Revalorización
social de la corrupción
Manuel Marrero
Morales (*)
“Hay personas que hacen nacer flores donde nadie
pensaba que fuese posible” (Paulo Freire)
La
población está saliendo aún del aturdimiento producido por la campaña electoral
y su posterior resaca. La contaminación acústica ha sido excesiva, el cruce de
improperios y descalificaciones se ha generalizado, convirtiéndose para algunos
en el motivo central de su propio discurso. Programas vacíos de contenidos,
sustituídos por declaraciones altisonantes, difamaciones y puesta en tela de
juicio de las personas, ya que las ideas han estado prácticamente ausentes del
debate electoral.
Por todas
partes, la imagen de cartón piedra de los candidatos, la frase del
publicitario, que ha convertido a la política en un objeto de compra-venta, el
intento denodado por convencernos de que hay que depositar una confianza ciega
en sus personas, sin proponernos ideas, ni programas, ni alternativas para el
cambio social. Sólo por ser ellos, que además ya se han convertido en unos
profesionales de vivir de la cosa pública.
Se han
acostumbrado a vendernos humo, a comerciar con los elementos identitarios de
una sociedad, a disparar con pólvora ajena, a dirigirse a todos nosotros cada
cuatro años, en una ceremonia de la confusión, para luego gobernar sólo para
unos cuantos, que son los que les financian las costosísimas campañas, porque a
cambio están seguros de que recibirán muchas prebendas: recalificaciones de
terrenos, concesiones de obras, permisos vergonzantes, facilidades múltiples,
adjudicaciones millonarias, favorecimiento de sus negocios privados (en
sanidad, por ejemplo) en detrimento del servicio público. La acaparación de
medios de comunicación es uno de sus exponentes de poder. Así se silencia y se
amordaza la libertad de expresión y se aminora, llegando incluso a ignorarse,
toda contestación social.
Esos mismos
padrinos están fabricando en estas islas una especie de “cosa nostra” aliada
estrechamente con algunos de los que se han presentado bajo el santo y seña de
“hecho en Canarias” y “con confianza en el futuro”, cuyos primeros exponentes
de presuntas corrupciones habían comenzado a aparecer en los casos de Telde,
Mogán, Eolo, Marina deportiva, Fórum Filatélico, Las Teresitas... con
encarcelados, imputados, y pendientes de juicios por delitos varios contra los
intereses públicos.
Sin embargo, a
la vista de los resultados electorales, parece que han desgastado más a algunos
partidos sus propias disensiones internas que las imputaciones judiciales. La
corrupción ha pasado a ser un valor añadido para muchos individuos que se
presentan a los cargos públicos. De un político que no sea un chorizo parece
que hay que empezar a dudar, porque es tonto. Esta sociedad está dando un salto
cualitativo, que está comenzando a vaciar de contenido una de las esencias de
la democracia: la del servicio público, la de la gestión transparente en
beneficio de la mayoría. El reconocimiento a través del voto a algunos de los
próceres imputados en diversas instituciones de estas islas ha venido a
significar un espaldarazo a su manera de actuar, a una forma de gobernar en
beneficio propio y de su círculo de influencia, en detrimento del conjunto de
la ciudadanía. Nunca el “panem et circenses” había quedado tan patente en estos
treinta años de democracia.
Definitivamente,
podemos afirmar -y los resultados electorales así lo confirman- que estamos
asistiendo a la revalorización social de la corrupción.
Por
tanto, como sigo convencido de que importantes sectores de la sociedad o se han
inhibido o han apoyado a los presuntos “perdedores” o han votado por prometidos
cambios, y de que todos los descontentos juntos somos muchos, somos una inmensa
mayoría, y que muchas veces hemos estado en las calles codo a codo, y lo vamos
a seguir estando, y , además, vamos a seguir vigilando y denunciando los
atropellos al paisaje y al paisanaje; por todos estos motivos, sigo esperanzado
en que los corredores de fondo, al final, ganaremos esta partida. Como afirmaba
el pedagogo brasileño Freire, sin esperanza no podemos ni siquiera empezar
procesos transformadores, pero sin procesos la esperanza se corrompe y se
convierte en "trágica desesperación", y desesperanza es lo mismo que
quietud, inmovilismo, mantener el statu quo. El proceso requiere reflexión crítica
acerca de los contextos concretos, de los momentos, de los desafíos y de las
dificultades que deben superarse. No podemos desertar, hay que seguir, erre que
erre, trabajando unidos por la transformación social.
(*) Profesor de
Secundaria y miembro del Secretariado Nacional del STEC-IC