Los restos del paraíso

Juan Manuel García Ramos

Cuando la historia de la humanidad se vuelve más incomprensible y sanguinaria en los escenarios de las guerras actuales de Irak o de Afganistán, en los tribalismos africanos o en el conflicto permanente palestino-israelí, sin olvidarnos de la pobreza o de la enfermedad que asolan a gran parte de los 6.500 millones de actores de este planeta, nos llega la noticia de dos espacios vírgenes del paraíso perdido.

En un corto espacio de tiempo, las agencias informativas nos han dado cuenta de lo sucedido en las montañas profundas de Papúa Nueva Guinea y en las aguas cristalinas que rodean a la caribeña isla de Saba.

Trescientas mil hectáreas de bosque tropical inexplorado hasta ese momento fueron investigadas por científicos estadounidenses, australianos e indonesios en las Montañas Foja en la provincia de Papúa el pasado diciembre de 2005, aunque es ahora, durante el mes de febrero en curso, cuando nos dan noticia del hallazgo de cinco nuevas especies de palmeras, del mayor rododendro jamás contemplado, de un pájaro desconocido que se alimenta de miel, de unas veinte especies de rana, de cuatro nuevas mariposas, de varios mamíferos, del pájaro constructor de frente dorada, y del redescubrimiento del pájaro del paraíso de Berlepsch, descrito en 1897 por el ornitólogo alemán Otto Kelinschimid a partir de pieles de animales muertos, pues esta ave nunca había sido vista en libertad.

Apenas una semana después de lo de Papúa, quizá obrando por simpatía, como los explosivos, científicos estadounidenses dan a conocer su expedición al atolón de la isla de Saba, a unos 250 kilómetros de Puerto Rico, en las islas holandesas de Barlovento, donde descubren un mundo submarino insólito, nuevas especies de gobios, de peces pequeños con aletas abdominales y torácicas unidas en forma de embudo, y más de doce especies de algas no catalogadas. Según estos expertos, se trata del hábitat marino con mayor biodiversidad de todo el océano Atlántico en el que viven especies hasta ahora ignoradas.

No sólo sorprenden estas revelaciones del mundo biológico y botánico, después de lo que ha llovido para las ciencias del hombre, sino que nos refrescan nuestra capacidad de asimilación informativa.

Tanto el responsable del equipo de investigadores de Papúa, el conservacionista (no sabía que esta palabra existía en el español académico actual, he de confesarlo) estadounidense Bruce Beehler, como el director de la iniciativa de la isla de Saba, el biólogo Michael Smith, se han apresurado a confesar que los parajes descubiertos cerca del Pacífico y en el Atlántico pueden pertenecer al edén perdido, al paraíso que alguien fabricó para nosotros en la Tierra y que sólo nosotros nos hemos encargado de destruir.

Noticias del paraíso en un tiempo en el que sólo sabemos de infiernos, el hombre jamás renuncia a soñar con los mitos engordados por su imaginación de ser inconsolable.

Estas crónicas apresuradas de Bruce Beehler y de Michael Smith me han retrotraído a lecturas viejas, a narraciones del Descubrimiento de América en el siglo XV y, en especial, al relato del primer viaje que los hombres realizaron alrededor del globo terráqueo debido al navegante y escritor italiano Francisco Antonio de Pigafetta, nacido y muerto en la Vicenza, y compañero de Hernando de Magallanes y de Juan Sebastián Elcano en su aventura oceánica.

Pigafetta, que nos da cuenta de lo sucedido desde el 10 de agosto de 1519, que zarpan cinco barcos de Sevilla, hasta que regresa a la misma ciudad andaluza sólo una de esas embarcaciones el 8 de septiembre de 1522, después de haber dado la primera vuelta al mundo, escribe sus impresiones contagiado por la imagen de un paraíso por encontrar del que nos había dejado muchas certidumbres el mismo Cristóbal Colón, quien aún en su tercer viaje al Nuevo Continente, en 1498, sitúa ese paraíso en las Fortunatae Insulae, "que son las Canarias", como el mismo almirante afirma en sus diarios de a bordo.

Pigafetta cita en dos ocasiones su encuentro con las aves de paraíso, que no sé a ciencia cierta si tienen que ver con las avistadas ahora en Papúa.

Después de abandonar Sierra Leona dice que vieron "pájaros raros", algunos sin cola ni patas, con la hembra poniendo y empollando sus huevos en la espalda del macho, en medio del mar.

Ya en aguas del Pacífico, nos comenta de nuevo que un rey de Bachián les entrega dos pájaros muertos muy hermosos para el rey de España que tenían el tamaño de un tordo, de cabeza pequeña, el pico largo, las patas del grueso de una pluma de escribir, sin alas, y en su lugar largas plumas de diferentes colores, pájaros que no vuelan más que cuando hace viento y "dicen que vienen del Paraíso terrestre, y les llaman bolondinata, esto es, pájaro de Dios".

Pigafetta quiere contar no sólo lo que ve, sino las maravillas que oye murmurar a su alrededor y que mezcla con la realidad. Así nos habla también de unas aves negras que matan a las ballenas introduciéndose en las gargantas de esos cetáceos y lanzándose hacia sus vísceras para arrancarles su corazón que terminan comiéndose.

La imaginación de los viajeros del Renacimiento sigue rivalizando con los científicos de nuestros días y siempre parece que estamos a punto de hallar algo monstruoso o tan solo desconocido que termine por asombrarnos.

En 2003, en la isla de Flores, en Indonesia, supimos además de la existencia de un Homo floresiensis, un homínido que medía un metro de estatura y tenía un cerebro pequeño parecido al del chimpancé. Otro hallazgo que desafiaba el concepto mismo de lo que nos hace humanos.

Nunca terminamos de descubrir el misterio de la vida en un planeta que ve desaparecer cada año miles de especies animales y vegetales y al tiempo localiza sin cesar nuevas formas de existencia.

Cada una de esas especies, como nos comenta el profesor y escritor George Steiner en unas memorias inusuales, representa un mecanismo de adaptación, un nicho ecológico específico, como si la naturaleza realmente tuviera horror al vacío.

De ese aparente exceso de especies y de esa diferenciación radical surgen la rebosante energía del ser y el desarrollo orgánico.

Y por analogía, dice asimismo Steiner, igual ocurre con las lenguas que se hablan en el mundo. Todas y cada una de ellas representan una posibilidad en un espectro presumiblemente infinito.

Estas posibilidades son las lecturas del tiempo y del mundo. No hay dos lenguas, no hay dos dialectos o idiomas locales dentro de una lengua que identifiquen, designen, cartografíen sus mundos del mismo modo.

Los acontecimientos científicos de Papúa, Saba y Flores, el milagro de esas nuevas especies de vida en este planeta compartido, nos devuelven a nuestros antepasados originales.

Despedidos con prisa del paraíso, esos progenitores no tuvieron tiempo de inventariar la riqueza con la que habían sido premiados. Todavía estamos en esas labores de reconcomio y de autocompasión.

La ciencia se abraza a la teología para demostrarnos a todos que el paraíso existió.