¿Residuos o recursos?

Wladimiro Rodríguez Brito

Esta semana nos hemos encontrado con numerosos problemas relacionados con el estiércol de gallina, es decir, lo que hasta hace unos pocos años era un recurso imprescindible para el agricultor, ahora se ha convertido en un residuo que arrastra una gran problemática en su tratamiento y gestión y, por supuesto, con un coste nuevo e importante para el erario público.

En la historia reciente y no tan reciente de la sociedad de estas islas, agricultura y ganadería constituyeron un binomio perfecto, tanto en el sustento que proporcionaban a los isleños como en su papel complementario, es decir, que las vacas además de proporcionar leche o carne, suministraban trabajo y el estiércol, indispensable abono para conseguir cosechas provechosas de las tierras roturadas y cultivadas.

De esta manera, en todas las fincas de plátano del norte de Tenerife, la ganadería crecía a la vez que se sorribaban nuevas tierras, de manera paralela. No se entendía un cultivo sin ganado cercano que abonara estas tierras con su estiércol. Sin embargo, hoy no sólo ha retrocedido la superficie cultivada sino que ha crecido de forma inversamente proporcional el uso de abonos químicos, por no hablar de la importación de materia orgánica de otros países. Mientras tanto, nuestros ganaderos se encuentran con un nuevo problema y un coste añadido a su ya difícil sostenimiento empresarial, el otrora demandado estiércol se ha convertido en un residuo de difícil transporte y más complicado tratamiento. El mismo producto que pocos años antes le quitaban de las manos se ha transformado en un serio quebradero de cabeza. Así, numerosas granjas de cochinos, aves y vacunos ven comprometida su ya difícil viabilidad económica, acosados por las importaciones de choque, vía REA, y por el encarecimiento internacional de piensos y forrajes, sino por la delicada pituitaria de algunos ciudadanos y por los supuestos excedentes de estiércol que, en poco tiempo, han pasado de ser recurso insustituible a residuo indeseable.

Según un estudio reciente de la doctora Irene Dupuis sobre la situación actual de los residuos agrarios en Tenerife, con sólo 13.000 hectáreas abonadas con este tipo de estiércol solucionaríamos el problema, convirtiéndolos de nuevo en recurso. La realidad es que tenemos 21.000 hectáreas cultivadas y el problema aumenta cada día, porque la nueva cultura agrícola prefiere los abonos elaborados en España o en el extranjero, que el simple estiércol de la granja de al lado.

Esta cuestión pone de manifiesto que hay un desfase entre una agricultura sostenible, es decir, en equilibrio con nuestra naturaleza, y una agricultura "industrial", muy dependiente de la química, abonos, pesticidas, etc., pero muy alejada de la sostenibilidad con el medio natural que la soporta, generando una creciente y poco deseable dependencia del exterior. La agricultura es necesaria cada vez más, no sólo para producir alimentos frescos y puestos de trabajo sino también para que absorba gran parte de los restos vegetales y materia orgánica de procedencia animal, reduciendo con ello los ingentes residuos que saturan los vertederos insulares. Asimismo, la comercialización del compost de este tipo de residuos que salen de las plantas de tratamiento insulares está aún a niveles muy bajos, por lo que hay que hacer un esfuerzo mayor para que el agricultor tinerfeño y canario los prefiera antes que otras opciones que no aportan nada a la sostenibilidad de su tierra. He aquí, sin duda, una de las relaciones más claras entre agricultura y desarrollo sostenible.

* Consejero de Medio Ambiente y Paisaje del Cabildolnsular de Tenerife