Richar Rorty en la memoria

 

Juan Jesús Ayala

 

Días atrás, el 8 de ju­nio y en Nueva York, fallecía el filósofo Richar Rorty; ha­bía nacido en 1931 en esa misma ciudad; ob­tuvo la cátedra de filo­sofía en la Universidad de Princeton a la que renunció en 1983 para ocupar una plaza como profesor de Humanidades en la Universi­dad de Virginia desde la cual im­puso su pensamiento con la crude­za pragmática de un americano del norte.

 

Rorty fue un andariego por los diferentes vericuetos de los espa­cios de la filosofía, bien temprano se nutrió del pensamiento analíti­co anglosajón mezclado en parte con el más acendrado pragmatis­mo americano hasta desembocar más tarde en el campo de la her­menéutica en plena pugna con la filosofía analítica.

 

Y quiero, en estos momentos de su desaparición física, recordar su estancia en Tenerife en donde nos puso en pista directamente y a tra­vés de unas conferencias, de su pensamiento, en aquella época de­dicado expresamente a explicar y debatir la reconstrucción de la his­toria, a sacarla de su contexto intra en el intento de dejarla desam­parada como si no existiese, como si fuera producto de la mente hu­mana en un momento determina­do que termina por extinguirse a la vuelta de la esquina.

 

Rorty nos dijo, aquí, en la isla y en mayo de 1991, que la historia no existe, que es un mero cuento chino. Desde una posición de izquierdismo desde la cual se sitúa dice que ya no se debe hablar de izquierda ni derechas, ni de capita­lismo ni de socialismo. La historia de las ideas desde Platón hasta llegar a Hegel o Marx si existen hay que quitarlas de la mente y empujarlas hacia el baúl de los re­cuerdos. No hay, para él, países opresores ni oprimidos, sólo hay países avariciosos, malos o enfer­mos. Y el mundo cambiará cuando llegue el momento y no lo hará por medio de las revoluciones, sino
cuando los avariciosos se acuer­den de los demás y aparezca en sus conciencias la solidaridad. Mover o cambiar el mundo por medio de las revoluciones, pues, es perder el tiempo dado que la gente está amordazada, inmovilizada. No existe ningún deseo de cambio y lo que se hace es inducir a la gente para que pongan en práctica pequeñas cosas y que abandonen los grandes slogan, las grandes iglesias, las grandes ideas.

 

Recuerdo que aquellas confe­rencias, basadas en el tema de dar­le una paliza dialéctica a la histo­ria, motivó que yo escribiera un ar­tículo bajo el título ¿Habrá un lu­gar para la historia? poniendo én­fasis a la esperanza y no a tanta derrota. Aunque llegamos a una conclusión en algo compartida con el filósofo americano y le dá­bamos la razón que, efectivamen­te, la historia fuese un objeto per­dido, caduco y que no aporta nada positivo y que sería un estigma más de la crisis ideológica del momento aquel y, tal vez, de este. Sin embargo, creo que la cuestión es­triba en los constructos en los significados, en la incompetencia pa­ra elaborar un nuevo lenguaje, ya que da la impresión que nos move­mos dentro de las mismas pala­bras para fabricar las mismas ideas; pero haciendo un canto a la esperanza habría que coincidir con Félix Ovejero: "habrá pala­bras nuevas para la nueva histo­ria, es preciso encontrarlas antes de que sea demasiado tarde".

 

Lo que pretendía Rorty era avi­sarnos que el mundo va por otros parámetros que ya no son los clá­sicos, la sociedad no se mueve por la lucha de clases como motor de esa historia, por lo que habrá que ir a la búsqueda de nuevos espa­cios que el intenta dilucidar desde la profundidad de la hermenéutica pero poniendo en la sencillez la palabra entendible para ir hacia el encuentro de una nueva filosofía no tan encorsetada, no tan críptica que dicte y señale la meta a seguir.


Bien es verdad que la filosofía no es asumida por los que rigen los destinos del mundo, el pensa­miento profundo se elude y lo que prevalece es la mediocridad y el dejarse llevar por los poderes fácticos que son los que determinan lo que hay que hacer, desde go­biernos que se dicen de izquierda como los que se nominan conser­vadores.

 

Los pueblos tienen que buscar su verdad, y más aun los políticos que viven ofuscados entre la responsabilidad de la gestión, el adulamiento y la ramplonería. Y los pueblos agradecerán, seguro, que los políticos que los gobier­nan cambien, tanto los gestos co­mo las palabras para que entre unos y otros construir una nueva historia, porque, efectivamente, como dice el profesor americano, la historia de hoy está vieja, no dice, hace falta otra, con otras palabras remozadas, ágiles y va­lientes. Continuamos estando a la espera.