Renacer de la Atlántida

Juan-Manuel García Ramos

Una noticia periodística me incita a ocuparme de nuevo del viejo asunto de la Atlántida, el mito de Platón que hablaba de una isla inmensa situada en medio del Océano Atlántico, donde presumiblemente pudo darse un diálogo entre el Viejo y el Nuevo Mundo mucho antes de que Colón alumbrara el hallazgo de América.

Una zona submarina del Atlántico puede albergar datos sobre el origen de la vida, una zona conocida tanto como Macizo Atlántida, como la Ciudad Perdida (Lost City) o como la Ciudad Blanca.

Casi a medio camino entre Europa y América y a unos diez mil metros de profundidad, se alza en el fondo del mar común una montaña bautizada como Macizo Atlántida y habitada de un misterioso bosque de blancas chimeneas de hasta sesenta metros de altura, de las que emanan fluidos a altísimas temperaturas, continuando una actividad hidrotermal que debe existir desde hace al menos 30.000 años y que puede continuar aún durante miles de siglos.

El descubrimiento tuvo lugar en diciembre de 2000 por un equipo de investigadores oceánicos de la Universidad de Washington que designan a este tipo de escenarios como "ciudades blancas", en contraposición a otras zonas semicercanas donde se han encontrado otros respiraderos de los que emanan fluidos negros.

En el corazón de ese Macizo Atlántida, o Ciudad Perdida o Ciudad Blanca, se encuentra un imponente monolito blanco de más de sesenta metros de altura que ha recibido el nombre de la divinidad griega del mar, Poseidón, y tiene una boca de unos cuatro metros de diámetro por donde expulsa materiales a los fondos abisales oceánicos fruto de reacciones químicas entre la peridotita, un material verde muy denso y distinto de las formaciones basálticas, y el agua salada.

De todos estos datos, nos quedamos con ese nombre simple y al mismo tiempo tan evocador: la Ciudad Blanca.

¿Por qué evocador?

Tendremos que explicarnos.

Existe una leyenda azteca que habla de la isla Aztlán, "tierra blanca" en lengua náhuatl; un término que proviene de "aztatl", "blanco", y de "tlan(tli)", "lugar de".

Una leyenda que dice que los aztecas estuvieron asentados en ese Aztlán antes de iniciar su peregrinación de 165 años que culminaría con la fundación de Tenochtitlán en 1325, con la fundación de la ciudad de México.

De la misma manera que Platón nos contó, en su diálogo Timeo, cómo su ciudad en un tiempo remoto aniquiló un poder insolente que amenazaba con invadir Europa y Asia y provenía del fondo del mar Atlántico, de una isla mayor que Libia y Asia juntas, de una isla conocida como Atlántida que un buen día se abismó en el mar y desapareció.

Esa "tierra blanca", lugar original de los aztecas, se escribiría casi con la grafía "Aztlantli", presentando unas similitudes con la etimología de Atlántico que le pone a uno los pelos de punta.

Como nos lo pone también, en otro sentido, la reiterada vecindad fonética y semántica de voces griegas como "theou kalia", "cabaña de dios", y "pótamos", "río", y la azteca "teocalli", "casa de los dioses", y el sustantivo "potomac", "río", localizado en territorios del este de los Estados Unidos, entre Maryland y Virginia, y, al parecer, en el léxico aymará de Bolivia.

¿Cómo pueden darse entre dos mundos teóricamente desconocidos entre sí esas etimologías tan afines del náhuatl "Aztlantli" y el griego "Atlántida", para referirse a territorios míticos de aztecas y helenos, o entre el griego "theou kalia" y el náhuatl "teocalli", para referirse a lo mismo, o entre el griego "pótamos" y el americano "potomac", para designar a los ríos de una parte y de otra del planeta?

Son preguntas que han quedado sin respuestas por todos aquellos estudiosos que se han acercado a esos momentos de la historia de la humanidad. Preguntas que nos invitan a soñar con viejas conexiones entre los pueblos de un lado y otro del Atlántico.

Estupor nos producen esas vecindades fonéticas y semánticas de voces griegas y voces náhuatl o de otra familia lingüística americana.

Como estupor nos producen las coincidencias simbólicas de textos religiosos como el Popol Vuh de los mayas quichés de Guatemala y el Génesis del Antiguo Testamento de los cristianos, cuando se refieren, por uno y otro lado, a la creación del mundo.

El Popol Vuh comienza diciéndonos "Esta es la relación de cómo todo estaba en suspenso, todo en calma, en silencio […] No había nada que estuviera en pie […] No había nada dotado de existencia […] Sólo el Creador, el Formador… los Progenitores, estaban en el agua rodeados de claridad […] De esta manera existía el cielo y también el Corazón del Cielo, que éste es el nombre de Dios…"

Si recordamos el Génesis: "Dios se cernía sobre la superficie difusa y vacía y las tinieblas cubrían las aguas".

El tono de esas dos narraciones es el mismo, ambas parecen versiones de un texto que las precedió. Y todo eso ocurre en latitudes tan distintas y lejanas. Son libros religiosos que se hunden en tradiciones desconocidas entre sí; al menos todavía los creemos pertenecientes a tradiciones que nada tienen que ver una con la otra.

Pero ¿por qué esa misma manera de comenzar la historia del hombre sobre la tierra, por qué en ambas páginas se dan, además, revelaciones muy afines del episodio bíblico de Adán y Eva?

No hay más remedio que guardar un silencio solemne al respecto y dejar que algún día un carbono catorce mágico nos descubra el enigma de esas similitudes manifiestas entre esos dos testimonios doctrinarios.

Dicen los científicos de la Universidad de Washington que en esa zona intermedia del Atlántico conocida como Macizo Atlántida, como Ciudad Perdida o Ciudad Blanca, en ese bosque de fumarolas blancas, residen datos apreciables sobre el origen de la vida.

Muchos siglos después, la ciencia empieza a coquetear con la literatura mítica de griegos y de aztecas y descubre en las opacidades oceánicas esa hermosa rareza habitada por microbios y por invertebrados como gambas y cangrejos. Es una ciudad de columnas blancas. Acaso un sueño de la imaginación en versión científica.

A los cuatro archipiélagos de la Macaronesia, todas estas noticias nos terminan afectando porque no sólo creen algunos que somos los últimos rastros de un gran hundimiento, el relatado por Platón o el proveniente de las leyendas aztecas, sino porque no nos hemos desprovisto nosotros mismos de esa sensación arcana.

No será verdad todo esto, pero nadie puede negar que es muy divertido.

El Atlántico no es el océano más grande del mundo, sí es el que más ha despertado la imaginación del género humano a lo largo de la historia. Y la sigue despertando con sus sucesivos renacimientos.