Un Rey en un país sin monárquicos
La soledad del Rey
Capítulo I
Juan Carlos I, el rey de España, se lo dice a todo el
mundo con su desenfado característico: «Aquí hay que ganarse el sueldo todos
los días, si no te botan». Una lección sabia, la de la profesionalidad, en el
libro no escrito sobre el oficio de un monarca moderno, sobre todo cuando el
país en el que reina no ha sido dotado por Dios con monárquicos. Aquí, en
España, hay juancarlistas por seducción, pero accidentalistas en cuestiones de forma de Estado;
monárquicos por devoción o cálculo; juancarlistas
republicanos; juancarlistas porque Franco así lo
quiso; monárquicos de la Reina
como reacción, mayormente femenina, ante el donjuanismo de don Juan Carlos, que
en realidad se llama don Juan. Lo de Juan Carlos se lo impuso Franco para
poderle hacer «primero», cabeza de la monarquía del 18 de julio. Aquí
proliferan los adictos, incluso los devotos a la figura del titular de la Corona, pero muy pocos son
monárquicos tout court, que
dirían los franceses, monárquicos de doctrina, monárquicos de pura raza como
Dios manda, como Luis María Anson.
Qué difícil es ser Rey con esta tropa, qué complicado es conducirse como un
Soberano moderno que no cuenta con leales súbditos, sino con ciudadanos quisquillosos,
y que ni siquiera es Soberano, porque en este reino, como en toda monarquía
parlamentaria, la soberanía reside en el pueblo. Santiago Carrillo, que se ha
convertido en el más esforzado defensor de la institución, me confiaba lo que a
su vez le había confiado don Juan Carlos: sus serias dudas sobre la existencia
de monárquicos en España. Yo me permití contestarle: «Hombre, Santiago, eso lo
sabe todo el mundo.» Y Carrillo me replicó con toda razón: «Eso es verdad, pero
hombre, que lo diga el Rey...»
La preocupación de don Juan Carlos por la amplitud del juancarlismo
y la escasez de auténticos monárquicos es reconocida abiertamente por él en sus
conversaciones con José Luis de Vilallonga, que se
proclama monárquico de don Juan Carlos y socialista: «No, José Luis, no es que
la existencia del “juancarlismo” me disguste;
íntimamente me siento muy halagado, pero me preocupa. Me preocupa porque un
hombre, un rey, puede hacerse querer muy rápidamente. A veces basta poca cosa,
un gesto que impresiona, una palabra pronunciada en el momento justo… Qué sé
yo... Pero una monarquía no arraiga en el corazón de un país de la noche a la
mañana. Se necesita tiempo. Y el tiempo pasa tan rápido... Mi tarea consiste en
obrar de forma que los españoles vuelvan a reanudar la tradición monárquica
[...]. Y yo tengo que llegar a demostrar a los españoles que la monarquía puede
ser útil al país [...]. Si Dios me da vida, continuaré trabajando para que los
españoles acepten que esa persona a la que llaman familiarmente “Juan Carlos”
encarna una institución, y que es esa institución la que cuenta. De momento
hago todo lo que puedo para que mi hijo, el Príncipe de Asturias, siga el
consejo que me dio el general Franco: “Alteza, haced que los españoles os
conozcan.” Y espero que don Felipe se haga querer por los españoles tanto como
al parecer me quieren a mí. Eso es todo lo que pido.»
No hay que olvidar que estas palabras, por las que don Juan Carlos expresa su
fehaciente deseo de transformar el juancarlismo en
monarquismo, y sus esperanzas, que no seguridades, puestas en don Felipe, están
publicadas en 1993, casi veinte años después de su proclamación como Rey y en
el inicio de una década que no puede calificarse como prodigiosa para la
monarquía.
