Resurrección del pasado

Juan Jesús Ayala

 


Con la ley de La me­moria histórica se es­tá dando la vuelta a páginas que deberían estar emborronadas y no sacar en este mo­mento a la luz viejas heridas que bien pudieran propiciar otras nue­vas. Puede que no sea así y que el efecto sea, precisamente, el con­trario: que al recordar se olvide. Que al volver la mirada hacia el pasado sea este un referente obli­gado para saber lo que aconteció y sirva de ejemplo para que no se instauren de nuevo aventuras de ese tipo, a la vez que a la historia se le coloca en su sitio.

 

Pero el riesgo está señalado. Y la fractura que se observa hoy en la sociedad de este país parece evidente y no quererlo saber es ir contra corriente. Hoy y ahora, después de la Transición puede se esté ante una situación un tanto confusa donde los acontecimien­tos están poniendo a prueba a más de uno, llámense estos las nego­ciaciones con ETA que no termi­nan de consolidarse, el nuevo ma­pa político con las reformas esta­tutarias de las Autonomías que van acercándose a una conceptualización más clara y determinante de lo que es un estado federal, así como ciertas leyes que se han aprobado desde una posición que se titula progresista, que se puede entender, pero que el atavismo de una derecha encorsetada en la premodernidad no las admite así de pronto.

 

Bien es verdad que aquella paz de Franco, y a él tenemos que re­montarnos, fue uno de los timos listóneos muy bien montado y contado por los vencedores de ana guerra que los dos bandos se empeñaron en alargar tres años, la represión posterior a la guerra civil fue verdaderamente contumaz y atroz con cárceles atestadas le prisioneros, con campos de trabajo infernales y un sin fin de torturas y ejecuciones y una policía perfectamente adiestrada por la Gestapo alemana que actuaban en fabricas y universidades cuyo pa­pel fundamental era el manteni­miento de la paz franquista a toda costa.

 

Se asumió, no había otra alter­nativa en ese tiempo histórico, esa situación; pero desde ella, desde su ombligo se fue fabricando la in­quietud, la desesperación y un de­seo inquietante y prometedor de romper con todo lo que estaba en un largo período de transición del que se sabia que terminaría tarde o temprano.

 

Tejero irrumpe en el Congreso, los Sánchez Covisa, los Blas Pi­ñar y aquellos que no toleraban la vuelta hacia una concordia esta­ban medrando y pululando por los corredores del país y alentaban y entonaban otra vez el Cara al sol con la intención miserable de una vuelta a la Revolución Nacional Sindicalista que fue asumida por jefazos y mandamases civiles y militares imbuidos de incultura y rebosantes de resabios políticos y revanchistas. En los últimos días de Franco y a través del Gobierno de Arias Navarro y ante la influen­cia de la Revolución de los Clave­les portuguesa se quiso iniciar una tibia reforma democrática, solo eso, porque la voz del  león de Fuengirola, Girón de Velasco, ru­gió de manera estentórea y puso firmes a los que pretendían que el poder se fuera de las manos de los militares. Pero, a pesar de todo, lo que vino después fue alentador ya que se logra la paz entre todos los españoles y se apuesta por la de­mocracia.

 

¿Y ahora, qué? ¿Hemos avanza­do?, ¿o la memoria se ha enquistado y se ha vuelto paralítica? Así de pronto y si se analiza desde el pun­to de vista de los psicólogos socia­les del PSOE se deduce que lo que pretende el Gobierno es dejar las cosas en su sitio por el bando de los perdedores. Lo que nos parece bien. Pero sucede, y lo estamos viendo, que en el bando de los ven­cedores aparecen también voces que hablan de lo que se hizo en el ambiente sangrante de una con­tienda fratricida y que ellos también lo sufrieron. Y si se sabe que históricamente las fuerzas de la derecha han sido más favorecidas que la de las izquierdas ir por el camino del equilibrio, por el camino de que nadie ha sido más que nadie y memorizar a aquellos a los  que sus derechos se le ultrajaron y hasta se les quitaron nos parece  bien. Y debe ser así, por justicia. Pero sin perder de vista la realidad histórica de antes y de ahora.

 

De ahí que habría que tener en cuenta y no echar en saco roto que los poderes fácticos aun fun­cionan en un Estado de derecho y se puede uno preguntar si no es­tarán afinando aun más sus diatribas y sus posicionamientos, que si se hacen desde la vengan­za, mal asunto, ya que retrocede­ríamos a un pasado gris oscuro. Pero si se hace desde la objetivi­dad y desde la imparcialidad sería un aldabonazo en la conciencia colectiva, lo que sería no solo bue­no sino necesario. Y ahí el com­promiso es tanto del Gobierno, de la oposición como del resto.