abc.es, 17-10-2005
La prueba definitiva
Si las fotografías s valen como prueba, se puede afirmar que Marruecos no dice la verdad cuando asegura que no ha expulsado a subsaharianos al otro lado del muro. Thomas es un camerunés que vivía en el bosque de Rostrogordo, junto a Melilla, y que el pasado jueves fue rescatado en el desierto por los hombres del Frente Polisario.
TEXTO Y FOTOS: LUIS DE VEGA, ENVIADO ESPECIAL
Probablemente la historia de Thomas D`Aquin Timb no se diferencia mucho de las de otros subsaharianos que intentan entrar desde hace meses en España desde Marruecos. Probablemente su futuro corra en estos momentos el mismo peligro que el de muchos otros inmigrantes que han sido expulsados del Reino alauí en los últimos días. Pero Thomas se reencontró ayer con este corresponsal un mes y una semana después.
Entonces este camerunés de 28 años malvivía herido en el bosque de Rostrogordo, un pinar que rodea el doble vallado fronterizo de Melilla. Andaba a paso de muleta, según dijo, por las secuelas de los golpes recibidos de agentes marroquíes. Ahora tiene ante sí un futuro incierto desde que fue rescatado por el Frente Polisario después de ser expulsado al desierto del Sahara por las autoridades de Marruecos. Es el mismo Thomas que aquella tarde del 8 de septiembre. Y viste la misma camiseta naranja de la selección de fútbol de Holanda. Pero está a cientos de kilómetros y al otro lado de la frontera.
La evidencia de que este y aquel Thomas son los mismos no admite discusión. Y la evidencia de que antes estaba junto a Melilla y ahora está con el Polisario, tampoco. Por eso rechinan tanto las palabras de los miembros del Gobierno de Marruecos cuando niegan que están expulsando inmigrantes a través del muro construido durante la guerra del Sahara Occidental. Por eso está claro que Thomas no es un candidato a la emigración clandestina que intenta entrar en territorio marroquí desde territorio Polisario. Por eso y por un testimonio cargado de detalles que, sin haberlos visto de cerca con sus propios ojos, no podrían haber sido contados así.
Este es su relato de lo ocurrido entre el 8 de septiembre y el 16 de octubre. «Fueron días de persecuciones constantes de los policías en el bosque. Se acabó incluso el relajarnos y estar juntos durante la noche como hacíamos hasta entonces», comenta en el edificio de una escuela levantada en medio de la nada en Bir Lahlú, adonde fue trasladado junto a otros 91 subsaharianos rescatados en los tres últimos días en las arenas saharauis.
Expulsado a Argelia
De aquellas redadas en el bosque Thomas no se libró y cuenta cómo en las últimas semanas fue expulsado dos veces a Argelia por la frontera cercana a la ciudad marroquí de Uxda. Inmediatamente se ponía a desandar el camino hasta alcanzar los alrededores de la alambrada de la Ciudad autónoma. «Las dos veces me detuvieron de día, mientras intentaba esconderme entre los árboles. Me golpeaban los tobillos y las articulaciones con palos». «Una de las veces me quitaron la cadena que llevo al cuello con mi nombre. Les supliqué perdón hasta que me la devolvieron».
«La valla estaba muy difícil. Una noche que me acerqué vi seguridad por todas partes. En el lado español y en el marroquí. Era imposible. Por eso nos rendimos a las fuerzas marroquíes. Basta de valla», dice. Los siguientes dos días los pasó en la comisaría de Nador. «Allí me quitaron los 1.500 euros que me había mandado mi familia por medio de un intermediario marroquí por si lograba pasaba a Melilla y que llevaba escondidos aquí», comenta mientras se abre el dobladillo descosido de su pantalón. Una mañana tomaron la carretera de Uxda a bordo de cuatro autobuses. Como las veces anteriores. Pero en esta ocasión pasaron el cruce de largo y siguieron en dirección sur. Todos empezaron a gritar a los agentes que les acompañaban. No sabían adónde se dirigían.
