Energías renovables para salvarnos

 

Carmelo Barone

"La vida es peligrosa no por los pocos que hacen el mal, sino por los muchos que se sientan a ver lo que pasa"  (E. Einstein)

Hoy, después de varias décadas de alarmas, avaladas por fenómenos meteorológicos cada vez más extremos, se reconoce unánimemente que "el cambio climático es una de las mayores amenazas para la humanidad, que pone también en peligro los objetivos de desarrollo de millones de personas, especialmente en los países pobres" (ministro de M. A. de Kenya). La salvación de la Tierra y el tan perseguido desarrollo sostenible se fundamentan sobre el impostergable e inevitable paso a las energías limpias: las renovables -inagotables-, cuales son la solar (fotovoltaica y termoeléctrica), eólica, geotérmica, hidráulica, biomasa, mareomotriz y de las olas, y finalmente el hidrógeno: la única fuente -de las renovables- que se puede almacenar. Ha llegado el momento, ineludible, de la responsabilidad, como dijo Saramago, de la necesaria mentalización y de la acción, tanto a nivel global como individual, con su ahorro energético. Habrá una voluntad política de cambio. Si hay una popular, la primera debe de ser el reflejo de la nuestra, en democracia. ¡Querer significa poder. Juntos podemos!

Porque se trata de la salvación de nuestros hijos y nietos. No podemos quedarnos, por más tiempo, indiferentes en esta irresponsable inercia. Mañana será demasiado tarde. Ya la misma ONU, en 2004, pedía "una revolución en el uso global de la energía". Debemos ir dejando la energía fósil: la del carbón, gas y petróleo, antes de su "pico de producción" y el consiguiente excesivo e insostenible encarecimiento, con sus desastrosas consecuencias, tanto en el ulterior calentamiento global, hacia un próximo punto de no retorno, como en la economía mundial. Hemos visto cómo, en los últimos años, el petróleo ha duplicado su precio. No nos engañemos: el enorme desarrollo industrial y de la motorización, solamente de China e India, en la actualidad, anula cualquier plan de reducción, por el protocolo de Kyoto, etc., de las emisiones de los gases responsables de la creciente fiebre de nuestra "casa común". Nunca habrá guerras por el sol, sí por el petróleo.

No ignoramos los enormes intereses económicos vinculados a él, que hoy mueven el mundo y la política con sus multinacionales. No es justo que ese "oro negro" tan vital esté sujeto a la especulación. Es una esclavitud, un barco que se hunde y que debemos abandonar cuanto antes -repito-. Hay más: el programa "aire limpio para Europa", por la Organización Mundial de la Salud, ha revelado que más de 300.000 europeos fallecen al año por la contaminación atmosférica, principalmente, por las muy cancerígenas partículas en suspensión, por el benceno y el ozono, debido al tráfico urbano. Utilizando el hidrógeno como energía tendríamos agua como subproducto. Ya la mayoría de los fabricantes de automóviles están invirtiendo muchísimo en este obligatorio cambio y reto. Esperamos los primeros vehículos, producidos en masa, para después de 2010. La muy adelantada y contaminada California trabaja ya por un futuro dominado por el hidrógeno. La vieja pero sabia Europa debe -debemos- liderar este paso, "para volvernos la primera superpotencia de este elemento", así como sugiere y preconiza, en su libro, Jeremy Rifkin, uno de los máximos expertos en economía y política internacional: una economía verde y sostenible, basada en el hidrógeno, significa poder para el pueblo, en el siglo XXI"; ¡una nueva energía para una nueva era! Ante este sombrío panorama, esta verdad incómoda, el proyecto de una central eléctrica, con energía nuclear, en la cercana orilla de Marruecos, a unos pocos cientos de kilómetros, corriente marina arriba y a barlovento, con los alisios dominantes, o peor, con la calima, en una zona, para más inri, de alto riesgo sísmico -así como reconoce Paulino Rivero-, nos llena de incredulidad y honda preocupación. ¡Aquí ya no se gana para sustos!

