¿La reversión de la historia?
Juan Jesús Ayala
Es ésta una pregunta que está sonando en el gran diapasón del acontecer mundial. ¿La historia ha tomado la curva girando en dirección opuesta? ¿En el solsticio de la historia, una vez llegado a la curva de la gran evolución, ha empezado el declive de los acontecimientos, el desarrollo en sentido inverso?
Algún que otro sabio dice que sobre la Tierra convertida en esfera, cada movimiento que nos aleja de un punto empieza por eso mismo a acercarnos a él; o sea, que cada movimiento aparente de la historia nos acerca imperceptiblemente a su punto antipódico, e incluso a su punto inicial.
Es como si fuera el fin de la linealidad, lo que viene a traducirse, con todo el énfasis desgarrador que se le quiera poner a las cuestiones, que desde esa perspectiva el futuro ya no existe.
Baudrillard lo admite sin ambages y corrobora lo de estos sabios: "Estamos ante un proceso paradójico de reversión, ante un efecto reversivo de la modernidad que, habiendo alcanzado su límite especulativo y extrapolado todos sus desarrollos virtuales, se desintegra en sus elementos simples, según un proceso catastrófico de recrudecimiento y turbulencia".
Ante esto, se pudiera pensar que estamos borrando las huellas de la historia, que los hombres, que son los que fabrican y ponen letra a la historia, se han quedado como simples extras y ya no como actores en las decisiones del planeta que camina reptante por sendas angostas, llenas de vacíos donde las ideas no existen y sí la voluntad y la animalidad propia del primigenio, del salvaje.
Y creo que estamos en ese capítulo, no del final de la historia pero sí en el final de muchas historias. Se ha luchado a lo largo de siglos para asentar la democracia y para que sea el paradigma de la concordia social y política. Y ¿qué? Se comprueba que de nada vale ante decisiones altísimas y de gran calado, ya que se le manda a la porra y se pone como telón de fondo de una estúpida justificación y como parangón de lo inexistente. Democracilla de andar por casa para ir alimentado falsas voluntades, mientras a lo lejos, lo que se oye con gran estruendo son escandalosas risas y mofas sobre el sistema.
Nos han dicho de los magníficos logros que se han conseguido y las guerras que se han tenido que propiciar para implantar al ser humano con la máxima dignidad en el mundo; y ya ven, nunca como ahora ha sido el ser humano más vejado y ultrajado. Basta con levantar la vista: Guantánamo, Nigeria, Irak...; habitáculos aterradores para la pena de muerte, cámaras de gas regadas no sólo por el mundo llamado incivilizado y medieval, sino también asentados en el mismísimo cogollo de la modernidad.
Nos han dicho, también, de la perfectibilidad de los regímenes políticos, de la delicadeza de los gobernantes con los gobernados, que, al fin, los subditos se han alejado de la sociedad, ya que aparece con más fuerza que antes la palabra benefactora de ciudadano. Y ¿qué? Hoy el ciudadano, ese ente al que se le quiere perfeccionar dentro de la concepción pura de una semántica apañada, es una piltrafa en manos de cualquier administración, en manos de cualquier tentativa política y de la miseria ocasionada por los poseedores del poder y de la gloria.
Nos habían dicho, como no, y los oídos se nos ensordecieron por los clarines desplegados junto a ellos con la llegada del Nuevo Orden Mundial y vemos que este orden sólo sirve para alimentar iluminados y psicópatas que hacen del mundo lo que sus devaneos y sus malos sueños les inducen a hacer.
Y hay que decir, por lo tanto, que si la historia un día llegó a su más alta cumbre y que desde allí tras esfuerzos que son traducción de sangre, sudor y lágrimas fue un paradigma de lo que no debía seguir haciéndose, que no merecía la pena llegar tan alto a tan alto precio y que habría que rebajar los objetivos, situarlos a ras de suelo, cerca del hombre para que se le considerara como tal, no ha merecido la pena porque se ha retrocedido.
Se está en una reversión de la historia, en una vuelta al principio, al fin de la linealidad conseguida por los entupidos y por los estólidos que desde su percepción de supermanes han logrado que el avance sólo haya servido para ponernos en el trance de una destrucción planificada o en el inicio de todo.