Su hijo, el Príncipe de Asturias, no parece haber asimilado plenamente esta
lección a pesar de que pasa por ser el heredero mejor preparado de Europa,
afirmación, por cierto, bastante exagerada; tampoco parece muy dispuesta su
esposa, la reina Sofía, a plantearse su función en términos de profesionalidad,
a pesar de que ha sido definida de forma un tanto tópica como «una gran
profesional». La «profesionalidad» es una categoría que también el Rey atribuye
a su mayestática esposa como mérito superlativo y que a ella le rechina un tanto,
pues está convencida de que es reina por naturaleza, una soberana entroncada en
milenios de realeza. Desde semejante concepción purista de derecho divino, los
reyes no son unos profesionales, sino raros especímenes
de sangre azul, una extraña deriva mutante de humanos que sólo en apariencia
son tales. La Reina
siente circular por sus venas la sangre centenaria de los reyes de Alemania,
Bélgica, Bulgaria, Inglaterra, Rumanía, Yugoslavia,
Rusia, Luxemburgo, Suecia, Dinamarca, Noruega, Holanda y hasta alguna gota de
los griegos. Muy pocas, pues los soberanos de este país fueron germanos por los
cuatro costados. Ella se considera una reina para siempre, dotada de una
naturaleza perenne a prueba de cualquier circunstancia que pudiera depararle el
destino: como la muy previsible de que su hijo sea llamado al trono o la más
imprevisible, pero no totalmente descartable, de la
proclamación de la
República. Aun destronada ella seguiría siendo reina. La
monarquía griega no fue, precisamente, un ejemplo de pulcritud democrática:
aliada de las castas más privilegiadas, de la derecha dura y del predominio
militar sobre el poder civil, marchó de golpe en golpe institucional hasta caer
víctima de un enfrentamiento con los golpistas militares, los coroneles a los
que se había aliado. Su castigo fue implacable: la instauración por medio de un
limpio referéndum popular de una república democrática.
El Rey es, sin embargo, otra cosa. Tiene más pedigrí que su regia esposa y,
aunque a veces lo reivindica -«Hombre, sí, yo sucedo a Franco, pero de quien
soy heredero es de diecisiete reyes de mi familia»-, sabe distanciarse del
fundamentalismo de su esposa con una expresión muy castiza: «Yo en cambio soy
producto de mil leches.» Sin embargo, don Juan Carlos, a quien nadie le discute
su profesionalidad, incluso su arte, empieza a ser cuestionado aunque todavía
soto voce. Precisamente ahora, cuando tras veintiocho
años de antigüedad en el cargo ha superado con éxito los peligros más
aparentes: las fuerzas residuales del antiguo régimen que se resistían a
desaparecer -las ataduras de Franco-, el golpe de Estado del 23-F y la
alternancia pacífica en el gobierno de la derecha, la izquierda y de nuevo la
derecha. El Rey, todavía en la cumbre de su popularidad, empieza a sufrir algún
desgaste en su caché, un deterioro de su imagen que se ha venido produciendo en
la opinión pública informada a lo largo de la última década, durante la que
parece que se ha relajado en exceso. Las causas están a la vista de quien
quiera verlas y tienen nombres y apellidos: Mario Conde, Javier de la Rosa y Manuel Prado y Colón
de Carvajal, entre otros que mencionaremos más adelante. También hay logotipos
de empresas: Banesto, Kio y
un amplio número de patrocinadores que tienen que ver con la obsesión freudiana
del Monarca de hacerse con un capitalito, el síndrome Escarlata O´Hara en Lo que el viento se llevó: «Juro por Dios, que
nunca más volveré a pasar hambre.»