En el terremoto de Agadir (1960) hubo 15.000 muertos. En Ucrania y Bielorrusia, a consecuencia de la tragedia de Chernobyl (1986), se estiman hasta hoy unos 400.000 muertos por cáncer. El calvario por esa silenciosa e invisible peste atómica sigue con sus leucemias y malformaciones en los fetos, ya que hay elementos radiactivos cuya peligrosidad dura hasta mil años. Precisamente, es éste uno de los peores problemas que desaconsejan esa "energía sucia". Ninguna central atómica es segura al 100%, y todas emiten radiactividad al ambiente, según me ha confirmado el responsable de energía de Greenpeace. "A la luz de la tecnología existente, la energía nuclear no tiene sentido. No es previsible ni sensato que se desarrolle", declaraba J. Piqué cuando era ministro de Industria. Recuerdo la angustia general, en Italia, después de Chernobyl, durante más de un año, cuando se estaba pendiente, diariamente, de los análisis de radiactividad en los alimentos y las aguas... sobreviviendo, en pocas palabras. Hubo un referéndum en el año 1989, y, como en otros países de la UE, se desechó esa odiada energía.

Por todo esto, esa prevista central atómica de Sidi Boulbra, posiblemente rusa, que no francesa, la primera en Marruecos, sin experiencia al respecto, constituiría una terrible espada de Damocles, no solamente para nosotros y nuestra valiosa industria turística -que vale miles de esas centrales-, sino también para nuestros vecinos del "país hermano", como lo define el rey Juan Carlos, que está construyendo junto a decenas de empresarios isleños varias ciudades en la costa, enfrente. En caso de un posible escape radiactivo, el turismo abandonaría a ambos y nuestras exportaciones agrarias, que para Marruecos son imprescindibles, se irían al traste, con los plátanos, etc. Ese país tan maravilloso, con un potencial turístico impresionante, y nuestro paraíso atlántico, tan apetecido por millones de europeos, no pueden mínimamente correr ese permanente riesgo por una simple central eléctrica, cuando hay alternativas que nunca podrían poner en peligro la vida de un solo niño, ni de las futuras generaciones. En Marruecos sobra energía renovable, radiación solar y espacios, también una cultura milenaria de vida y respeto. ¡Que al menos África sea un continente libre de lo nuclear es una cuestión también de seguridad estratégica para la UE! África está esperando esa "nueva revolución energética" para combatir su endémica hambre y tanta inmigración. Canarias tiene que ser una plataforma de desarrollo. Hagamos, por lo tanto, que esa central se beneficie del programa MDL (Mecanismo de Desarrollo Limpio), previsto en Kyoto -de los 400 en ejecución, sólo hay cuatro en África; la UE quiere una distribución más equitativa"-. Esta es la solución que Europa y nosotros debemos alcanzar con nuestros vecinos, al igual que se hizo en 1999 con la desaladora de Tan-Tan.

Nuestro gobierno central, con su Ministerio de Industria, están "alejados" de esta amenaza. Justificar esa opción energética, por parte de Marruecos, con el concepto de soberanía nacional es, en este caso, regresar al tiempo de los romanos, en derecho, o poner la cabeza debajo de las alas. Que nuestro periódico El Guanche, en aras de nuestro amplio universalismo, sea el valedor de de esta nueva era energética, y defensor tanto de nosotros como de lo nuestro, como siempre.

Porque el viento que despierta los almendros en Arguayo y en Tejeda es el mismo de los valles del Anteatlas, donde los pueblos bereberes, como nuestra raíz, también festejan en Tafraoute ese renovado y floreal milagro de febrero. ¡Hermano!, no me envenenes ese viento, ni la mar ni la madre Tierra que nos alimenta, porque tú y yo somos parte de ellas. También el Corán nos recuerda que estar en paz y armonía con el prójimo es la mitad de la sabiduría de la vida.