África:
retórica y realidad
Juan Manuel
García Ramos
A lo largo de la historia todo lo que Europa hizo con África lo
hizo mal. Como nos ha señalado el sociólogo español Manuel Castells, el primer
colonialismo europeo inventó países en África que nunca existieron, salvo en
los mapas militares de los colonizadores, y el neocolonialismo posterior
instaló en el poder a élites corruptas a quienes se dejó practicar el pillaje
de sus pueblos a cambio de mantener la explotación de las riquezas del país en
la órbita de las antiguas metrópolis.
Casi me extasié delante del
televisor el pasado martes al contemplar las magníficas instalaciones de
Recelos entre las dos islas capitalinas canarias aparte, el organismo que ahora
se inaugura viene a cubrir un vacío diplomático, económico, social y cultural
entre el continente vecino y este Archipiélago que se echaba mucho en falta.
Nada que oponer a las palabras del ministro de Asuntos Exteriores español
referidas a la necesidad de desmontar los estereotipos con los que juzgamos a
África desde hace siglos, y quizá tampoco nada que objetar -a no ser el lirismo
excesivo-, a sus alusiones a África no como un continente viejo, sino como un
continente lleno de futuro (?); no como una amenaza, sino como una oportunidad
(?).
Según Miguel Ángel Moratinos, África tampoco es un
continente pobre (?), sino empobrecido por la expoliación sufrida durante
tantos y tantos años. Extremo bastante cierto sin ningún género de dudas.
Nada que oponer, en el mismo sentido, a las palabras del presidente de Senegal
sobre la urgencia de librar a África de seguir viviendo de la caridad
internacional y de convertirla en un lugar del mundo autosuficiente.
Desde luego, como resaltó don Juan Carlos de Borbón, materias primas básicas y fuentes
energéticas no le faltan al vecino continente para iniciar una nueva etapa de
su depauperada historia.
Es decir, nada que objetar a todas esas hermosas, vibrantes y esperanzadoras
palabras, siempre y cuando las consideremos sólo eso: palabras.
Porque una vez más podemos comprobar que entre las palabras y las cosas hay
excesiva distancia. Que entre el deseo y la realidad hay demasiado trecho.
Delante del mismo televisor, donde aparecían esas imágenes pulcras, de reyes,
presidentes y embajadores, y apenas unos instantes después, saltaba la noticia
convertida en rutina durante los últimos años: un cayuco con ciento seis
inmigrantes de origen subsahariano había sido
avistado a ciento treinta millas al sur de Tenerife y se dirigía al puerto de
Los Cristianos escoltado por Salvamento Marítimo.
Esta vez todos llegaban sanos y salvos y no aumentaban la vergonzosa y terrible
cifra reconocida por
Las plañideras de la costa de las rocas negras del condado irlandés de Dún nGall (Dónegal)
"antes de llorar por los muertos -pescadores, por regla general-, lloraban
por el mar, obligado por su propia condición a dar aquellas muertes",
según refería el escritor gallego Álvaro Cunqueiro.
Y otro escritor dublinés, el poeta William B. Yeats,
según leo en un reportaje de la revista Altair,
recordó aquella costumbre de las mujeres irlandesas con unos versos donde aludía
a "la santa inocencia asesina del mar". Un mar forzado a matar. Y
unos pescadores obligados a lanzarse contra el oleaje día tras día para
arrancarle su sustento al océano.
Ahora se trata del mismo Atlántico cumpliendo tareas semejantes con aquellos que
se aventuran a salir del Cuarto Mundo para llegar al Primero, o al que ellos
creen el Primero.
"Santa inocencia asesina del mar": un buen rótulo para todo lo que
estamos soportando en los últimos años sin que nadie frene esa masacre marina
delante de nuestros propios ojos.
Y venga Frontex para acá y venga Frontex
para allá. El presidente en funciones del Gobierno de Canarias dice el mismo
día que esa agencia de control de fronteras de
Son demasiadas las contradicciones de las voces responsables para uno hacerse
una idea aproximada de lo que realmente sucede con Europa, sus instituciones y
la imparable inmigración africana y extrafricana.
A lo largo de la historia todo lo que Europa hizo con África lo hizo mal. Como
nos ha señalado el sociólogo español Manuel Castells, el primer colonialismo
europeo inventó países en África que nunca existieron, salvo en los mapas
militares de los colonizadores, y el neocolonialismo posterior instaló en el
poder a élites corruptas a quienes se dejó practicar el pillaje de sus pueblos
a cambio de mantener la explotación de las riquezas del país en la órbita de
las antiguas metrópolis.
Castells es pesimista con respecto al futuro de África, y el principal
obstáculo para que ese futuro no se despeje es el gran número de estados
africanos construidos en torno a divisiones étnicas, vasallos de las empresas
multinacionales y de los gobiernos extranjeros dedicados a comerciar con su
pobreza.
Esas divisiones étnicas son las que conducen a guerras fratricidas como las
protagonizadas por la minoría tutsi en Ruanda y su
casi exterminio a manos de los hutus. Se calcula que
más de seiscientos mil tutsis fueron masacrados por
los hutus en su intento vengativo por convertirse en
interlocutor de
Para Castells, el gran problema de África hoy es político. Se necesita
inversión, educación y tecnología, pero sobre todo se necesita construir
sociedades civiles decentes y capaces de organizarse por sí mismas. Como ha
sido capaz de organizarse Sudáfrica, que es el ejemplo más ilustrativo de cómo
las cosas pueden ser de otra manera. Como también Mozambique y Botswana, según
puedo colegir de los datos que se aportan sobre sus respectivas realidades
sociales, políticas y económicas.
No hay más cera que la que arde: o los países representados el pasado martes en
la inauguración de
Llevamos cuatro o cinco años esperando que esa Europa y sus instituciones
alcancen un consenso sobre una política de inmigración común y nada parece
anunciarnos que ese objetivo esté próximo. Los inocentes caen en manos mafiosas
que los conducen a trancas y barrancas a las migas de pan caídas desde las
mesas prósperas del norte. Una ruta diabólica cuya estación central hoy es
Canarias.
No hay demasiados motivos para pensar que todo no va a seguir igual a pesar de
relumbrantes inauguraciones y discursos bienintencionados. Ojalá nos
equivoquemos, pero la impresión es que el tiempo no hace sino girar sobre sí
mismo.
Tanto el pasado como el futuro de África nos siguen pareciendo tenebrosos. Y
los primeros que saben eso son los que se meten en un cayuco o en una patera y
se juegan la vida para pasarse al enemigo.