderes del poder (los ciudadanos de segundo orden
contamos poco para los regímenes que apoyan invasiones y genocidios).
Situémonos en el anterior “proceso de paz” ejecutado (denoto la importancia del
término) por el anterior gobierno neoconservador. Bien claro lo dejó el neoderechista ex-presidente español en una entrevista:
nunca quiso dialogar con los independentistas vascos. Y en tal ocasión, aunque
no haya de esperarse reincidencia, con toda seguridad dijo verdad. Esto nos
lleva entonces a pensar que en realidad pretendía dos propósitos: capturar a
los interlocutores y destruir las esperanzas de la organización vasca en el
diálogo como solución. Cualquier nueva tentativa de diálogo futuro siempre
contaría con la desconfianza del independentismo vasco. Lo cual significa que
ETA seguiría armándose y extremando medidas de precaución.
Todo proceso de paz que se precie ha de llevar en su seno medidas de derechos
humanos que el gobierno ha de poner en marcha. En el conflicto vasco se habla
de traslado de presos a sus lugares de origen, excarcelación de aquellos de
delicada salud o que hayan cumplido ¾ partes de condena, desaparición de las
torturas como método de interrogatorio, según denuncia Amnistía Internacional…
Desgraciadamente, en el finiquitado “proceso” de ZP los ciudadanos no pudieron
celebrar sus muestras de generosidad, a pesar de los 9 meses de espera, y a
pesar de que la kale borroka
constituía un síntoma a tratar (y no una enfermedad que combatir). ¿Fue ZP tan
engreído o tan necio para ignorar que mostrarse intransigente o tacaño en
derechos humanos y continuar con macrosumarios,
detenciones, multas millonarias, ilegalización, prohibición de manifestaciones…
significaría el final del “proceso”? Supongo que a un presidente hay que
concederle el beneplácito de la inteligencia, pero ¿continuará por ese camino
que conduce a los empantanados lugares de siempre?
Desde la “transición” española, todos los presidentes de gobierno se
significaron por defender los intereses de la oligarquía y de la facción
burguesa afín a sus colores. ZP no es ninguna excepción. Pero podría haber
pasado a la historia como el que inició la solución pacífica del conflicto
vasco. Con letras de oro. De momento parece que está perdiendo esta oportunidad
histórica. ¿Querrá perderla definitivamente, a costa del sufrimiento de unos y
otros?
La extrema derecha española no está en decadencia. Entró en “la transición democrática”
española sin arrepentirse de sus crímenes ni recibir ni justo castigo ni
condena alguna por cuarenta años de genocidio, represión, marginación,
oscurantismo, robos… Sus herederos están envalentonados y su estrategia
electoral entronca con la adopción de la doctrina “antiterrorista” de la
extrema derecha usamericana: la fuerza bruta, ninguna
concesión al diálogo.
Pero desvelemos también lo que oculto queda: la tremenda influencia y poder de
la extrema derecha en el seno de la socialdemocracia española actual. ¿Acaso el
finiquito del último “proceso de paz” representa una victoria importante de
ésta? Todos hemos observado los intentos estériles del PSOE y de los
correveidiles dirigentes que vegetan en IU en solicitar la presencia de la
extrema derecha en las filas “democráticas”. Resulta patético comprobar los
comunicados de IU en este sentido.
En todo caso, ¿qué hará ZP? ¿Predominará la línea inmovilista y represiva en su
gestión? ¿Seguirá otorgando la batuta de la responsabilidad a un antiguo dirigente
felipista, nada amigo de concesiones humanísticas? A
nivel internacional, ¿quien puede creer en el papel magnánimo del nombrador de la “alianza de las civilizaciones” si no es
capaz de hallar la paz en su propio terreno? ¿Acaso no comprende que la extrema
derecha sólo busca su propio beneficio, y que cualquier coyuntura negativa
significa más carnaza electoral, gracias a la alienación ciudadana que se ha
venido alentando desde el principio de la “transición”?
La ética más elemental nos enseña que la responsabilidad del mal la posee aquel
que engaña con vileza y perversión, aquel que no respeta la libertad del
prójimo para decidir el futuro individual o colectivo, aquel que empuja hacia
la violencia como única salida o recurso de orgullo ajeno, aquel que impide la
libre expresión de ideas y la posibilidad de representación electoral de todo
el arcoiris político. Es decir, aquel que carece de
arrepentimiento por el mal proceder propio.
Las cadenas de televisión públicas y privadas, los periódicos convencionales,
los discursos de personajes prominentes de la política y de la farándula, los
sermones eclesiásticos… se ponen del lado del poder establecido, se colocan en
el pedestal del seguidismo y los honorarios. Ahí se
vanagloria el ego por alinearse del lado del más rico, más poderoso y más
profusamente armado. Pero también somos muchas personas las que demandamos más
paz y negociación auténticas, y menos gestos vacíos y proclamas. ¿Qué debemos
hacer los partidarios de la libertad y del diálogo? Sin duda, seguir
fortaleciendo la senda de la libertad y el diálogo. Y en esto es admirable la
apuesta decidida que están haciendo en Euskadi las
mujeres de Ahotsak.
Ojalá llegue pronto una solución de diálogo
humanístico y político al pueblo de Euskal Herria, hoy mejor que mañana. Claves favorecedoras para la
superación del conflicto, aparte de las ya reseñadas, serán la movilización
masiva del pueblo vasco, la solidaridad, la intermediación de un comité
internacional de denodada solvencia ética, una izquierda abertzale comprometida
con la tregua y un gobierno español propicio a tender la mano.
La vida humana es breve, pero la dignidad le da sentido.