Realmente desaparecidos

Juan Jesús Ayala

¿Cuántos miles y miles de seres humanos circulan por el planeta perdidos, sin sensación de que el tiempo pasa, ya que para ellos se eterniza el instante porque es duro vivir en el inicio de una muerte a la vuelta de la esquina?

¿Y la gente que cansada de mirarse y verse como extraños tienen la perplejidad incrustada en su ánimo y vagan dentro de sí como seres irreconocibles que hasta sienten lástima de sí mismos no son también miles y miles?

Y la civilización occidental, pivote sobre la cual ha girado el resto de las demás, al menos así se lo tiene creído, ¿no tiene en este momento una sensación, desgarradora sensación, de que no encuentra el camino, que su torpeza de siglos y llamándose antorcha que alumbra mundos y regiones que permanecían hasta entonces a oscuras, se encuentra en estos momentos realmente desaparecida, perdida en su mismo habitat?

Y la otra, la civilización oriental, comandada por el islam, con los prolegómenos de una intifada universal y que con su brazo extendido ya no golpea con las piedras sólo los cuerpos de los judíos, sino que ahora pretende que el sonido de las pedradas retumbe en miles y miles de oídos, ¿no estará perdida y en manos de un fanatismo que si bien se puede entender, forma parte del suicidio colectivo de un pueblo y que no conduce a ningún fin gratificante?

Realmente se puede decir que nos encontramos en un espacio en donde permanecemos apretujados unos con otros, mirándonos más como enemigos que amigos y aunque estemos en la distancia nos enfurecemos y nos viene la idea de estar supeditados a las exigencias de uno mismo que al ser infravaloradas hace que se circule por un mundo estúpido que nos colectiviza, que nos uniformiza y que hace sentirnos plenamente como desconocidos y ni siquiera sabemos si pisamos asfalto o nos mecemos en nubes de algodón donde se difumina una personalidad abatida y sin expectativa alguna.

Si realmente estamos desaparecidos, si el planeta zarandeado por huracanes, por movimientos sísmicos y por guerras encubiertas que no se cuentan públicamente, que están soterradas para que no nos escandalicemos de las vergüenzas de Occidente, y si esto es así, sólo nos puede quedar estar a la espera de un nuevo superhéroe que nos indique el camino a seguir, que nos coja de la mano y que nos lleve hacia una realidad más palpable aunque sea insana. Pero que sea nuestra y que seamos capaces de ponerla en solfa para sentir que al menos vivimos.

Pero esperar por el otro cuando no se encuentra por sí solo el camino adecuado para poder transitar no sólo es un pérdida de tiempo, sino también de fuerza, y la ceguera impedirá ver uno u otro. Por eso, esperar por alguien que nos ponga en situación de supervivencia pudiera ser el comienzo de la era de una tiranía que está en latencia o de un espacio histórico de iluminismo estúpido más aún del que muchos tienen.

Y no quiere esto decir que sea el pesimismo lo que tenga que instalarse en el ánimo de los miles y miles que andan realmente desaparecidos, ya que la evidencia hace que desde la impavidez y desde el desasosiego se pretenda desvirtuar la realidad desde una virtualidad que no es tan siquiera capaz de emular lo que se pretende. Metidos de lleno en la virtualidad, se podrá escapar al menos momentáneamente y dar la alarma y que hemos sido encontrados en la escollera de una playa cualquiera o de un desierto diferente.

Realmente, y no es canto a la desesperación ni al desánimo, sí hay que decir, que hay miles y miles de desaparecidos y que tardarán tiempo en ser encontrados y que, eso será lo peor y lo más frustrante, cuando llegue el día del encuentro pudiera suceder no sean reconocidos ni tan siquiera por los rescatadores y menos aún por ellos mismos, ciegos, depauperados y vacíos de todo contenido humano.

Decía un pensador francés enfatizando el título del artículo que "todos somos desaparecidos, retrasados mentales, víctimas o terroristas miopatas o enfermos de sida en potencia". Todo eso es verdad. Está en la potencionalidad del ser humano. Pero antes que nada somos desaparecidos.