A las imprudencias financieras del Monarca, a la deficiente elección de sus
amigos, muchos de los cuales han terminado en la cárcel o están en camino
(entre ellos José María Ruiz Mateos, Manuel Prado y Colón de Carvajal, Javier
de la Rosa,
Mario Conde, los Albertos, Zourab
Tchkotoua y últimamente Mario Caprile),
hay que añadir otras relajaciones que han trocado la imagen de sobriedad con la
que inició su reinado en una apariencia de lujo y frivolidad. La acertada
decisión inicial de prescindir de una corte de nobles -«Ya sé que hay gente que
nos reprocha que llevemos un tren de vida poco ostentoso, pero prefiero un tren
de vida quizás demasiado sencillo a ver brotar a mi alrededor un embrión de
corte impropio de nuestra época»- se ha desvanecido. El «embrión de corte
impropio de nuestra época» se ha sustituido por otra corte de amigotes de la
jet set, propia de nuestra época pero aún menos
edificante que la que rodeara a su abuelo y de la que huía virtuosamente el rey
Juan Carlos.
También han podido contribuir al deterioro de la imagen real ciertas aventuras
amorosas que, si bien son fácilmente disculpadas por una sociedad que quizás
sea de las más permisivas del mundo, resultan embarazosas cuando desbordan el
ámbito privado y condicionan la cosa pública, como habrá ocasión de detallar a
lo largo del libro que tiene usted en sus manos. Un ejemplo: el relevo de un
ministro moribundo, el cese del secretario de la Casa del Rey, José Joaquín
Puig de la Bellacasa... La versión que diera el
Monarca de su despido fulminante es significativa. Don Juan Carlos había
explicado al cesante que el jefe de la
Casa le había puesto entre la espada y la pared: «Señor: o Su
Majestad cesa a Puig o me veré obligado a presentar mi dimisión.» Esta versión
circuló por el Madrid enterado, así como el profundo resentimiento del cesado
hacia su antiguo jefe. El enredo se desenredó más tarde gracias a la
intermediación de Jaime Peñafiel, muy introducido en el mundillo monárquico,
quien reunió al jefe y al secretario general en un almuerzo en el Club 31, en
el que el periodista, con suma discreción, una vez que rompió el hielo se abstuvo
de participar, facilitando que ambos se sinceraran sin testigos. La discreción
de Peñafiel llegó hasta lo heroico en un periodista: tragarse una información
preciosa silenciando las verdaderas razones del cese de Puig de la Bellacasa.
En su libro de memorias sólo hace una alusión velada al
asunto: «La salida del ilustre diplomático fue traumática para él (...) y en el
transcurso de una comida organizada por mí en el restaurante Club 31 de Madrid,
no quedó claro cuáles habían sido los motivos del cese de Puig de la Bellacasa
y que había lesionado gravemente su relación de gran amistad con Fernández
Campo, que nada tuvo que ver en tan doloroso asunto.» En realidad, don Juan
Carlos cesó a su secretario general porque se lo exigió Marta, su amiga de
entonces, cuando llegaron a sus oídos las críticas expresadas por Puig de la Bellacasa
a que la relación entre ambos no se llevara más discretamente. También tuvo
consecuencias políticas la publicación de las «confesiones» del Rey a José Luis
de Vilallonga.
A la vista de la deriva real observada en la última década cabe pensar si don
Juan Carlos introdujo a raíz de su actuación en el 23-F una nueva cláusula en
el matrimonio de conveniencia con la Democracia: «Yo no me meto en política y vosotros
dejadme que viva mi vida.» Al real deterioro, que tiene una fecha de arranque,
1993, principio de una década turbadora, ha contribuido también el cambio
político que se ha producido en España con la llegada al poder de José María Aznar y el Partido Popular. La decadencia del Gobierno del
PSOE durante su último trienio, el trienio negro, que no fue el peor pero sí en
el que se pasaron al cobro algunas facturas enojosas, ha afectado también al
Monarca. Las relaciones del Rey con Felipe González fueron excelentes y se
extendieron del plano político al personal. El Rey, extravertido y ligero, con
un cierto côté de frivolité,
según me lo calificó confidencialmente un ex ministro, se entendía bien con el
sevillano seductor, con quien tanto disfrutaba intercambiando los últimos chistes
verdes; una confianza siempre en guardia pues, a pesar de su aparente
espontaneidad, ambos están dotados de retorcidos colmillos.