Se refiere, como todos los testimonios de los inmigrantes en los últimos días a las penosas condiciones en las que las autoridades de Marruecos los trasladaban durante horas y horas sin parar en los autocares. Explica cómo se encuentran con un grupo de periodistas mientras la caravana paró a repostar en una gasolinera y empezaron a gritarles por las ventanillas mientras les enseñaban las manos esposadas. Son esos informadores que grabaron unas imágenes que dieron la vuelta al mundo por su crudeza. «Recuerdo que había un joven de raza negra que intentó impedir que los autobuses continuasen su camino», comenta Thomas en referencia a Mamadu, el voluntario guineano que trabaja para la Asociación de Amigos y Familiares de Víctimas de la Inmigración Clandestina (Afvic), que llegó a tumbarse en el suelo delante de uno de los autobuses.
«Íbamos atados de dos en dos. Yo soy cristiano y nos obligaban a ayunar como ellos por el Ramadán. Sólo nos daban de vez en cuando un poco de agua, pan duro y sardinas en lata. Teníamos que hacer pis dentro de las botellas. Éramos como esclavos». Dice que pasaron cuatro o cinco días en el autobús y que sólo paraban cuando el conductor se encontraba verdaderamente fatigado. «Recuerdo haber pasado un cartel que ponía Agadir y un cruce que ponía El Aaiún».
Disparos al aire
Habla firme y de corrido, aunque algunas preguntas, sobre todo las referidas al día exacto de la semana en el que ocurría cada cosa, a veces no se atrevía a responderlo. Una noche, los cuatro autobuses se detienen en un cuartel militar en el desierto y, tras pasar allí la noche, comenzaron a ser transportados en pequeños grupos en furgonetas a unas dos o tres horas de distancia. «Nos dieron a cada uno dos cantimploras con agua, tres panes, dos latas de sardinas y varias naranjas. Entonces nos hicieron avanzar hacia lo que los militares decían que era la frontera. Nos gritaban para que subiéramos el muro de arena y pasáramos al otro lado, que Argelia estaba a sólo cinco kilómetros», detalla el joven camerunés mientras hace gestos para explicar que dispararon al aire para que corriesen aterrados. «Eso hizo que nos dispersáramos y quedásemos un grupo de doce. Anduvimos todo el día y toda la noche sin saber que estábamos haciendo como un círculo. Acabamos de nuevo en otro punto del muro y allí nos volvieron a indicar la dirección que debíamos tomar para ir a Argelia».
Casi sin agua
«Encontré en el suelo una caja de las latas de sardinas como las que nos había dado y llamé a mis compañeros para decirles que otro grupo debía haber pasado por allí no hacía mucho. Pero mi agua estaba a punto de terminarse y les dije que no estaba dispuesto a seguir y que si hacía falta moriría allí mismo. Seis nos quedamos y otros seis siguieron adelante por el desierto». Fue entonces cuando, pasadas dos o tres horas, apareció un vehículo del que bajó un militar y dos civiles con turbante. Les acababa de rescatar el Polisario. Era el pasado jueves por la tarde. «Habían pasado dos o tres días desde que nos abandonaron los marroquíes. A los otros seis que siguieron adelante no los hemos vuelto a ver».
Thomas se muestra contento pero comenta que no puede volver a su casa de vacío. Allí le esperan su mujer, Brigitte, y su hija, en compañía de una familia en la que sólo su madre lleva a casa algunos ingresos de su trabajo como enfermera en un dispensario. Decenas de subsaharianos daban en la tarde de ayer vivas al Frente Polisario en agradecimiento por haberlos salvado de una muerte casi segura. En Rabat pensarán que se trata de un viaje puramente propagandístico. Este corresponsal se lo tomó como meramente informativo, para que se sepa que Thomas y otros fueron expulsados al desierto en contra de lo que dicen las autoridades del Reino alauí.