El retorno de los brujos

Juan Jesús Ayala

Hubo momentos en la historia de la humanidad en que se deseaba el progreso no sólo en el campo de la tecnología, sino en el de las ideas, y que estas iban a propiciar un ambiente estimulante para que el futuro se aguardase con expectativa y, sobre todo, con fe en él. Íbamos a ser mejores, el hombre miraría al otro como uno más, al que le daría la mano y todos juntos romperían la muralla del oscurantismo y de los miedos heredados de un siglo lleno de guerras y de catástrofes.

El futuro, pues, parecía que agradaba y hacia él se caminaba con cierta prisa para no tardar en apuntalarnos como especie que no se extinguiría a pesar de los cataclismos, de las conquistas y de las guerras; se había sobrevivido y se sabía por donde rondaban los demonios, los brujos o los hados. Se confiaba en el futuro porque el presente era algo tan estable y definido que su certeza y fiabilidad podían proyectarse indefinidamente hacia el porvenir. Pero fue flor de un día. La claridad y esplendor de una época se ha vuelto sobre sí misma y se está de nuevo pisando la inseguridad de un presente ambiguo y pleno de incertidumbre y si se proyecta al futuro, es ya no como una esperanza, sino que es la desconfianza lo dominante.

Y ahí el dilema, el estrangulamiento de los sentimientos, el adocenamiento de los cuerpos y el desgaste total de las ideas que apenas ya ni existen. ¿Para qué? Dirán muchos. Si cuando el mundo estaba plagado de pensadores egregios y estos no fueron capaces de alertar o de tergiversar las voluntades de los dioses de la guerra, ¿ahora qué? ¿Cómo se puede confiar en un presente que parece prestarse a traicionarnos con inmediatez? Y cuando la inseguridad en el futuro se proyecta en el presente lo que aparece en escena es el desconcierto y un cierto estigma de hedonismo que da un barniz falso a una sociedad que se tambalea. El presente de esa manera se vuelve ingobernable, desorganizado, incierto y azaroso. Y ello es así tanto a nivel global como a nivel personal.

Y si el futuro no lo controlamos, se subleva, y el presente se nos escapa de las manos ¿a quién se lo debemos? Al retorno de los brujos como si fueran heraldos de los viejos dioses ocultos, augurando que somos víctimas involuntarias de fuerzas, tanto sobrehumanas como sobrenaturales, con lo que se regresa una vez más a una zona-espacio de oscurantismo.

El desconcierto ante la problemática mundial de los señores que gobiernan el planeta hace que muchos de ellos se crean, efectivamente, que son los brujos, los que nos guían a las oscuridades, los que nos dicen machaconadamente que morir es mejor que vivir.

Cuando los brujos llegan y tocan a la puerta y salimos a recirbirles pensando que nos van a traer alguna buena nueva y lo primero que vemos es un ser sin rostro, marcado por las arrugas del tiempo y de la tragedia, y queremos, a pesar de todo, hablar con él, no lo logramos porque lo único que obtenemos es su gemido o su aullido y si el lenguaje que tanto define al hombre se ampara en la mueca, estaremos en el camino de la autodestrucción y ser ignorantes de nuestro propio destino.

El oscurantismo cuando se instala en la sociedad lo hace por una inercia establecida y dinamizada por la falta de perspectivas, desde la gente joven, no todos, que viven al día, que no desean intuir futuros, que no creen en nada ni en nadie y que su mejor amigo es la estridencia y el silencio de los estómagos calcinados por el alcohol; y también desde la madurez en que su la perspectiva se ha acotado, se ha diluido dentro de sí y lo único que mueve su interés, es el día a día, el dejarse mover por estas o aquellas circunstancias que se les suministra desde el reino del brujo que dirige sus pasos hacia la nada; y una vez allí dedicarse a contar las horas muertas como si el tiempo se hubiera parado, porque el brujo hace que confundamos en esa situación el presente con el futuro.Y ahí, cuando es ese el espacio en donde nos movemos el progreso se diluye siendo el oscurantismo y la irracionalidad lo que aparece, y lo hace de manera imperceptible, sin que nadie se percate de ello porque se piensa en nada.