Los socialistas, republicanos de nacimiento, se hicieron juancarlistas
de corazón; se esforzaron en atender cálidamente al Monarca, con quien
presidente y ministros despachaban con frecuencia. Julio Feo, secretario
entonces de la Presidencia,
y Sabino Fernández Campo, que ocupaba el puesto de secretario de la Casa de Su Majestad el Rey,
se inventaron, mano a mano, las reglas del juego de la nueva convivencia entre
sus respectivos superiores. Con el ascenso de los socialistas al palacio de La Moncloa
se liquidaba oficialmente la
Transición y se archivaba un modelo político en el que el Rey
reinaba pero también gobernaba. Él había nombrado a Suárez, con quien
protagonizó la procelosa marcha hacia la democracia; y el breve Gobierno de
Calvo Sotelo, que no alcanzó los dos años, estuvo
marcado por la resaca del golpe de Estado del 23-F, cuando don Juan Carlos se
vio obligado a desempeñar un indeseado protagonismo en el «borboneo»
de militares levantiscos. Por otro lado, el fervoroso monarquismo de toda la
vida de don Leopoldo no contribuía al eclipse de su Rey y Señor. Este modelo ya
no servía con González: había que dar consistencia práctica a lo que estaba
escrito en la
Constitución, urgía poner letra y música, a veces letra
pequeña y gramática parda, al complicado papel de un monarca parlamentario. La
relación entre Felipe González y don Juan Carlos había desbordado el ámbito funcional
para penetrar en el de la amistad personal. González hizo la vista gorda ante
los negocietes y escapadas reales e incluso llegó a
realizar alguna importante negociación en beneficio de la Familia Real: envió a
su hombre de confianza, Julio Feo, a gestionar cerca del Gobierno griego la
devolución de los bienes de la familia de doña Sofía, que habían sido
confiscados cuando el rey Constantino fue destronado. Al secretario de la Presidencia le llevó
un año la realización de este cometido, que le obligó a emprender frecuentes
viajes a Londres y Atenas y a mantener un contacto frecuente con don Juan
Carlos, la Reina
y su hermano Constantino. El Rey pagó a su primer ministro con la misma moneda:
cuando en los últimos años de su Gobierno la prensa acosaba a González, Juan
Carlos accedió a introducir en su mensaje navideño un toque de atención a los
periodistas para que moderaran su crítica.
El triunfo electoral de José María Aznar, con quien
el Rey compartía escasa química y a quien motejaba en privado de «desaborío», «estirao», «bigotes», etc., representó un cambio brusco en
la temperatura de las relaciones entre la Casa Real y el Gobierno. Pasó instantáneamente,
como en una ducha escocesa, del calor sevillano al frío de la meseta. El nuevo
Presidente no perdió ocasión de marginarle, menospreciarle e incluso
«ningunearle», mientras su esposa, Ana Botella, con ínfulas de primera dama,
disfrutaba con suplantar a la
Reina o restarle protagonismo. La última afrenta recibida por
el Monarca fue la de verse forzado a asistir a la real boda de Ana Aznar Botella. Analizaré con detalle las razones profundas
de la actitud del líder de la derecha, más allá de la anécdota, pero podemos
adelantar aquí algunas motivaciones aparentes: la prepotencia de un gobernante
que se había venido arriba y quizás un cierto antimonarquismo
o antiborbonismo de corte falangista, según observaciones
que he recogido y que, al parecer, comparte el Monarca.
