"RATZINGER Z"

Ramón Moreno

Pese a lo recurrente del título, y a lo irreverente que pueda parecer (lo utilizo sin el menor ánimo peyorativo y, por supuesto, con el máximo respeto a la figura del nuevo Pontífice), lo cierto es que el Cardenal Joseph Ratzinger encarnaba al paladín de la lucha entre el bien y el mal, como el famoso héroe de los dibujos animados.

Desde su Prefectura de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Ratzinger se caracterizó por ser el celoso guardián de la ortodoxia de la Iglesia, ante las "nefastas y continuas desviaciones que conllevaba la modernidad". Recuérdese que es un enemigo acérrimo de la "Teología de la Liberación", que ha querido erradicar a toda costa, hasta el punto de romper con su ex-alumno en Tubinga, el brasileño Leonardo Boff, jefe de filas de esta denostada corriente doctrinal de tanto arraigo en América Latina, donde están más del 50% de los católicos.

Dejando a un lado la extensa biografía de este "Pastor alemán" para el siglo XXI -que se hizo cura en 1951-, y que ya ha sido profusamente divulgada por todos los medios de comunicación, si es ilustrativo, desde mi punto de vista, destacar la fortísima personalidad de Joseph Ratzinger, y algunos hechos relevantes de su etapa anterior.

A partir del mismo momento en que fue nombrado Cardenal y Arzobispo de Mónaco por Pablo VI en 1977, pero sobre todo, desde que Juan Pablo II lo nombrara en 1981 Prefecto de la citada Congregación, Ratzinger se mostró inflexible en la defensa a ultranza de la ortodoxia de la Iglesia, con todo lo que ello implicaba del más puro y duro conservadurismo.

Cuando en el año 2000 firma el documento "Dominis Iesus", en el que sostiene que "solo en la Iglesia Católica existe la salvación eterna", suscita la ira de los evangélicos: el teólogo suizo Hans Küng, dijo entonces que "La declaración del Ex Santo Oficio, es una mezcla de involución medieval y manía de grandeza".

Son conocidas, por otra parte, las "líneas programáticas" del Cardenal Ratzinger con respecto al comunismo. En plena sintonía con Karol Wojtyla, en 1984, cuando aún quedaba lejos la caída del Muro de Berlín, declaraba que: "Los regímenes comunistas que llegaron al poder en nombre de la liberación del pueblo son una vergüenza de nuestro tiempo". Ello produjo una reacción en cadena de los Países del Este que amenazaron con romper relaciones diplomáticas con la Santa Sede y el Secretario de Estado Agostino Casaroli, estuvo a punto de dimitir.

El incidente diplomático se zanjó con el tiempo, pero Ratzinger volvería a la carga y se ratificó años después en sus afirmaciones; al tiempo que pronunciaba un no tajante al capitalismo salvaje del poscomunismo, en la misma "longitud de onda y frecuencia" que el extinto Papa: "El hundimiento del comunismo -decía- no certifica automáticamente la bondad del capitalismo. Hay que combinar la libertad del mercado con el sentido de la responsabilidad del uno con el otro". Tesis que repetiría en varias ocasiones.

Joseph Ratzinger, que se licenció en Teología en Frissing, y que en 1969 fue profesor de Dogmática en Ratisbona, llegó a Roma en 1962 como consejero teológico del Cardenal Frings en el Concilio Vaticano II convirtiéndose, a los 35 años, en toda una estrella teológica. Pero fue el entonces joven Papa Juan Pablo II el que lo transformó, en 1981, en el hombre clave de la ortodoxia y la teología. El que lo hizo -como dice Paolo Conto del "Corriere de la Sera"-, «Cardenal "no"» en el imaginario colectivo.

Y sus noes fueron innumerables desde 1981 hasta su nombramiento como nuevo Prelado. No al matrimonio de los sacerdotes, no al sacerdocio de la mujer, no a la homosexualidad… El mismo decía: "Yo no soy el Gran Inquisidor ni me siento una Casandra".

A pesar de su exacerbado conservadurismo, que nada tendría que envidiar al más puro integrismo de otra Religión monoteísta, Ratzinger, es un hombre de una preclara inteligencia estimado y respetado por muchos Cardenales de la Curia y amplios sectores de la Iglesia, aunque también tiene sus detractores. Decano del Colegio Cardenalicio desde 2002, fue el gran protagonista en todo el proceso posterior a la muerte de Juan Pablo II, del que fue su "mano derecha" durante 24 años.

En Joseph Ratzinger se daba la circunstancia de ser el "gran elector" por excelencia y, en efecto, se cumplieron los vaticinios. En contra de lo que había sucedido en Cónclaves anteriores, donde "el que entraba Papa salía Cardenal", Ratzinger entró Cardenal y salió Benedicto XVI.

Entre los 115 Cardenales enclaustrados en la Capilla Sixtina, bajo los frescos que representan el Juicio Final, del inmortal Miguel Ángel, planeó, no solo el Espíritu Santo, sino la nostálgica figura de Juan Pablo II. Y la cuestión estaba clara: el Cardenal Ratzinger garantizaba la continuidad. Por tanto, el nuevo Vicario de Cristo en la Tierra, el Sumo Pontífice, el Obispo de Roma, el Jefe del Estado Vaticano (el más poderoso del mundo), ya reina -la Iglesia Católica, es en la práctica una monarquía electiva- en todos los confines del universo católico.

Las reacciones no se hicieron esperar. Hans Küng, que había hecho un buen tandem con Joseph Ratzinger en el Concilio Vaticano II, decía: "Hay que abolir la Inquisición que representa el Cardenal Ratzinger. El nuevo Papa debería ser un obispo que respete la colegialidad, no un autócrata". Por cierto, y como reflexión final, ¿qué prisas hay en beatificar a Juan Pablo II, si ya era el "Santo Padre"?.

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Canarias, abril del 2005