The Independent – Viernes 19 de agosto 2005 -
Editorial y Opinión
Una revolución salsosa se está extendiendo desde las barriadas de Venezuela
Una nación que DEMUESTRA como el dinero proveniente del petróleo puede crear una revolución social para los pobres
Johann Hari
Latinoamérica es un cementerio de falsos profetas. En cada esquina hay un recuerdo de los Mesías políticos que han fracasado. Bolívar, Che, Evita, Fidel, todos son recordados en estatuas y lienzos que miran hacia un continente casi tan pobre y esclavizado como África.
Pero algo está retumbando aquí en los barrios de Caracas, algo que está causando temblores en la Casa Blanca. Una revolución salsosa se está extendiendo desde las barriadas de Venezuela, y es la primera en Latino América que es totalmente democrática y gradualmente, asombrosamente efectiva.
Pero para comenzar esta historia, tengo que llevarlos a un tour por la antigua Venezuela. El barrio Nueva Tacagua es una barriada ubicada en uno de los cerros que rodean a Caracas, construida por el gobierno durante la prosperidad petrolera de los años 70. Cientos de casas fueron construidas con cartón comprimido y techos de zinc ya oxidados. Se conectan por medio de un sendero en el que se puede encontrar algún cubrecama abandonado.
El barrio está anidado en lo que parece un río de basura y mierda. Como no hay recolección de basura y como los colectores de cloacas no admiten desechos sólidos, todo es lanzado colina abajo con la esperanza de que se desintegraran algún día. Niños con caras de viejos juegan allí.
Gladis de Tarate vive en una abarrotada lata de sardina con sus cuatro hijos, su esposo y su mamá. Ella me dice: "Esta tierra no estaba en condiciones de ser habitada. Estamos sobre una falla de borde y siempre estamos esperando el próximo derrumbe, como los que ocurrieron en 1999 y dejaron miles de muertos."
Pero hay preocupaciones más inmediatas: cuando llueve, el agua corre cerro abajo tan rápido que puede arrastar carros y casas consigo. El mes pasado se llevó a una pequeña niña.
A principios de los años ochenta, el gobierno envió como solución algunas casas remolque y se vanaglorió de eso por años – pero eran insoportables calurosas, "como estar dentro de un horno", un hombre me explica, y tuvieron que ser abandonadas. Los servicios públicos eran prácticamente inexistentes: nadie aquí veía algún doctor excepto durante emergencias extremas, y la escuela tuvo que cerrar durante tres años porque el techo se cayó.
Esta es la vida que se le daba al 80 por ciento de los venezolanos, de color mestizo en su mayoría, dejados fuera de la oligarquía blanca que durante 40 años gobernó con una pseudo democracia corrupta.
Esa Venezuela está desmoronándose. No solo metafóricamente, sino literalmente. Los barrios se caen cerro abajo; las casas desaparecen bajo los derrumbes cada cierto tiempo. Y – como resultado de una lenta pero encendida revolución social que se está gestando acá – éstas comunidades están (al fin) siendo reubicadas o reconstruidas como parte de algo que todo el mundo aquí llama "El Proceso".
Para comprender como El Proceso comenzó, tenemos que retrocedernos hacia 1991 – el año en que la vieja Venezuela alcanzó su nadir: El Fondo Monetario Internacional (FMI) exigió al recién electo gobierno de Carlos Andrés Pérez que cortase las pequeñas ayudas que se les daba a comunidades como las de Nueva Tacagua. Como siempre, impusieron sus propia ideología neoliberal – administración pública reducida, impuestos bajos, y privatización de servicios públicos – por encima de la democracia.
Aún cuando Pérez había basado su campaña precisamente en una plataforma opuesta, sucumbió ante esas demandas. El precio de los alimentos se cuadruplicaron, el desempleo se disparó y los exiguos servicios públicos al alcance de los más pobres fueron eliminados. Los barrios estallaron.
¿Cuál fue la respuesta del gobierno? Una masacre de más de 500 personas. Residentes de éste barrio recuerdan la llegada de los soldados armados con metralletas en el día del estallido social. Mataron a un hombre y lo lanzaron cerro abajo. La protesta acabó.
Pero de éste caos causado por el IMF, ellos explican, emergió una alternativa. Un general izquierdista, Hugo Chávez, comenzó a articular una alternativa para enfrentar al neoliberalismo que se había impuesto en Latinoamérica durante dos décadas – el neoliberalismo que ha creado el crecimiento económico más lento y la más alta desigualdad que se tenga memoria. En 1998 fue electo presidente. Desde entonces, él ha sido ratificado – en elecciones y referendos libres y abiertos – no menos de siete veces.
El Proceso Chavista se ha hecho carne en la persona de María González, con la cual me tropecé en uno de los barrios más peligrosos de Venezuela. Ella es una mujer de 60 años con un rostro de determinación y un dulce enjambre de nietos alrededor de ella. Ella estaba sentada en una clase de las miles de "misiones educacionales" establecidas por el gobierno de Chávez. Después del que el gobierno duplicó los gastos educativos, los barrios se están llenando de nuevas escuelas. Y no son sólo para los niños, sino para la mayoría de los adultos que fueron dejados fuera por el sistema educativo.
María explica que en la vieja Venezuela, la mayoría de la gente abandonaba la escuela a los doce años. Ni siquiera ella fue tan afortunada – ella nunca tuvo escolaridad. Como millones de venezolanos, en el medio de la riqueza proporcionada por los chorros de petróleo ella quedó totalmente analfabeta. Ella enseña un pedazo de tiza con una sonrisa y lentamente, cuidadosamente, escribe su nombre en una pizarra. Se voltea hacia mí y me indica asintiendo. "He trabajado toda mi vida como una mula. Pero ahora no moriré tan ignorante como una", ella dice.
En cada barrio, encuentro una misión médica, otra de las joyas de esta nueva Venezuela. Son clínicas recién construidas – con la riqueza petrolera – donde los pobres ven doctores, muchas veces por primera vez en su vida. Miles de Marías enfermas van en busca de medicinas cada semana: muchas me dicen que podrían haber muerto sin estas misiones.
Muchas veces, algunos de nosotros que nos preocupamos por los derechos humanos pensamos solo en términos negativos – una masacre aquí, una prisión allá. Pero a lo largo y ancho de Venezuela yo me he encontrado todo lo diametralmente opuesto a las masacres en estas misiones: gente sana por medio de balas medicinales. Incluso, han aparecido en Nueva Tacagua mientras sus residentes esperan ser reubicados.
A pesar de todo esto, el proceso democrático en Venezuela ha sido sometido a una furiosa diabólización e incluso a un (efímeramente exitoso) golpe de estado. La razón principal de estos asaltos al gobierno electo de Venezuela es clara. La riqueza petrolera se supone que gotea directamente hacia arriba, hacia las trasnacionales, no hacia abajo, hacia los pobres.
El presidente sentado sobre las reservas petroleras más grandes fuera de las del Medio Oriente no debe oír a su gente y gastar los petrodólares en educación ni salud. No se supone que incremente los impuestos a compañías como la Halliburton de un insignificante 1% a un 17% para costear escuelas y hospitales para personas como Gladis y María.
Una sala de clases, un hospital, un barrio: éstos pueden ser sitios improbables para hacer una revolución social. En Europa asumimos que los gobiernos deben proveer de éstos servicios a los más pobres. Pero en un continente al que se le ha obligado antidemocráticamente a adoptar el neoliberalismo por décadas, le tomado a una revolución salsosa – una llamada bulliciosa y orgullosa desde los barrios de Venezuela – producir una democracia social.
Traducido por Mercedes Gardner