Quizás tales cicatrices, que empiezan a hacer mella en la nueva monarquía, no
sean percibidas más que por una minoría cualificada, pues el Monarca se
beneficia de un pacto implícito de silencio de la prensa. Sin embargo, la
experiencia demuestra que la extensión de una imagen en forma de mancha de
aceite, desde los cenáculos minoritarios, el círculo de los enterados, hasta el
público en general, sólo es cuestión de tiempo. También es cuestión de tiempo
la rescisión del pacto implícito de silencio de la prensa, una complicidad que,
ahora se ve, más que salvar al Rey ha estado a punto de condenarlo. Si la
prensa hubiera informado puntualmente, como es su obligación, de los malos
pasos del Monarca y del Príncipe, algunos asuntos, ciertas aventuras
empresariales y unas cuantas imprudencias no habrían adquirido tamaña
dimensión. El silencio de la prensa ha podido generar en el entorno real una
sensación de inmunidad propiciadora del descuido. La complicidad mediática no
ha hecho ningún favor ni al Monarca ni al Príncipe ni a las infantas ni a la
monarquía. La transparencia informativa sigue siendo la mejor garantía del buen
funcionamiento de las instituciones y una obligación para con los ciudadanos,
que son los que pagan las facturas. La transparencia es la condición
imprescindible para que el público juzgue sin juzgados, emitiendo la sentencia
inapelable sobre lo adecuado y lo impresentable.
Sin embargo, el mayor peligro no se inscribe entre los que acabo de enunciar,
aunque todos sean dignos de consideración y contribuyan a agravarlo. El riesgo
más grave para el futuro de la institución tampoco procede de la involución, al
estilo del 23-F, ni de la revolución, el asalto de las masas al palacio de
Invierno o de Verano, a La
Zarzuela o a Marivent, sino de algo
más insidioso y pertinaz, de efectos lentos pero implacables: las dudas que se
van incubando sobre la necesidad de la monarquía, incluso sobre su mera
utilidad y, por tanto, sobre la razón de ser del cargo que su titular ocupa. Es
éste un peligro que no amenaza con sobresaltos inmediatos, que no es todavía
evidente, que ni siquiera es una cuestión acuciante en el debate público, pero
que se inscribe en un proceso que probablemente se irá acelerando en los
próximos años. Me atrevo a profetizar que si la monarquía cae no será ni con
sangre ni con exilios. La institución podría languidecer simplemente por el desinterés
público, por el cansancio del «respetable» ante el espectáculo de esa nueva
corte estrafalaria que se ha ido enracimando con el Monarca, de las camarillas
que se arriman a la Corona
con el fin de utilizarla en su beneficio. Incluso cabe la posibilidad, aunque
ésta sea más remota dada la manifiesta predisposición de los reyes a mantenerse
en el trono por difíciles que sean las circunstancias, de que la monarquía
fenezca por desasistimiento de los protagonistas,
víctimas del aburrimiento del oficio.
No es probable que las faltas aludidas sean causa justa para el despido del
Monarca, que cuenta con un caudal de popularidad aparentemente inextinguible,
pero estimo que si no reacciona ante los peligros que le acechan, su auctoritas, la base del poder real o mejor dicho de su
influencia, que es la forma en la que el poder real se manifiesta, irá
achicando sus valores y con ello su eficacia como la forma de Estado más
conveniente. Como advirtió Sabino Fernández Campo al Monarca -y así le fue a
Sabino-, no hay que confiarse demasiado a la popularidad, ya que puede cambiar
de signo rápidamente. Proclamado Alfonso XII rey en 1875 a lomos del caballo de
Pavía, pero con una amplia aceptación popular, el joven Monarca fue recibido
con entusiasmo desbordante por la multitud. Encantado don Alfonso por las
delirantes aclamaciones, se dirigió a uno de los que le vitoreaban con más
entusiasmo. El buen hombre le aclaró perfectamente las ideas: «Esto no es nada
comparado con el entusiasmo con que echamos de España al putón de su augusta
madre.»
Fuente:
La Esfera de los Libros
La
soledad del Rey
http://www.esferalibros.com/libros/librodetalle.html?libroISBN=8497342933