San Juan de la Rambla y la psicosis de erupción volcánica

Felipe Juan González García

En horas del mediodía del pasado veinte de octubre, desde la plaza de don José Rodríguez Ramírez e inmediaciones, en el barrio de San José, podíamos observar a unas cuantas personas contagiadas de un evidente temor por la amenaza que consideraban inminente de un fenómeno sísmico que podía aparecer de un momento a otro y que no podía traer otra cosa que desgracia y desolación. Se hacían toda clase de comentarios ante la temeridad sobre las tristes consecuencias de que el padre Teide se "enrabietara"...

El día estaba completamente despejado y se divisaban con cierta nitidez unas caprichosillas nubes que acariciaban el cráter. Es verdad que daba la impresión, cuando aparecían más intensas, que era realmente humo amenazante que venía a agrandar esa sensibilidad que parecía a flor de piel en todos los presentes. ¡Dios nos libre! -decían algunas señoras-. ¡Eso no es nada! -agregaban los más escépticos-. Continuaban las intervenciones en el sentido de que todavía viven personas que se acuerdan de aquellas erupciones del Chinyero con las huellas que dejó en El Tanque y Garachico, allá por el año nueve del pasado siglo, así como también hacían alusión al Teneguía, en La Palma.

Y es que en nuestro archipiélago, de naturaleza volcánica como se sabe, existen razones más que suficientes para pensar en cataclismos, si bien también hay que decir que ese gran "estómago" de nuestro gigante Teide se ve, gracias a Dios, que no tiene ninguna prisa en "vomitar" lo que tiene dentro. Los técnicos en la materia estudian, cada vez más exhaustivamente, estos fenómenos vulcanológicos y otras estructuras diferentes del interior de la tierra. Estos expertos comparan y sacan conclusiones con cierto rigor científico, aunque permanezca justificada esa inquietud, como en nuestro caso, porque no se sabe qué día puede "despertar enfadado" ese gran Goliat, máxime teniendo en cuenta que el indefenso David, ni siquiera dispone de sonda para replicar. Por otra parte aterroriza pensar en acontecimientos históricos como aquella ciudad de Troya sepultada por El Vesubio, en Nápoles, hace veinte siglos, amén de desastres más recientes de esta índole. Mas, tampoco hay que "arrojar la toalla" y estar en guardia permanente. Con razón decía el alcalde, Manuel Reyes, que formaba parte de aquellos comentarios, ¿por qué vamos a correr sin saber si alguien nos persigue...?

En efecto, me parece que también podría ser aplicable aquella anécdota del compadre que le devolvía el martillo a su otro compadre y vio que éste lo escondía en el pajero y aquél, un poco intrigado, le dijo: perdone la indiscreción; pero, ¿por qué esconde el martillo? Mire usted -le contestó- porque mi suegra hace treinta años que vive en mi casa y no sé lo que podría pasar si un día se "cabrea". Que va compadre, le contesta el primero, por esa regla de tres también tendrá que esconder los cuchillos, el hacha y hasta la tranca de la puerta.